Fuente: Radio Cristiandad

La destrucción de la Cristiandad es cabalmente el principal objetivo de la Revolución. Digamos que la destrucción de la Cristiandad es EL OBJETIVO. Implica nada menos que disipar como posibilidad histórica el establecimiento del Imperio de Cristo Rey.

La Cristiandad, esencialmente, debe tender hacia el Reino de Cristo; aun sabiendo que ese Reino no vendrá a este mundo si no con el Retorno del Señor. Desde la fundación de la Iglesia, la misma no dejó de progresar y expandirse; al comienzo, en medio de las persecuciones, que primero los judíos y luego los estados paganos (las más de las veces instigados por los mismos judíos) pusieron en marcha con el fin de detener esa expansión y, si hubiesen podido, hacerla desaparecer.

Una vez conquistada Roma, con la conversión de Constantino y luego de declarada la Fe Católica “Religión del Estado Romano”, nació la CRISTIANDAD, que también, a partir de ese momento, comenzó a crecer interior y exteriormente del imperio anteriormente pagano.

El último impulso de este crecimiento se lo debemos a España. Generosa España, que llevó hasta las lejanas tierras recién descubiertas el Evangelio y la Espada, o LA CRUZ Y LA ESPADA. Antes de ello, ocurrieron epopeyas inmensas y santas: Las Cruzadas, las heroicas batallas contra el Islam, y contra las herejías que por todas partes intentaban destruir el Imperio de Cristo.

Hasta que un día llegó el fatídico momento en el que se detuvo aquel impulso y, por debilidades y pecados propios, se produjeron los primeros quiebres; comenzaron a romperse algunos anclajes interiores, y muy pronto comenzaron a generarse, larvadamente y en el interior mismo de los Estados Católicos, los gérmenes de lo que pronto conoceríamos como LA REVOLUCIÓN.

En el año 1969 Mao Tse Tung lanzó lo que denominó “la revolución proletaria” en el ámbito de la satanizada China comunista. Según algunos especialistas dicha revolución encubrió una de las más salvajes purgas de que se tenga memoria en la historia, donde fueron asesinados impunemente por la dictadura maoísta millones de opositores políticos suyos, tan comunistas como él, por cierto. Es que debe recordarse que la revolución, tal y como es, digna hija de su padre (homicida desde el principio), se devora a sus propios hijos.

Pero el asunto es que la Revolución Cultural de Mao se puso en marcha con consignas muy claras. Corría el año 1960 cuando el presidente Mao Tse Tung anunció que se iba a dar inicio una nueva revolución -la revolución cultural proletaria- cuya finalidad sería la de acabar con los denominados “cuatro viejos”. No se trataba de cuatro generales ancianos, ni tampoco de cuatro antiguos miembros de las viejas dinastías chinas que reclamasen por sus conculcados derechos. Los cuatro viejos eran: las viejas costumbres, los viejos hábitos, la vieja cultura y los viejos modos de pensar.

Ahora bien. Luego de haber tenido, no sabemos si la suerte o la desdicha, de presenciar los primeros meses del reinado del usurpador Jorge Mario Bergoglio, hemos podido observar que, efectivamente, algo se está formando. Pero volvamos a los “cuatro viejos” de Mao. ¿No son, acaso, los mismos cuatro viejos que procura aniquilar Bergoglio, de una vez y para siempre?

Las viejas costumbres. Las ancestrales tradiciones, agredidas desde el Concilio Vaticano II desde todos lados por el modernismo y por aquellos que, poseídos de un furor frenético por las novedades, destruyeron casi todo, dependiendo los daños que ocasionaran de qué tan audaces fueran sus alardes. Pero Bergoglio parece decidido a darles el golpe de gracia definitivo inaugurando nuevas costumbres, nuevos hábitos, nuevas formas de pensar.

Los viejos hábitos. Los venerables hábitos de piedad y devoción que permitieron las santificación de millones de fieles a lo largo de unos veinte siglos, hoy son vilipendiados, despreciados y humillados hasta con chacotas vergonzantes por Bergoglio.

La vieja cultura. Hay innumerables ejemplos de la guerra cultural implementada contra toda la cultura católica en todo el mundo, y dentro de la Iglesia, y de las iglesias particulares, desde que fueron ganadas para la causa modernista. Pero ahora Bergoglio, encaramado en el máximo sitial, prosigue su afán destructivo y bárbaro (que ya practicaba en Buenos Aires) irradiándolo a todo el orbe.

Los viejos modos de pensar. ¿Hace falta explayarse sobre esto? ¿No basta con las acusaciones constantes de Bergoglio para con aquellos tradicionales que se aferran a los viejos modos de pensar y de vivir la religión? Pelagianos; viejas avinagradas; tristes; grises; farisaicos, etc. etc…

Creemos que la analogía cierra perfectamente. Que los objetivos son exactamente los mismos. Tanto como pueden ser transferidos dentro del campo de lo religioso. Bergoglio asume como propios los cuatro postulados de la revolución cultural maoísta, los pone en práctica trabajando incansable desde hace nueve meses. Según dijo alguien por ahí, Bergoglio habría manifestado que tenía cuatro años para cumplir con lo que él llama “su misión”. Hasta donde sabemos él no ha aclarado cuál misión sería esa.

“Vosotros sois TEMPLOS del ESPÍRITU SANTO” dicen la Sagradas Escrituras. No parece ser la nuestra una comparación caprichosa. Al contrario se ajusta con una tal precisión que espanta, aunque sabemos que el espanto debe trocarse en esperanza.

La Revolución Cultural es REEMPLAZO y SUSTITUCIÓN, y es diabólica en sus resultados. Bergoglio ya ha dicho que él siente ser el hombre que recupere el verdadero espíritu del Concilio Vaticano II y lo ponga en acto. La Apostasía es también REEMPLAZO y SUSTITUCIÓN. El corazón de los hombres vaciado del Espíritu de Dios y la posterior instalación del Espíritu del Anticristo.

Sustituyendo los viejos hábitos, las viejas costumbres, la vieja cultura y los viejos modos de pensar, el modernismo ha logrado que en los “TEMPLOS del ESPÍRITU SANTO”, que somos los hombres, sea entronizado otro espíritu.

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