Fuente: Real Jew News

Los judíos nos quieren hacer creer que hay algo sagrado en el Muro Occidental, que es un vestigio del segundo templo, donde oraciones de papel son colocadas para ser atendidas por la “divina presencia” que supuestamente habita en sus grietas y piedras.

Sin embargo, el Muro de los Lamentos es en realidad, como lo indica el investigador Ernest L. Martin en su libro “Los Templos que Jerusalén olvidó”, lo que queda de un fuerte romano llamado Fortaleza Antonia, al norte del templo real, el cual fue construido sobre el manantial de Gihón. La roca sobre la que la Cúpula de la Roca fue edificada, junto al Muro de los Lamentos, era en realidad la pieza central alrededor del cual se construyó la Fortaleza Antonia. No hay nada sagrado en esta roca o esta pared.

Lo testimonia el siempre exagerado cronista judío Flavio Josefo, quien en su “Guerra de los judíos” escribió que “los romanos no dejaron nada ni por encima ni por debajo del suelo”, por lo que, “si alguien viniese a Jerusalén no creería que un alguna vez el templo existió”. Según Josefo, Tito, el general romano que arrasó Jerusalén el año 70 después de Cristo, permitió que la Fortaleza Antonia permanezca en pie para albergar a la Décima Legión encargada de supervisar los asuntos romanos en Jerusalén.

El Muro de los Lamentos es además el asiento de un ritual esbozado por el sistema ocultista judío del siglo XII conocido como la Cábala, y ampliado en el siglo XVIII por el movimiento jasídico. La llamada “presencia divina” en el Muro de los Lamentos es en realidad la supuesta emanación cabalística femenina conocida como “Shekinah”. En un ritual llamado de “oración judía” los rabinos empujan su pelvis de ida y vuelta en un movimiento de copulación con la Shekinah, con el fin de concretar la unión erótica con el “Ein Soph”, la emanación cabalística masculina.

Pero, si Dios no habita en templos hechos por manos humanas (como lo dice la Biblia), mucho menos habitará en una fortaleza romana.

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