Fuente: Cardenal José María Caro Rodríguez, El misterio de la masonería (1924).

Esta es una de las cuestiones más importantes que se ofrecen al que estudia la Masonería. No es mi ánimo, ni puede serlo, el despertar odios contra una raza que está destinada a unirse un día con los cristianos en el conocimiento y amor de Nuestro Señor Jesucristo, y de la cual brotó para la tierra entera la fuente de todas las bendiciones que la civilización cristiana ha aportado al mundo, a pesar de todos los esfuerzos que se han hecho para estorbar su acción. No es ése mi ánimo; pero si el de llamar la atención de los lectores a un asunto en el cual vale la pena fijarse, tanto por el lado religioso, como por el económico y político. Desde mi juventud han resonado juntos en mis oídos los nombres de la Masonería y del judaísmo, de masones y hebreos, en los ataques contra la Iglesia Católica. ¿Era simple coincidencia o es que en realidad hay una unión efectiva y tal vez subordinación entre esas dos entidades?

Últimamente se ha escrito y se siguen escribiendo libros para manifestar que la Masonería no es más que una máscara con que el Judaísmo encubre ante las naciones sus manejos anticristianos y de universal dominación política y económica. Según esos autores, la Masonería no es más que un pobre instrumento, inconsciente por lo general, de una Suprema Dirección judía. Copin-Albancelli ha dedicado un libro a probarlo. Sus razones hacen pensar ciertamente. En la imposibilidad de dar muchos detalles, voy a indicar solamente las líneas generales que manifiestan la estrecha relación y subordinación de las logias con el judaísmo.

Este está, por una parte, en la condición de raza vencida, religiosa y civilmente, dispersada y despreciada o perseguida, no sólo por sus tradiciones religiosas, sino por la sórdida avaricia que la hizo adueñarse de las riquezas de los pueblos entre los cuales ha vivido; y por otra parte, vive esa raza sostenida tenazmente por un ideal que jamás ha abandonado, el de la dominación universal por medio de su Mesías, personal o simbólico. En su perpetua contradicción con la sociedad en que vive, el pueblo judío con el gobierno central que conserva su unidad nacional, no ha podido menos que conspirar perpetuamente contra el pueblo cristiano, y valerse, por lo tanto, de las sociedades secretas para realizar sus fines.

Esta es una consideración hecha a priori, en vista de la condición de los judíos. ¿Corresponde a ella la realidad de los hechos? Luego lo veremos.

En el mismo sentido que Copin-Albancelli escribe el autor de The Cause of the World Unrest, distinguiendo entre los judíos una fracción tranquila, patriótica y fiel a la nación que la ha acogido, y otra que persigue el sueño de la dominación universal de su raza y, para conseguirlo, procura la revolución universal, como lo está haciendo en Rusia, y desde ahí trabaja por realizarlo en el mundo entero. Otro tanto hace Webster en su obra ‘Secret and Subversive Movernents’, en la cual, observando que, donde la Masonería es más subversiva, el elemento judío lo es menos y donde la Masonería no existe o es menos subversiva, allí lo es más el elemento judío, llega a este dilema: ‘O la Masonería es el velo bajo el cual los Judíos, como los Iluminados, prefieren trabajar, de modo que donde no se puede aprovechar el velo se ven obligados a salir más a la luz, o la Masonería del Gran Oriente es el poder dirigente que emplea a los judíos como sus agentes en aquellos países en que ella no puede trabajar por su propia cuenta.’ ( p. 383) Mons. Jouin, fustigador incansable del Judaísmo y de la Masonería, manifiesta la misma convicción que Copin-Albancelli, en sus estudios sobre ‘Los Protocolos de los Sabios de Sión’, etc.

Consideración masónica por los judíos

En la Masonería se ha visto siempre una grande y especialísima consideración por los judíos: Cuando se habla de supersticiones, jamás se menciona la religión judía. Cuando estalló la Revolución Francesa, se pidió con instancia la ciudadanía francesa para los judíos; rechazada una vez, se insistió en pedirla, y fue concedida. El lector recordara que en esos días se perseguía a muerte a los católicos.

La Masonería ha mirado con horror el antisemitismo, a tal punto, que un Hermano antisemita, que creía de buena fe en la tolerancia de las opiniones políticas de la Masonería, se presentó en Francia como candidato a diputado una vez y salió elegido, y cuando se trató de la reelección, se dieron órdenes expresas a las logias para que se le hiciera la guerra, órdenes que no se ven casi nunca en las logias y tuvieron que ser cumplidas.

Preponderancia judaica en las logias

En 1862, un masón de Berlín, dándose cuenta de la preponderancia judía en las logias, escribía en una hoja de Munich: ‘Hay en Alemania una sociedad secreta, de formas masónicas, que está sujeta a jefes desconocidos. Los miembros de esta asociación son en su mayor parte Israelítas. En Londres, donde se encuentra, como se sabe, el foco de la revolución, bajo el Gran Maestre Palmerston, hay dos logias judías que no vieron jamás a cristianos pasar sus umbrales. Allí es donde se juntan todos los hilos de los elementos revolucionarios que anidan en las Logias Cristianas’.

