Fuente: Último Reducto

Sin duda una de las cuestiones que más nos continúa interesando y fascinando del III Reich es la pretensión, la voluntad y casi el logro de Adolf Hitler de crear una nueva sociedad, entendiendo como tal un espacio físico, social y político en el que se pondrían en marcha sistemas y soluciones no aplicadas antes en Alemania ni, en algunos aspectos, en ninguna de sus naciones vecinas.

Una sociedad forjada por algunos elementos ideados por el propio Hitler, otros por algunos de sus colaboradores como Rosenberg, pero otros muchos inspirados en viejas tradiciones germánicas, nórdicas, indoeuropeas e incluso cristianas, contribuyeron a otorgar al Nacionalsocialismo un aire místico y mítico en un espacio en el que el cristianismo tradicional (judaizado) debería progresivamente dar paso a nuevas creencias, con Alemania, el Reich y el Führer como nuevos elementos que representen la sacralidad del la sangre (raza) y el suelo (patria), lo que a menudo se ha confundido con la pretensión Nacionalsocialista de crear una nueva religión.

Para ello Adolf Hitler no escatimó medios ni dejó de recurrir a los últimos avances tecnológicos de cara a que el mensaje del nuevo Reich llegara a todos los confines de Alemania y más allá, confiando en que la persuasión, los encendidos discursos, una estudiada dramatización y la perfecta puesta en escena fueran suficientes para convencer al pueblo de la razón y las bondades del Nacionalsocialismo.

Sin embargo el Führer encontró un ámbito de creencias y sentimientos donde su mensaje no penetraba con la misma facilidad, las comunidades cristianas de Alemania, ya fuesen los tradicionalmente católicos oeste y sur como las zonas con mayor implantación protestante como el centro y el norte del país.

Se ha escrito y hablado mucho acerca de la persecución del Nacionalsocialismo hacia confesiones cristianas minoritarias como los Testigos de Jehová, de las complejas relaciones entre Adolf Hitler y Pío XII, del llamado León de Münster; pero no es tan conocido que el líder alemán deseaba introducir una religión confeccionada a medida para el pueblo alemán que sustituiría progresivamente a las ya existentes y que contribuiría a lograr la unidad espiritual de un pueblo que ya se sentía unido por lazos culturales, de idioma y de raza. El llamado “Cristianismo Positivo” no pretendía ser una nueva fe, sino la adaptación de diversos elementos ya existentes a la realidad cotidiana, ideológica y política del III Reich.

Sin embargo, ya desde la publicación de los veinticinco puntos del NSDAP y el comienzo de la propaganda, parece claro que el sector más difícil de convencer y menos permeable al mensaje Nacionalsocialista es el compuesto por las comunidades cristianas alemanas.

En 1931 la Iglesia católica alemana prohíbe a sus fieles afiliarse al NSDAP y veta la participación de agrupaciones Nacionalsocialistas en las procesiones y ritos católicos públicos mientras que un año más tarde emite un comunicado en el que afirma que el Nacionalsocialismo es incompatible con la fe cristiana; por otro lado los protestantes condenan también el Nacionalsocialismo en 1934 pero sin hallar consenso, por lo que una parte de los luteranos forma la Bekennende Kirche (Iglesia Confesante, contraria a los Nacionalsocialistas) y el resto se agrupa en torno a la Reichskirche (Iglesia del Reich).

Algunas entidades cristianas se convirtieron pronto en verdaderos centros de conspiración contra el Nacionalsocialismo, lo que por un lado hizo aumentar el control estatal de los lugares y asociaciones de culto y, por otro, obligó a los jerarcas Nacionalsocialistas a pensar en otra solución, nada menos que intentar adaptar, adoptar e interpretar la realidad religiosa existente a la cotidianeidad del pueblo alemán.

Por supuesto Hitler se halla contrariado y a la vez admirado del tesón con que las organizaciones cristianas alemanas rechazaron los ideales Nacionalsocialistas, así que se plantea ofrecerles una especie de religión a la carta, puesto que es consciente de lo profundo y sincero de la fe en Cristo demostrada por su pueblo. La solución parece ser el “Cristianismo Positivo”, es decir un cristianismo libre de influencias judías.

