Fuente: La Haine / Wikipedia / Jabad / Rafapal

Adolf Hitler afirmaba que “En realidad, la religión de Moisés no es más que una doctrina de la conservación de la raza judía”. El sionismo, es decir la corriente dentro del judaísmo que reclama una tierra propia para los practicantes de esta religión, piensa que los judíos son una raza diferente a las demás razas conocidas que proviene desde tiempos bíblicos, como si, por ejemplo, la raza blanca que alguna vez dio forma al reino de Egipto, tuviese por ello el derecho hereditario a reclamar hoy la tierra que debió abandonar hace cientos de años en manos de árabes y sub-saharianos.

En realidad el sionismo ni siquiera se basa en datos históricos. Su única fuente es la historia relatada en la biblia hebrea, aparentemente escrita mucho después de los supuestos hechos que relata, según la cual Moisés habría escapado de Egipto junto a un grupo de esclavos pertenecientes a la tribu fundada por un ancestro suyo llamado Abraham, para finalmente asentarse en territorio Palestino (llamado entonces Cannán y luego Filistea).

Lamentablemente no existe ningún registro histórico que avale esta teoría. Palestina era entonces parte integrante del Egipto faraónico, lo que significa que habrían escapado de Egipto para quedarse en el mismo Egipto. Tampoco existe ningún documento egipcio que se refiera a algún tipo de “conquista” de tierras palestinas por parte de los judíos. Al parecer la religión judía se formo con el tiempo a partir de mitos babilónicos, fenicios y egipcios, tomando particular importancia el monoteísmo impuesto por el faraón Akenatón en Egipto para brindar unidad al imperio.

Las sucesivas expulsiones en masa de judíos en la antigüedad son una invención, no hay registro de ellas en fuentes históricas creíbles. Cuando Nabucodonosor, rey de Babilonia, tomó Jerusalén y destruyó el Templo, solo expulsó de la ciudad a un muy reducido puñado de dirigentes que impedían su gobierno. Pero Babilonia era desde antes la ciudad de residencia, por opción propia, de una comunidad hebrea donde los rabinos, en plena libertad y movidos por sus propios intereses, dieron forma a la religión judía. Se dice que tras la invasión fueron disueltas once de las doce tribus de Israel, que formaban el pueblo hebreo, pero al parecer dicho pueblo siempre estuvo formado única y exclusivamente por una sola tribu, la tribu de Judá.

El emperador persa Ciro conquistó primero Babilonia y luego Jerusalén en el siglo VI antes de Cristo. Cuando los centros de la cultura judaica de Babilonia se disgregaron, los judíos de Babilonia no emigraron de vuelta a Tierra Santa sino principalmente hacia Bagdad, de donde llegaron al Cáucaso y luego a Europa oriental. También se dice que la nación judaica fue expulsada por los romanos después de la destrucción del segundo templo en el año 70 después de Cristo. El historiador judío Flavio Josefo no habla de expulsiones pero da testimonio de que los romanos masacraron entonces a un millón cien mil judíos, eso en una época en que la población total de toda la región era, según los demógrafos actuales, muy inferior al medio millón. Al parecer la historia de masacres y expulsiones no pasa de ser un panfleto propagandístico.

Otro ejemplo de fabulación en la biblia hebrea o Torah, que los sionistas toman como históricamente cierta, nos habla de Jerusalén y Jericó como grandes ciudades. Las excavaciones arqueológicas de las últimas décadas en Jerusalén y en Cisjordania crearon problemas insuperables a los universitarios sionistas que explican la historia del pueblo judío tomando la Torah como referencia infalible. Quedó probado, por ejemplo, que Jericó era apenas poco más que una aldea sin las poderosas murallas que la Biblia cita. En Jerusalén no fueron siquiera encontrados vestigios de las grandiosas construcciones con las que sus reyes David y Salomón deslumbraban a cuantos la conocían. No se hallaron ni palacios, ni murallas, ni cerámica de calidad para esa época. El desarrollo de la tecnología del carbono 14 permitió saber que los grandes edificios de la región norte no fueron construidos en la época de Salomón. Si una entidad política existió en Judea del siglo X antes de Cristo solamente pudo ser una primitiva realeza tribal.

