Fuente: Radio Islam / Wikipedia / Wikipedia (alemán)

La noche del 9 al 10 de noviembre de 1938 se conoce como “La Noche de los Cristales Rotos”. Según la versión oficial que hasta ahora se ha divulgado, durante toda esa noche se rompieron escaparates y lunas de comercios judíos, se quemaron sinagogas y se destrozaron hogares judíos en Alemania. Muchos fueron maltratados e incluso asesinados por la chusma que se apoderó de las calles de algunas ciudades alemanas, con el beneplácito de las más altas jerarquías del partido nazi, entre ellos Hitler y Goebbels, verdadero cerebro gris, si hemos de creer a los historiadores oficiales, tras estas manifestaciones antisemitas que estallaron coincidiendo con el asesinato de un joven diplomático alemán en Francia a manos de un joven refugiado judío, en venganza por la deportación de su familia.

La “Noche de Cristal” -Kristallnacht, en alemán, que es su denominación correcta, y no como popularmente se le conoce- se suele describir de esta forma en los libros de historia: como uno de los episodios más vergonzosos de la reciente historia de Alemania y el comienzo, o punto de partida, para la Solución final que siempre se asocia al Holocausto. Escribe Daniel Goldhagen, nueva cabeza visible del grupo de los historiadores oficialistas que desean hacer pervivir la memoria del Holocausto, refiriéndose a esta noche que “la magnitud de la violencia y la destrucción, la enormidad de aquella noche, fue un verdadero cruce del Rubicón”.

Hasta ahora los más firmes defensores de la política del Tercer Reich habían estado convencidos de lo inútil de este pogrom antijudío, y compartían la creencia de lo perjudicial que había sido para la imagen de la nueva Alemania en el extranjero, achacándolo única y exclusivamente al exceso de antisemitismo existente en Alemania aparte de las provocaciones de las organizaciones judías mundiales. Sin embargo la aparición de nuevas revelaciones e interpretaciones ponen en duda la versión oficial hasta ahora dada como única y verídica. No olvidemos que en la versión dada hasta hoy como buena había numerosas lagunas que ningún historiador había podido contestar. Por ejemplo ¿Quién dio la orden de iniciar las manifestaciones antijudías? ¿A quién beneficiaban más estos excesos? ¿Quién armó y financió al asesino del diplomático alemán? Si Goebbels era el instigador del pogrom ¿porqué en su diario íntimo afirma no saber nada e incluso molestarle lo acontecido?

La “Polenaktion” como excusa

La llamada “Polenaktion” se inicia el 31 de marzo de 1938, cuando el Parlamento Polaco adopta una ley con el objetivo de retirar la ciudadanía a todos los polacos que hayan vivido durante más de cinco años en el extranjero de manera continua. En octubre de 1938 el gobierno polaco dicta una norma legal que priva de eficacia a todo pasaporte polaco que no fuera visado, dentro del mismo territorio polaco, en el plazo de un mes. De esta forma el gobierno polaco pretendía transformar en apátridas a todos los judíos de esa nacionalidad que viviesen fuera del país.

La gran mayoría, cerca de 70.000 judíos polacos, residían en Alemania, por lo que el gobierno alemán inmediatamente negoció con los polacos un aplazamiento para la entrada en vigor de esta norma o una excepción para los residentes en territorio alemán, aunque sin lograr su objetivo, por lo que, el 28 de octubre, dos días antes del cumplimiento del plazo fijado, la policía alemana detiene entre 15 y 20.000 judíos, mayormente varones adultos, los cuales son trasladados a la frontera germano-polaca. La expulsión forzosa fue sorpresiva para los polacos, completamente incapaces de lidiar con las circunstancias, es así que algunas ciudades fronterizas dejaron ingresar a los deportados en tanto que otras fueron cerradas, dejando a miles de judíos atrapados en la frontera, en instalaciones provisionales.

Ante las protestas del Ministerio Polaco de Asuntos Exteriores, el 29 de octubre de 1938, las fronteras se reabrieron y aquellos judíos que no pudieron ingresar a Polonia fueron llevados por las autoridades alemanas de vuelta al interior de su propio país.

El asesinato de Ernst von Rath

Entre los que fueron deportados estaba la familia de un desempleado que sobrevivía gracias a las ayudas sociales alemanas aún cuando era ciudadano polaco, su apellido era Grynszpan. Uno de los hijos de la familia, Herschel Grynszpan, no vivía con ellos desde 1936, si no entre París y Bruselas, donde se hallaba amparado por sus tíos quienes le pidieron que volviera a casa de su padre pues no estaban dispuestos a seguir manteniéndole. Entonces, y sin que nadie haya podido explicarlo, el joven Herzel, de tan sólo 17 años de edad, se muda a un elegante hotel parisino, curiosamente cerca de la sede de la L.I.C.A. (Ligue Internationale Contre l´Antisémitisme) y comienza a disponer de fuertes sumas de dinero.