‘En Roma, otra Logia, enteramente compuesta de judíos, donde se reúnen todos los hilos de las tramas urdidas en las Logias Cristianas, es el Supremo Tribunal de la Revolución. Desde allí son dirigidas las otras logias como por jefes secretos, de modo que la mayor parte de los revolucionarios cristianos no son más que muñecos puestos en movimiento por judíos, mediante el misterio’.

‘En Leipzig, con ocasión de la feria que hace acudir a esa ciudad una parte de los altos negociantes judíos y cristianos de la Europa entera, la Logia Judía Secreta es cada vez permanente, y jamás masón cristiano ha sido recibido en ella. He ahí lo que hace abrir los ojos a más de uno de nosotros. No hay sino emisarios que tienen acceso a las logias judías de Hamburgo y de Francfort’.

Cougenot de Mosseaux refiere este hecho que confirma lo anterior: ‘Desde la recrudescencia revolucionaria de 1848, me encontraba en relación con un judío que, por vanidad, traicionaba el secreto de las sociedades secretas en las cuales estaba asociado y que me advertía con ocho o diez días de anticipación todas las revoluciones que iban a estallar en un punto cualquiera de Europa. Le debo la inquebrantable convicción de que todos esos grandes movimientos de los pueblos oprimidos, etc., son combinados por una media docena de individuos que dan sus órdenes a las sociedades secretas de toda Europa. El suelo está enteramente minado bajo nuestros pies, y los judíos suministran un gran contingente a esos minadores’.

En 1870, De Camille escribía a Le Monde, que en una jira por Italia había encontrado a uno de sus antiguos conocidos, masón, y habiéndole preguntado cómo estaba la Orden, le respondió: ‘He dejado mi Logia de la Orden definitivamente, porque he adquirido la convicción profunda de que no eramos sino los instrumentos de los judíos que nos empujaban a la destrucción total del Cristianismo’ (La F. M. Secte Juive, 43-46).

La acción judía y masónica frente al Catolicismo

Es indudable que la acción de la Masonería contra la Iglesia Católica no es más que la continuación de la guerra a Cristo practicada por el Judaísmo desde hace 900 años, eso sí que acomodada, mediante el secreto, el engaño y la hipocresía, a las circunstancias del mundo cristiano en que tiene que hacerla.

Léase el Evangelio y se verá, en el espionaje judío, en sus preguntas capciosas, en sus ataques hipócritas, encubiertos con el velo de la pretendida piedad de los fariseos; en las asechanzas; en los esfuerzos por hacer odioso ante el pueblo a Aquel que era su mayor gloria y su gran Bienhechor; en el empleo del oro para corromper a un Apóstol, en la formación de la opinión pública contra Cristo; en la preferencia de Barrabás, en el furor y saña con que trataron de hundir la memoria de Cristo en la infamia; en la constante oposición, sangrienta muchas veces, contra la predicación de los apóstoles, etc.; en todo eso se verá, digo, lo mismo que hoy practica la Masonería, a veces en forma más solapada, a veces en forma más violenta. El judaísmo fue el anticristianismo, y la Masonería, al servicio de ese mismo judaísmo, es todavía el anticristianismo; el mismo odio, la misma hipocresía, las mismas violencias, el mismo estorbo a la acción de la Iglesia de Cristo, para acusarla, después de haberle impedido hacer el bien que podría haber hecho, por no haberlo hecho.

‘No olvidemos que el Judaísmo rabínico es el declarado e implacable enemigo del Cristianismo’, dice Webster. ‘El odio al Cristianismo y a la persona de Cristo no es cosa de historia remota ni puede mirarse como el resultado de persecución: forma una parte íntegra de la tradición rabínica originada antes de que tuviera lugar cualquiera persecución de los judíos por los cristianos, y ha continuado en nuestro país mucho después que esa persecución ha terminado’ (p.177).

Más abajo hace notar el mismo autor que, después de tres siglos de paz que llevan en Inglaterra, en los cuales se les ha permitido entrar a todos los empleos del Estado, a las logias masónicas, etc., no han hecho nada para moderar el odio al Cristianismo inculcado en nueve siglos por la enseñanza rabínica.

Por su parte, el ‘The British Guardian’ hace esta afirmación, que para los que estamos acostumbrados a oír hablar del espíritu de tolerancia que domina en los países anglosajones es toda una revelación: ‘La Iglesia Cristiana es atacada hoy como no lo ha sido jamás durante siglos, y este ataque es casi exclusivamente la obra de los judíos’ (Rev.des SS. Secr., P 430. 1925).

Por lo demás, las relaciones de la Masonería o del Judaísmo perseguidor de la Iglesia Católica y, según los casos, de todo Cristianismo, con el Bolchevismo y Comunismo, en Méjico, en Rusia, en Hungria y con la amenaza de hacerlo en todas partes, es cosa pública, como lo es la relación del Judaísmo con la Masonería. El que desee datos y documentos puede leerlos en las obras inglesas citadas y en Mons. Jouin: ‘Le Péril Judéo-Maçonnique’.

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