Fuente: Nacionalismo Católico San Juan Bautista / La Editorial Virtual / Abidudus

En la república democrática ateniense no existían elecciones, los políticos eran escogidos por sorteo y se renovaban todos los años. Uno de cada cuatro ciudadanos ocupaba un cargo público por año, es decir que, en cuatro años todos o casi todos los ciudadanos habían ocupado algún cargo público. En la antigua Atenas los ciudadanos vivían de su trabajo y el paso por la política tenía un carácter transitorio. Nadie vivía de la política.

En la democracia republicana ateniense las leyes se aprobaban en enormes asambleas multitudinarias y el moderador era la persona de más edad allí presente, encargado de dar turnos de palabra. El parlamento fue el lugar donde se hablaba y debatía. El parlamento ateniense original lo formaron 500 personas elegidas por sorteo para opinar, aunque podían votar las leyes todos los que estuvieran presentes. Como en toda democracia el poder no se entregaba a la persona o personas que más lo merecían ni a las más capaces, sino a la mayoría.

En la plutocracia el poder se entrega a los más ricos. Se origina así una oposición entre la democracia, que declara el gobierno de la mayoría, y la plutocracia de los ricos, ya que los “pobres” normalmente son mayoría. Es falso que en la actualidad existan democracias como formas de gobierno. Lo que verdaderamente existe es la forma más cruda y cruel de plutocracia revestida de formalidades y justificaciones democráticas, para lo cual se usa a los políticos y a sus partidos como meros títeres o gerentes.

Las plutocracias nacionales, a su vez, están absolutamente subordinadas a la plutocracia internacional, encarnada en lo que Pío XI llamó “imperialismo internacional del dinero”. La plutocracia desde el siglo XX hasta nuestros días, particularmente después de 1930, resulta de la gigantesca concentración e integración de las riquezas de la alta finanza en un sistema internacional o global, capaz de ejercer control sobre los poderes políticos nacionales, en cualquier parte del mundo, a una escala también internacional o global.

Sería ingenuo pensar que la élite financiera internacional, en su afán por manipular a todos los gobiernos del mundo, aplicase el fraude electoral directo que es fácilmente detectable, sus medios son por lo general más subrepticios. El mecanismo de control lo constituye el dinero mediante préstamos e inversiones. De esta forma el dinero le permite a la plutocracia crear una “opinión pública” y manipularla mediante los medios de adoctrinamiento bajo su control, como la radio, la televisión, los periódicos, las revistas, las editoriales, la cinematografía, el internet y la educación.

La finanza internacional decide quién gana y quien pierde amaestrando a la población votante gracias, principalmente, a mercenarios periodistas que desinforman de acuerdo a lo que más convenga a la plutocracia. Sin embargo, como es costumbre, la banca y sus empresas subsidiarias respaldan siempre con sus recursos monetarios tanto a izquierdas como a derechas, tanto a liberales como a conservadores, para así poder reclamar concesiones particulares a quien quiera que salga victorioso de toda esta supuesta contienda, disfrazada de pantomima democrática.

Los puestos políticos de la democracia neoliberal no son sino cargos formales que, en última instancia, deben responder y rendir cuentas al poder real del dinero que paga los gastos del acceso al estado y a la política. El dinero permite comprar partidos políticos mediante su financiamiento, así como penetrar y manejar muchos de los sindicatos obreros. La partidocracia es, en fin, una ilusión bien montada y difundida por los medios de adoctrinamiento masivo.

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