Narra la historia oficial que, enterado de la deportación de su familia y desesperado, se dirigió el 7 de noviembre, tras gastar una fuerte suma de dinero en adquirir un arma, a la Embajada alemana para asesinar a un diplomático alemán de segunda fila allí destinado. No hizo ningún ademán por huir y fue detenido, aunque casi inmediatamente, y mucho antes de hacerse pública la noticia por medio de la prensa, su defensa es asumida por uno de los más afamados juristas de la capital gala, el abogado de la L.I.C.A. ¿Quién le envía? ¿Quién va a pagar los honorarios? Siguen las lagunas en torno al joven vengador.

La justicia francesa no logró condenar a Herschel Grynszpan, pues los abogados judíos lograron aplazar el proceso judicial hasta que estalló la Segunda Guerra Mundial e ingresaron los alemanes en París. ¿Cuáles eran los verdaderos motivos para asesinar al diplomático alemán? Al menos, ciertamente, no el patriotismo pro-polaco, ni su desesperación por una familia de la que se había desentendido 2 años antes. El 9 de noviembre de 1938 fallecía Ernst von Rath como consecuencia de las heridas producidas en el atentado y en Alemania, al conocerse la noticia, comienzan los incidentes.

Estalla la Kristallnacht

De vuelta, pues, a Alemania. La noche del 9 al 10 de noviembre estallan en algunas ciudades alemanas graves asaltos antijudíos donde numerosas propiedades judías y sinagogas son destruidas. Grupos de alborotadores recorren las calles, pero sin la complicidad de las autoridades ni con la complacencia generalizada de la población nos han hecho creer hasta ahora. Debido a la escasa acogida de estas protestas los resultados tras esa noche no fueron tan devastadores como se ha querido señalar posteriormente. Nos han hecho creer que todas las sinagogas alemanas fueron quemadas y todos los comercios destruidos mientras que los judíos eran detenidos y maltratados a manos de las SA del partido. La realidad dista bastante de ser así, aunque ello no es justificación para los excesos cometidos.

De las más de 1400 sinagogas existentes entonces en Alemania menos de 180 fueron destruidas esa noche (cerca del 13%), mientras que de los 100000 comercios judíos unos 7500 fueron atacados y sus lunas rotas (un 7,5%). La turba incluso era repelida por las unidades de las SA que recibieron instrucciones de sus jefes de interponerse esa noche. Las pérdidas humanas se elevaron a 91 según dictaminó la Corte Suprema del Partido que investigó los hechos, ya que se abrió una investigación para depurar responsabilidades. Aproximadamente 20000 judíos, según consta en la documentación existente en los archivos alemanes, fueron puestos en custodia para salvaguardar su integridad (no fueron detenidos como quiere hacernos creer la historia oficial), y fueron liberados poco después al cesar el peligro.

No habían sido detenidos para ser ni asesinados ni deportados, tan sólo para proporcionarles cobijo y seguridad mientras se aclaraban las circunstancias. Por tanto podemos comprobar cómo se ha exagerado considerablemente en la versión oficial.

Ciertamente se produjeron excesos, pero estos estuvieron concentrados geográficamente, su mayoría en la región de Magdeburg y Hessen, y en algunas ciudades como Nuremberg o Munich, y en los principales centros poblados comerciales (aunque falsamente se cita al campo como núcleo principal de las protestas). Tampoco la población alemana participó en su conjunto en las manifestaciones y asaltos, sino que fueron grupos reducidos de alborotadores. Memorias publicadas de judíos alemanes residentes allí por esas fechas recuerdan cómo al día siguiente las clases siguieron con normalidad, ¿acaso los padres judíos habrían enviado sus hijos a las escuelas al día siguiente de haber presentido que se estaba produciendo un pogrom antijudío que pudiera hacer temer por sus vidas?

Respuesta del Partido Nacionalsocialista

Esa noche la plana mayor del partido se hallaba reunida en la tradicional cena de camaradería conmemorativa de la marcha del 9 de noviembre (primer intento de toma del poder en 1923, una de las fechas más significativas para los Nacionalsocialistas). Estando reunidos allí llegó la triste noticia del fallecimiento del diplomático, Adolf Hitler decidió abandonar los festejos por no corresponder en esos momentos de amargura. Goebbels lo comunicó a la audiencia y, en un tono violento, eso sí, como era su estilo, arremetió con su tradicional carga antisemita. Sin embargo son pocos los historiadores que destacan que asimismo advirtió a los asistentes para que no se dejasen llevar por los acontecimientos indicando que se abstuvieran de participar en manifestaciones públicas antisemitas.

