Fuente: Social Nacionalismo Cristiano

La doctrina racialista, al afirmar la perfección originaria de la raza y su posterior decadencia, surge en abierta oposición al mito evolucionista, que sostiene el origen del hombre a partir de seres inferiores y su progreso hacia formas cada vez más avanzadas e infinitamente perfectibles, susceptibles de engendrar seres continuamente superiores. Ya Gobineau, al colocar los cimientos de la doctrina racialista tal y como hoy la conocemos, apuntaba esta íntima incoherencia entre la teoría de la raza y el dogma evolucionista.

La historia humana es la historia de la degeneración de las razas creadoras de culturas al mezclarse con otras razas; a la época de plenitud, en que la raza aria vivía en estado de pureza, le sucede una era de progresiva decadencia. No sabemos, venía a decir el Conde de Gobineau, si el hombre viene del mono; lo que sí sabemos es que va hacia el mono. Como vemos la idea de Gobineau es la inversión del mito evolucionista. No progreso de formas inferiores e indiferenciadas hacia seres cada vez más perfectos y evolucionados, sino retroceso de la perfección y superioridad originaria hacia un estado de nulidad y abyección absolutas.

En ese estado futuro al que conducirá la degeneración, el tipo humano, lejos de ese ser que evolucione hacia formas cada vez superiores, encarnará el último término de la mediocridad en todos los aspectos. Mediocridad de fuerza física, mediocridad de belleza, mediocridad de aptitudes intelectuales, en fin, una nulidad completa. El cuadro que ofrecerá la humanidad del porvenir no puede ser más desalentador.

Las conclusiones de la doctrina racialista, no pueden ser más claras, la historia no es una marcha ascendente hacia la perfección, sino un descender de las condiciones normales y radiantes de los orígenes, para sumirse en la decadencia. Es lo que observamos, ya a escala histórica relativamente próxima, en los casos individualizados de diversos troncos arios: griegos, romanos, indos, persas, germanos, etc.

No se trata de la ascensión desde los niveles de la barbarie y la animalidad hacia cimas de una humanidad infinitamente perfectible (la ilusión de todas las doctrinas progresistas), sino de un decaer de formas superiores de civilización y de existencia, hacia formas cada vez más degradadas y rebajadas al nivel de lo puramente material, de lo cuasi-animal. No es la evolución de seres antropomorfos y semihumanos hacia la consecución de formas humanas cada vez más perfectas, sino el decaer de seres de altura sobrehumana al nivel de una mezquina humanidad, que cada vez se avecina más al plano animal de la existencia, sumiéndose en condiciones de vida verdaderamente infrahumanas, aniquiladoras de toda realidad espiritual.

La doctrina que afirma el origen divino de la humanidad y su progresiva decadencia espiritual (debido al alejamiento de los principios originarios de la Tradición) y física (a través de la degeneración biológica y la mezcla de razas), entraña la más radical superación del dogma evolucionista, que atenaza la mente del hombre europeo, amenazando con rebajarle realmente a lo que dicha teoría dice que es, un digno sucesor de especies semi-animales y salvajes, descendiente embrutecido de seres infrahumanos y simiescos.

Lejos de ser un camino hacia una ilusoria perfección futura, la historia del hombre, que es la historia de las razas, es una historia de decadencia. Toda realidad humana supone un alejamiento de las condiciones originarias o, lo que es lo mismo, un proceso de decadencia e involución.

No puede comprenderse el presente sin conocer el pasado. Para entender la realidad del hombre y de la sociedad es necesario conocer sus orígenes. El tema de los orígenes es un punto fundamental para la ciencia racialista. Y es que no podemos saber que es realmente nuestra raza si no profundizamos, si no llegamos hasta las más remotas raíces. No podemos penetrar plenamente la realidad, el ser de la raza, sin conocer sus orígenes.

Todas las narraciones de la antigüedad nos dicen que los primeros humanos fueron “hombres maravillosos” en continuo contacto con fuerzas de orden superior. Sobre este punto no hay disonancia; los iniciados, los filósofos, los poetas, la historia, la fábula, el Asia y la Europa, no tienen más que una voz. Todas las tradiciones humanas forman una demostración que sólo la boca puede contradecir.

Los pueblos salvajes que suelen ser considerados como los representantes aún vivientes del “hombre primitivo” no son en realidad sino los descendientes de troncos remotos degenerados. Sus mismas lenguas no son y no pueden ser sino fragmentos de lenguas antiguas arruinadas y degradadas como los hombres que las hablan. No se trata de rudimentos de lenguas que irán evolucionando y perfeccionándose en el futuro, sino de fragmentos de lenguas que fueron mucho más perfectas y elevadas.

Contra el darwi­nismo, afirma Evola, “hay que reivindicar la fundamental dignidad de la persona humana, reconociendo su verdadero lugar, que no es el de una especie animal particular, más o menos evolucionada entre tantas otras, diferenciadas por ‘selección natural’ y siempre ligada a orígenes bestiales y primitivos. Si no que es tal que puede elevarse o ir encima del plano biológico”.

Para la doctrina racialista no existe la historia como evolución según leyes de cualquier tipo que sean, de un menos a un más de civilización. Un “menos” que en la concepción evolucionista estaría constituido por la civilización tradicional, jerárquica y sacra. Para la raciología, la concepción de la historia es, por el contrario, dinámica y viva; la evolución de la humanidad es interpretada como el encuentro, la lucha, la mezcla, el ascenso y la decadencia de razas diversas. Todos los factores históricos, las grandes ideas motrices, las instituciones sociales y estatales, las creencias religiosas, las diversas civilizaciones y culturas, no son factores aislados, si no que van ligados unos a otros, centrándose todos y estando fundamentados en la esencia de la raza.

Como ya hemos indicado, y como la historia nos lo muestra bien claramente, habría que hablar más de involución que de evolución. Dado que los acontecimientos históricos han tenido por resultado infinitas mezclas raciales de todo tipo, hasta el punto de que es difícil encontrar hoy día en cualquier nación de Europa un núcleo de raza pura. El racialismo llega a la conclusión de que las condiciones normales se encuentran en los orígenes, cuando existían núcleos de raza pura.

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