La Declaración de Independencia de Israel afirma que: “Obligados a ello, los judíos se esforzaron a lo largo de los siglos por regresar al país de sus antepasados”. Pero se trata de una mentira que falsifica groseramente la historia. La “gran diáspora” es otra ficción. Después de la destrucción de Jerusalén, y la reconstrucción de dicha zona bajo el nombre de Aelia Capitolina, la aplastante mayoría de judíos permanecieron en tierras palestinas y muchos de sus descendientes se convirtieron al Islam. Hoy esos mismos descendientes son masacrados y exterminados a manos de los llamados judíos sionistas.

Visto esto cabe preguntarse: ¿De dónde llegaron entonces estos colonos, que hoy se dicen judíos, a tomar por la fuerza el territorio palestino? ¿Cuál es el origen de unos 12 millones de judíos hoy existentes fuera de Israel? La respuesta es sencilla. Una abundante documentación reunida por historiadores de prestigio mundial revela que en los primeros siglos de nuestra era e incluso antes hubo masivas conversiones al judaísmo en Europa, Asía y África. Tres de ellas fueron particularmente importantes. La primera se dio antes de la aparición del Islam e incluyó a diversos pueblos de la Península Arábiga. La segunda se dio en tierras del Imperio Romano. Y la tercera en la vasta región del Cáucaso.

El Corán relata que Mahoma encontró en Medina, durante su fuga de la Meca, grandes tribus judaicas. Pero fue en el extremo sur de la península arábiga, en el actual Yemen, que el reino de Himyar (de donde provendría la legendaria Reina de Saba) adoptó el judaísmo como religión oficial. En el siglo VII el Islam se implantó en la región pero aun hoy, que decenas de millares de yemenitas hablan el árabe, muchos continúan practicando un primitivo culto judío. La mayoría ha pretendido emigrar al nuevo estado de Israel, sin embargo allí son discriminados.

La segunda conversión sucedió en el Imperio Romano, donde el judaísmo también creo raíces. El tema mereció la atención del historiador Dio Cassius y del poeta Juvenal. En la Cirenaica, al norte de África, la revuelta de los judíos conversos de la ciudad de Cirene exigió la movilización de varias legiones para combatirla. Una parte ponderable de las poblaciones bereberes, antiguos descendientes de tribus germánicas apostadas al norte de África, se adhirió al judaísmo. Fueron ellos quienes, junto a judíos venidos de oriente medio, ingresaron a España durante la invasión musulmana. Después de su expulsión de los reinos de España y Portugal, los judíos peninsulares se exiliaron en países europeos como Inglaterra, Holanda y Alemania.

La más importante, por sus consecuencias, fue la conversión al judaísmo de los jázaros, un pueblo nómada turcófono, emparentado con los hunos, que se asentó en el siglo IV en las estepas del bajo Volga. El reino jázaro se hallaban delimitado por el Bizancio cristiano de un lado y por los persas sasánidas del otro. Los sasánidas fueron dominados por el Islam en el siglo VIII y como musulmanes intentaron conquistar al pueblo jázaro. Se aliaron entonces los jázaros con los cristianos para luchar contra los árabes, pero para mantener su independencia adoptaron la religión judía a modo de unir a su población y rechazar la influencia extranjera. Ese olvidado imperio medieval ocupaba un área enorme, del Volga a Crimea y del Don al actual Uzbekistán. Desapareció de la Historia en el siglo XIII cuando los mongoles invadieron Europa destruyendo todo a su paso. Millares de jázaros, huyendo de las hordas de Batu Khan, se dispersaron por Polonia, Alemania, Ucrania, Rusia y Rumanía.

