Fuente: Radio Cristiandad

Así como el advenimiento de Cristo al mundo había sido prenunciado con siglos de antelación por boca de profetas, demostrando la veracidad de su deidad por el pleno y detallado cumplimiento de las profecías, el conciliábulo Vaticano II también tuvo sus profetas que ciertamente prenunciaron la infiltración, la manipulación y la intención de combatir y obliterar a la iglesia de Cristo, demostrando así su calidad de conspiración y de operación maquiavélicamente premeditada. O sea, diabólica.

Cada uno de los papas del Vaticano II ha aportado su sarta de bofetadas, su haz de espinos y sus golpes de Flagelo al cuerpo místico de Cristo, al Sagrado corazón de Jesús y al inmaculado y doloroso Corazón de María. Cada uno de ellos ha ido carcomiendo más y más los cimientos de la fe católica hasta llegar al clímax de hoy: el paroxismo de una jocosa apostasía general liderada por la aberrante persona de Jorge Mario Bergoglio, alias Francisco.

Una cosa es no juzgar las intenciones de alguien y otra cosa es complacerse uno en la imbecilidad propia y el bloqueo mental. Jesús dijo claramente que por sus frutos conoceríamos a individuos de la calaña de Bergoglio, llenos de odio y de aversión por la doctrina cristiana, lo cual denota la suprema y luciferina soberbia que rebosa de su estrecho y resquebrajado vaso espiritual. Este señor está poseído. Poseído de un espíritu altanero y destructivo contra Cristo y su iglesia, a quien se cree con autoridad y derecho de enmendarle la plana. Por lo tanto, sirve al diablo.

Si un demoledor hace polvo un edificio, es porque su intención es destruirlo. La intención de Bergoglio, es obviamente demoler el catolicismo y venderle a todos sus fieles el sustituto de una esperpéntica y demoníaca fe de su propia hechura que cada día aleja más de la Verdad a sus victimizados seguidores. Este hombre es un corruptor espiritual de multitudes, un adoctrinador al servicio de Satanás.

La misión de Bergoglio

La notable sarta de herejías, la manifiesta apostasía y la desfachatez de Bergoglio, quien hace las delicias del mundo y de todos aquellos que dejaron hace mucho tiempo de ser católicos, pero que aún creen que lo son, no es fortuita.

Característica notable en él es la repulsión hacia lo sacro y la tradición. Y no es casual. Porque Bergoglio tiene una misión específica que cumplir. Y es peligroso no servir o servir mal a un amo que guarda el recetario de los Borgias siempre a mano. No es extraña en la historia del papado alguna súbita ausencia, como sucedió con Juan Pablo I.

Pero como el largo e intenso adoctrinamiento del Vaticano II ha calado en las mentes de tantos de sus seguidores, tras las huellas de Bergoglio anda un séquito que no tiene ni la menor idea de la doctrina Cristiana y que son arrastrados como ovejas al matadero espiritual por éste, entre risas, bailecitos y aplausos, que hacen de las catedrales y los templos circos con carpa de piedra.

Bergoglio es un verdugo del catolicismo al que busca desprestigiar ante el mundo. Sus armas incluyen el cinismo, la burla, la mofa, el escarnio a Jesús y a su Iglesia, el bullicio, la chabacanería, la demagogia, el lío, la revolución y lo más grave de todo, la traición. Una traición que por ser contra el Altísimo, no puede calificarse más que de alta traición.

Por ley de vida, sabe que no le queda mucho tiempo para acabar de castrar el catolicismo, desmantelarlo, pulverizarlo y la papilla obtenida, hacérsela tragar a grandes cucharadas a los obedientes de turno a quienes no les importa relacionarse con cualquier demonio mitrado, a pesar de las advertencias de Cristo y de San Pablo, entre otros.

Bergoglio está barrriendo el suelo con la iglesia de Cristo para complacer a un enemigo de quien es brazo ejecutor. Su negación rotunda a volver sus ojos a nada que huela a tradición, como si esta fuera una peste, una rémora, un insulto a la inteligencia, da prueba de ello. Este es el hombre idóneo para pisotear la tiara y gritar contra el cielo con la espada de Lucifer en alto.

Por eso está envalentonado. Se sabe absolutamente respaldado por la media anticristiana y amparado por una autoridad que, tras bambalinas y entre sombras, manipula a este farsante: el judaísmo talmúdico; el mismo que busca controlar el mundo con el nuevo orden mundial y que desde hace tiempo maneja a plenitud y a su gusto los hilos de un Vaticano que ya le pertenece.

De ahí el coqueteo con los judíos, ávidos de crucificar el cuerpo místico de Cristo y de acabar de sellar de una vez por todas la tumba de un Dios al que cuesta tanto matar. El nuevo orden mudial no puede consumarse sin este segundo “deicidio”.

Cuando la luz se extinga

El catolicismo va a desaparecer de la faz de la tierra. Los tres días de tinieblas han de cumplirse. Son necesarios para que Jesús vuelva en gloria mientras algunos, los pocos que queden guardando la verdadera fe de Cristo, –si su gracia y auxilio lo conceden– lo estarán esperando dentro de la oscura tumba de un mundo privado de la luz de Dios. Pero El nos rodará la piedra para liberarnos.

No esperen de Bergoglio más que desolación y apostasía en profusión nunca antes vista en la historia de nuestra fe. Este hombre está encargado de llevar a la iglesia de su mano, a la tumba. Porque sobre las cenizas del catolicismo, muchos buscan entronizar al hijo de perdición, con el pláceme de todos a los cambios suscitados por Francisco. Y al recibir al Anticristo, éstos lo aceptarán encantados como otra necesaria evolución espiritual.

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