Enterado de los sucesos que estaban aconteciendo esa noche, Goebbels invitó a los jefes de cada región presentes en Munich, y en especial a Viktor Lütze, jefe de las SA, a que transmitieran órdenes expresas a sus secciones para que se restableciera el orden y que, si fuera menester, incluso protegieran las propiedades judías. Él mismo no podía hacerlo pues no tenía autoridad para ello ya que estas atribuciones no le correspondían como Ministro de Propaganda y no tenía poderes sobre el partido ni sobre las autoridades civiles ni militares. Un cercano asesor de Goebbels, el príncipe Friedrich Christian de Schaumburg-Lippe, que estaba en Suecia por esas fechas, recuerda en sus memorias que, al pedirle explicaciones a Goebbels sobre lo acontecido notó cómo éste se hallaba sumamente irritado por lo perjudiciales que podrían ser estos sucesos para la imagen de Alemania en el extranjero. Otras fuentes corroboran exactamente la misma reacción en el ministro.

Hitler, informado de los incidentes, mandó llamar de madrugada al jefe de la policía de Munich para que interviniese sin dilación. Igualmente ordenó a Hess remitir un télex, que se ha conservado, a todas las oficinas de los gobernadores (Gauleiters). Himmler hizo lo mismo con las autoridades policiales. Ciertamente algunas secciones del partido no cumplieron las órdenes, probablemente porque no les llegaron a tiempo, e incluso otros (muy pocos por cierto) se vieron envueltos y llevados por el calor del momento. Esta es otra de las incógnitas ¿porqué se lanzaron a la calle si no hubo orden de sus superiores? En los procesos judiciales de desnazificación que se desarrollaron tras la guerra, en numerosos casos la participación en la Kristallnacht ha sido uno de los pilares de la acusación contra estos miembros, individuales y anónimos en la gran mayoría de los casos.

Durante los mismos procesos judiciales de desnazificación, y en reiteradas ocasiones, se menciona la existencia de sujetos que dictaban órdenes, lideraban a los grupos de alborotadores y que después desaparecieron. Es aquí donde puede encontrarse parte de la respuesta.

¿Quiénes fueron los responsables o, al menos, los beneficiarios?

Hasta hace poco se incriminó directamente, sin ruborizarse por la falta de pruebas, a Joseph Goebbels, el Ministro de Propaganda del Reich. Se dijo que habría organizado este pogrom mucho antes y que luego habría esperado una provocación para lanzar a la calle a los agitadores. Se ampararon los “historiadores”, entre otros aspectos, en el mensaje radiado en el que intentó justificar la ira como fruto de un sentimiento popular y en el hecho de que no se decidiera a condenar públicamente las manifestaciones. Dado que falleció en Berlín en 1945 nadie se molestó en comprobar la veracidad de esta incriminación. En el Tribunal de Nuremberg se intentó desesperadamente, incluso falsificando pruebas como era habitual, buscar la orden o documento por escrito que implicara a la cúpula del partido en la organización de los sucesos.

Este es el punto verdaderamente interesante de este episodio pues nos podrá desvelar muchas incógnitas. Sabemos que no pudo ser Goebbels. La biografía de David Irving, “Goebbels: Mastermind of the Third Reich”, basada en el estudio de los diarios personales del ministro, revelan que era absolutamente ajeno a la preparación de esta jornada, y que personalmente le irritó de sobremanera. No tenía ni autoridad ni lo había previsto, incluso era lo más contradictorio que podía proponer en ese momento en que Alemania estaba intentando llegar a un acuerdo internacional para solventar el problema checo y la imagen de Alemania estaba bastante deteriorada de por sí. Como relata Wilfred von Oven, asistente de prensa de Goebbels, el año de 1938 se caracterizó precisamente por una política deliberadamente dirigida a evitar alusiones antisemitas en los medios de comunicación, por tanto difícilmente podría interesarle a un estratega de la propaganda, como era Goebbels, un pogrom antijudío.

Los historiadores oficiales que han tratado la Kristallnacht tampoco suelen reproducir la segunda parte del mensaje de Goebbels, emitido la mañana del 10 de noviembre, donde dice literalmente: “Toda la población es ahora inmediatamente llamada a desistir de cualquier manifestación y acción, de cualquier naturaleza, contra los judíos. La respuesta definitiva al asesinato de un judío se llevará a cabo mediante la Ley”. Creemos que el texto es suficientemente claro para que no pueda dar lugar a confusiones.