En junio de 2010, un artículo de la revista Newsweek titulado “The DNA Of Abraham’s Children” mostró los resultados de un estudio sobre el origen genético de los judíos donde se refutaba la afirmación de que los judíos europeos son, parcialmente, descendientes de los jázaros. Supuestamente dichos análisis genéticos no solo indicaban que esa hipótesis era falsa, sino que el pueblo judío en sus distintas ramas se habría originado en oriente medio en la época de Abraham, Moisés y Salomón. No obstante, el genetista Noah Rosenberg de la Universidad de Ann Arbor en Michigan, señala en un artículo de la revista Science que, aunque el estudio no parece apoyar la hipótesis jázara, no la elimina completamente, por lo que se deduce que los resultados de dicho estudio no son para nada concluyentes.

Ya en el año 2000 el profesor M.F. Hammer, de la Academia de Ciencias de los Estados Unidos, había afirmado que todos los judíos tenían un origen común. Sin embargo dicha afirmación fue imposible de confirmar por parte de otros genetistas. Además fue refutado por personajes como André Langaney, profesor en la Universidad de Ginebra, quien declaró que dichos estudios eran “una nueva charlatanería”. Un estudio genético posterior llevado a cabo por Eran Elhaik, profesor de la Universidad Johns Hopkins, y publicado en agosto de 2012, analizó las últimas secuenciaciones genéticas realizadas con los pueblos del Cáucaso, lo que le llevó a una revisión de las dos teorías predominantes sobre el origen del pueblo judío. Su estudio concluye que sus “descubrimientos apoyan la hipótesis jázara y describen el genoma judío europeo como un mosaico de antepasados caucasianos, europeos y semíticos”.

Como todo pueblo que practica la endogamia, los judíos comparten gran cantidad de su material genético. Es decir que al haberse convertido en un grupo cerrado que solo acepta como miembros de su comunidad a los hijos de los miembros de su propia comunidad, es obvio que su código genético será muy similar para todos ellos. Basados en esto se realizan pruebas genéticas para determinar quien puede convertirse en ciudadano del estado sionista y colonial de Israel. Pero el código genético que se busca no es precisamente el que perteneció a los primeros habitantes de Palestina que abrazaron la fe hebrea hace unos miles de años. Al parecer la existencia del llamado ADN judío es un fenómeno reciente que se remonta al siglo X después de Cristo y que hace referencia a un tipo particular de mestizaje relativamente moderno.

Existen gran cantidad de estudios que han pretendido definir la existencia de un ADN judío que uniría a todos los miembros de esta comunidad, tantos que resultaría tedioso enumerarlos, pero al final ninguno dio resultados concluyentes. Además, la existencia de un ADN judío no necesariamente aclara la identidad judía de alguien. En algunas personas el supuesto ADN judío es positivo pero no son judíos. También existen judíos que no poseen dicho ADN, ya que la conversión (suya o de sus ancestros) no puede cambiar el código genético de nadie. Por lo tanto, un análisis genético tal vez podría indicar cierta relación biológica entre algunos judíos, pero no puede probar si una persona es judía o no.

Al respecto existe un curioso estudio llevado a cabo para determinar la presencia del llamado Gen Kohen. Los kohen son los sacerdotes judíos responsables de los servicios en el templo, y según su tradición, que dicen se remonta a la más temprana fundación del judaísmo en tiempos bíblicos, solo el hijo de un kohen puede a su vez ser también un kohen. Afirman también que todos los kohen del mundo son descendientes de Aarón, hermano de Moisés. Es decir que, según ellos piensan, todos los kohen del mundo provienen de un solo hombre. Si los judíos son una raza pura que desciende directamente de los primeros hebreos, como afirman los judíos, entonces el Gen Kohen que se transmite de padres a hijos a través del cromosoma Y exclusivo de los varones (y que jamás se mezcla con los cromosomas de la madre ya que las mujeres poseen dos cromosomas XX en lugar de los cromosomas XY de los varones) debería estar presente en todos los kohen sin modificación alguna.

