Fuente: El Periódico de México

Algunos piensan que la libertad es para hacer lo que nos plazca, y no es así. Todos estamos sometidos a normas. La diferencia es que se pueden seguir voluntariamente o pataleando. El primero se siente libre; el segundo, no. Soy libre porque hago voluntariamente lo que debo hacer. No soy libre si lo hago a la fuerza. El que para ser libre hace siempre lo que le apetece, sea bueno o malo, no es libre, es esclavo de sus apetitos. Dios nos ha hecho libres, pero nos ha dado unos mandamientos que hay que cumplir. Y a la Iglesia le ha dado potestad de mandar: “lo que atéis y lo que desatéis”. Y Jesucristo, el más libre de la historia, se sometió a la voluntad del Padre. Por eso en Getsemaní decía: “no se haga mi voluntad, sino la tuya”. La Ley de Dios no es para quitar la libertad, sino para ayudar al hombre a que se realice correctamente. Son como las vías del tren, le obligan a ir por una ruta, pero para ayudar a avanzar y llegar. Si el tren, para ser libre, se sale de la vía, se despeña. Tengamos la sensatez de ser libres haciendo voluntariamente lo que debemos hacer.

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