Tampoco fue Hitler ni Himmler, ambos se extrañaron de que algo así sucediera y ordenaron que cese inmediatamente. Ningún otro jerarca del partido tenía autoridad ni se habría atrevido a hacerlo sin el consentimiento de Hitler. Por otro lado, sociológicamente no es propio del pueblo alemán este tipo de acciones colectivas. Es desconocer el carácter alemán pretender que fue una manifestación o reacción popular de antisemitismo, como hace Goldhagen al señalar, erróneamente, que “alemanes corrientes, de manera espontánea, sin provocación ni estímulo, participaron en las brutalidades. Incluso los jóvenes y los niños intervinieron en los ataques, algunos de ellos, sin duda, con el consentimiento de sus padres”. El antisemitismo en Alemania jamás fue violento, en el sentido físico, aunque sí en el verbal, y cualquier exceso era duramente reprimido por las autoridades nacionalsocialistas. Streicher, el paradigma del antisemitismo alemán para los historiadores, fue incluso censurado y le fue retirada la autorización de hablar en público en 1940 al no considerarse apropiado su tono.

Pero entonces ¿quién organizó los disturbios callejeros? La versión de la espontaneidad, opinión que incluso comparte el mismo Goebbels durante su mensaje del 10 de noviembre, no se sostiene. Sin embargo, el Ministro de Propaganda también albergaba dudas sobre dicha “espontaneidad” ya que habló varias veces en privado de la existencia de agitadores profesionales tras los grupos de alborotadores. Quizá la respuesta, al menos sobre quiénes eran los beneficiarios de lo acontecido, la encontremos si nos retrotraemos a un suceso acaecido dos años antes, en 1936,

Ese año era asesinado Wilhelm Gustloff, un alemán residente en Suiza, que dirigía la sección helvética del NSDAP. Fue asesinado por un judío alemán que inmediatamente fue defendido también por el mismo abogado que defendería luego a Grynszpan. En el juicio contra el asesino de Gustloff quedó probado que el asesino no había actuado solo sino en complicidad con una poderosa organización secreta. Todas las pistas se dirigían hacia la L.I.C.A. pero el asesino no confesó. En esa ocasión el gobierno alemán, a pesar de su profunda molestia, no impuso medidas excepcionales contra los judíos.

Cuando Herschel Grynszpan asesinó a von Rath se pretendía, sin lugar a dudas, el mismo objetivo: provocar al gobierno alemán para atacar a los judíos y así justificar una campaña antialemana por parte de los sionistas. Pero esta vez la jugada estaba mejor preparada. Miembros de la Resistencia antinazi habrían organizado un plan para provocar un pogrom en Alemania coincidiendo con el asesinato de Ernst vom Rath.

Para asegurarse que en esta ocasión iba a ser fácil disuadir a los SA se eligió la fecha del 9 de noviembre en que los máximos dirigentes nacionalsocialistas estarían celebrando el aniversario del Putsch de Múnich. La confusión y las ausencias en la cadena de mandos ayudaría a los provocadores. Esperaban así una reacción internacional que pudiera derrocar a Hitler, o que, en caso de fracasar, serviría de apoyo a los sionistas para presionar a Berlín. La doble jugada era evidente y ellos los principales beneficiarios de lo sucedido.

El asesino de von Rath no fue enjuiciado ni ejecutado cuando los alemanes lo capturaron en 1940 al tomar Francia durante la Segunda Guerra Mundial. Herschel Grynszpan no fue gaseado sino protegido. Pero fue tan difícil juzgar a Grynszpan en Alemania como lo había sido en Francia, se argumentaba que no siendo ciudadano alemán no podía ser juzgado por un asesinato cometido en el extranjero, además, por ser menor al momento de cometer el delito, no se le podía condenar a muerte. Estas discusiones se extendieron durante todo 1940, hasta 1941. La solución fue acusar a Grynszpan de traición, por la que podía ser juzgado de forma legal y ejecutado si se le declaraba culpable. Fue acusado formalmente en octubre de 1941, sin embargo, el juicio programado para enero de 1942 no se celebró debido a los acontecimientos de la guerra. Se desconoce el destino de Grynszpan tras septiembre de 1942, aunque hubo rumores de que había sobrevivido a la guerra y que estaba viviendo bajo otro nombre en París. Por último fue declarado legalmente fallecido por el gobierno de Alemania Occidental en 1960.

Epílogo

El terrorismo con la finalidad de acusar a inocentes, de transformar a la víctima en verdugo, siempre ha existido. Es especialmente reiterativa esta práctica cuando se estudia la política exterior judía. No han sido pocas las voces que han señalado una mano oculta tras numerosos atentados presuntamente antisemitas que podrían haberse fraguado en las dependencias de los servicios secretos de las embajadas israelíes. La Kristallnacht es un ejemplo ilustrativo de cómo estos métodos existían incluso entonces, y como la mentira se transforma en verdad a fuerza de repetirse una y otra vez, sin detenerse a considerar la realidad de los hechos.

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