El NSDAP promueve un amor a la naturaleza y una exaltación de ciertos elementos como la siembra, la cosecha, o los solsticios, que si bien son tomados del paganismo, son además elementos ya asumidos y transformados por el cristianismo, a los que se une la recuperación de toda una serie de elementos mitológicos locales que ayudan a conformar la nueva doctrina.

El papel de los judíos como redactores del Antiguo Testamento hace que sólo el Nuevo Testamento y los Evangelios pasen a considerarse compatibles con la nueva situación política. También la larga historia de los Papas en su papel como entrometidos de la política y de los diferentes gobiernos mundiales recomienda no mirar hacia Roma. El “Cristianismo Positivo” va así tomando forma pero no como una nueva y diferente religión sino como una revisión del cristianismo; en este caso un cristianismo libre de injerencias romanas y de influencias judías.

La naturaleza merece ser adorada, venerada, glorificada, pero transcurre por así decirlo de forma paralela al culto religioso, ya que al fin y al cabo, los dones de la cosecha, la ausencia de heladas, o la fertilidad de la tierra, no son sino regalos de Dios. Asimismo, determinados aspectos en el ciclo de la vida como el paso de la pubertad a la adultez, el bautismo de fuego, o la muerte en combate o al servicio de la patria o la comunidad, reciben un tratamiento especial.

También se refuerzan otros elementos que logran por un lado impulsar la nueva fe pero al mismo tiempo destacar su particularidad, sus localismos; el más conocido es sin duda el lema Gott mit uns (Dios con nosotros) que figuraba en las hebillas de los cinturones de los soldados alemanes; incluso, en algunas ocasiones, se utilizó el águila simulando la figura que, en la iconografía cristiana, suele representar al Espíritu Santo en forma de paloma.

Es imprescindible tener en cuenta que entre los mandatarios Nacionalsocialistas existía todo tipo de creencias, Adolf Hitler y Heinrich Himmler eran católicos, Rosenberg sin embargo odiaba el catolicismo aunque respetaba la figura de Jesucristo, Göring creía en Dios y valoraba a las personas con fe, otros eran abiertamente paganos y un buen número de ellos no tenía más fe que la depositada en el Führer.

El Nacionalsocialismo es consciente de lo arraigado de la religión en toda Alemania, muy especialmente en las zonas rurales, y mientras planea cómo actuar a mediano y largo plazo, se conforma con tolerar todo culto que no contradiga los valores germánicos. Sin embargo, el intento de crear una religión oficial por medio de la ya mencionada Reichskirche no consiguió los resultados que se pretendían, ya que en realidad no fueron demasiados los fieles que aceptaron “cambiar” de Iglesia.

Desde la propia administración Nacionalsocialista se puso en marcha la asociación Ahnenerbe, un grupo selecto de arqueólogos e investigadores dedicados a recoger y recopilar símbolos y leyendas que aporten no solo al “Cristianismo Positivo”, como en el caso de Otto Rahn y la búsqueda del Santo Grial, si no para que se dediquen también al estudio de elementos como el alfabeto rúnico, o de culturas tan distantes como la del Tíbet en Asia o Tiwanaku en Sudamérica, en busca del origen de la raza Aria.

A menudo se ha pretendido argumentar que el fomento de ciertos aspectos, como la recuperación de la mitología germana y nórdica, o el intento de buscar explicaciones paralelas a la ciencia oficial sobre el origen de la raza aria, son parte de ese pretendido interés por crear una nueva religión, cuando en realidad se trató tan solo de elementos utilizados como herramientas de cohesión cultural. A menudo Rosenberg e incluso el propio Hitler reconocían que dicha forma de religión basada en la mitología era ya cosa de tiempos pasados.

Parece claro, sin embargo, que la religiosidad del pueblo alemán resultó a menudo un elemento impermeable para las doctrinas Nacionalsocialistas, pese a ello, Hitler no pretendió en ningún momento crear una nueva religión ni una fe artificial en torno a los ideales del partido, creyó que bastaría con la puesta en marcha de la Reichskirche o la enorme cantidad de recursos destinados a la Ahnenerbe. Quizá el Führer menospreció el nivel de importancia y arraigo de una fe cristiana de siglos.

Anuncios