Fuente: El Espejo de Arcadia / NacionalSocialismo Argentino / Tercera Fuerza

Siendo la principal responsabilidad del hombre la de conducir y mantener un hogar, queda en manos de la mujer el pilar fundamental de dar consistencia a la familia. El resultado del alejamiento de la mujer de su función educadora y familiar hoy salta a la vista. Niños irrespetuosos, con preciosidades negativas, jóvenes desorientados, viciosos, carentes de ideales. Los divorcios, las separaciones y los fracasos matrimoniales están a la orden del día, pues la confianza y la lealtad entre las parejas es cosa del pasado.

Un hombre es feliz sólo si su familia también lo es. Una mujer es feliz si el hombre ha sabido hacerla a ella y a su familia feliz. La base de la felicidad de ambos está en la convivencia familiar y en la comprensión mutua. Ambos constituyen juntos una sola unidad y no dos entes en pugna. Para el Nacionalsocialismo el hogar ha sido sacralizado, exaltando el rol de madre no como única función de la mujer, sino como su máxima expresión.

La misión de la mujer en un estado Nacionalsocialista es muy superior a la frivolidad de ser una competencia para el hombre. Supone como absolutamente falsa la concepción de que el trabajo de ama de casa es improductivo, humillante o irrelevante, como es la tendencia hoy en día en la sociedad de consumo, que lo mide todo en producción y capacidad de lucrar.

Durante el III Reich la preparación de las madres tuvo como objetivo desarrollar el rendimiento físico e intelectual de las mujeres, hacerlas apreciar los grandes deberes que recaen sobre ellas, instruirlas en la manera de criar a sus hijos y cualificarlas para las tareas domésticas y económicas. Todo esto se llevaba a cabo a través de cursos de formación los cuales se realizaban en todas las ciudades con población superior a 50.000 habitantes.

A millones de mujeres alemanas que, día tras día, realizaban sus pesadas labores en las fábricas, se les hizo comprender el valor de formar parte de una nación, para que pudiesen estar seguras de que realizaban una tarea útil, y que su trabajo formaba parte del trabajo realizado por toda la nación en conjunto.

Para lograrlo crearon la sección femenina del “Frente Alemán de Trabajo” que logró contar con más de 8 millones de miembros para atender a más de 11 millones de mujeres. Se dedicaba pues una atención especial a las trabajadoras casadas y con niños pequeños y a aquellas que estaban en estado de gestación. También eran apoyadas por estudiantes en tiempo de vacaciones.

Independientemente del Partido Nacionalsocialista, las propias mujeres organizaron la “Asociación de Mujeres Alemanas” dedicada a diversas áreas, entre ellas la economía nacional y la economía doméstica, donde se enseñaba a las mujeres y a las jóvenes a aplicar los principios de la solidaridad nacional, ya que en cada hogar la madre es la responsable de la salud y el bienestar de toda la familia.

La “Asociación de Mujeres Alemanas” creó también una sección cultural y educacional que ponía el patrimonio cultural en manos de las mujeres, ayudándolas además en el campo de la ciencia. La sección de asistencia contaba con el trabajo realizado por enfermeras; y la sección extranjera establecía contacto con asociaciones de mujeres en el extranjero.

Como dijo Gertrud Scholtz-Klink, jefa de la Liga de Mujeres Nacionalsocialistas: “Todo el trabajo que nosotras realizamos por rutina, que en estos momentos es tan extenso que ya no podemos describirlo con detalle, es simplemente un medio para alcanzar un fin. Es la expresión de la determinación de las mujeres alemanas de ayudar a resolver los grandes problemas de nuestra época. Un espíritu de camaradería nos anima a todas y nuestra lealtad a nuestra nación guía todos nuestros esfuerzos”.

Para los Nacionalsocialistas es una ley sacra el que la comunidad se encuentra por sobre el individuo, es decir, el bien de muchos es innegociable por el bien de unos pocos. En este sentido, el valor de la dueña de casa está en entregar sus mejores esfuerzos para criar y formar hombres y mujeres sanos y fuertes, es decir, crear una raza fuerte y sana.

La grandeza del pueblo descansa sobre la calidad de sus componentes y he ahí la importancia de la mujer como formadora. Pero formar va mucho más lejos de alimentar al niño, es además entregar fortaleza espiritual y física, estimular la inteligencia y, por sobre todo, inculcar valores superiores, que provocarán el encumbramiento de nuestro pueblo o nación. Es decir honor, lealtad, honestidad, pulcritud física y mental, amor a la patria, al suelo, a su historia y a su sangre.

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