Sin embargo, el resultado de estos estudios confirmó algo diferente. Poco más del 56% de los kohen sefardíes (descendientes de bereberes y árabes) y tan solo el 45% de kohen ashkenazis (descendientes de los jázaros) poseen el Gen Kohen. Entre los judíos el Gen Kohen se encuentra en alrededor del 12% del total de la población (incluyendo a quienes no son sacerdotes kohen), aunque más notablemente se halla en la población de Yemen (34.2%). Sin embargo, también se encuentra en pueblos que no son judíos como en Oman (22.8%), Negev (21.9%), Iraq (19.2%), y también entre Kurdos (22.1%), Beduinos (21.9%), y Armenios (12.7%). La existencia del Gen Kohen entre quienes no son sacerdotes o en poblaciones que no son judías se podría explicar argumentando que algunos hijos de los kohen decidieron no continuar la tradición familiar e incluso convertirse a otra religión. Pero que solo la mitad de los kohen posea el mencionado código genético no responde al menor análisis ya que la pregunta inevitable sería ¿cómo llegaron a ser kohen todos esos sacerdotes que no poseen el susodicho gen?

Entonces ¿Qué es ser judío? Si el judaísmo, como hemos visto, no tiene que ver con la raza, ya que la mayoría de judíos son mestizos con predominancia de genes a veces arios (asquenazis), a veces semitas (sefarditas) o negros (judíos etíopes). Y si tampoco es una la religión propiamente dicha, ya que existen judíos llamados ateos, agnósticos o sencillamente no-practicantes. Solo nos queda afrimar que el judaísmo es una tendencia cultural y social, que busca a su “dios” en el bienestar material, y se halla salpicada de rituales supersticiosos propios de tribus salvajes. Lo demuestra su rechazo a Cristo como Mesías que predicó un reino espiritual en lugar de cumplir la profecía rabínica de un lider guerrero que los pueda guiar a la conquista de un reino en este mundo. A pesar de todo, los judíos anteponen la “sabiduría” de sus rabinos a cualquier otra convicción, ya que más que líderes puramente religiosos los consideran líderes de su comunidad.

El judaísmo es, en fin, toda una cultura creada alrededor de cierto tipo de valores que ensalzan la astucia, la mentira y el engaño, así como el uso de la violencia y el amedrentamiento para conseguir sus fines. Los cuales son siempre el poder y el placer mundano. Los pocos judíos que notan lo pérfido de esta cultura siguen formando parte de ella por las ventajas que supone. Dado el poder de la judería en los medios de comunicación, en la industria del entretenimiento, en los gobiernos, y principalmente en el control del dinero por medio de los bancos, los judíos pueden hacer lo que quieran donde quieran sin castigo alguno. Y es precisamente por eso que los sionistas crearon el estado de Israel: para tener un lugar seguro donde refugiarse de las leyes de otros países sin ser juzgados ni sentenciados.

Contados son los judíos que denuncian la criminalidad de su cultura, y por ello son perseguidos y hasta asesinados. Cualquier judío que se atreva a negar el holocausto, denunciar los crímenes del sionismo, o denunciar los delitos de su gente, verá su vida destruida. A menos que solo sea una marioneta puesta en escena para calmar a los goyim. Hasta tal grado han sido adoctrinados los judíos desde su niñez que ni siquiera los más rebeldes entre ellos, salvo unas pocas excepciones a lo largo de toda la historia, han denunciado la naturaleza inmoral de la doctrina rabínica, la cual es perversa en si misma al promover la malicia, la crueldad, la manipulación y el odio contra los no-judíos. Dichas denuncias sobre el origen mismo del problema judío provienen principalmente de fuentes cristianas, y es por ello que el principal enemigo de aquella mezcla mestiza de diversos grupos étnicos de todo tipo, que clama ser una raza pura, es y ha sido siempre Jesucristo y su doctrina tal como es entendida en la cultura europea.

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