Fuente: Gnosis & Dementia / 24horas / Quelibroleo

Los que saben algo de la historia de Japón, sobre todo la remota, suelen sentir un gran respeto por figuras míticas, llenas de poder y exotismo como el samurái o la geisha. Sus códigos tanto de ética como de honor deslumbran a la mayoría y suelen correr a comprar el Hagakure (libro que indica el camino del samurái) o se inscriben en clases de artes marciales. Lamentablemente a veces las clases son abandonadas por falta de disciplina o pericia, y el libro no puede garantizar la utilidad que tuvo en su época.

Hay otros que conocen la historia relativamente reciente del país asiático, desde la II Guerra Mundial hasta finales de los ochentas, y relacionan al país con guerra, muertos, catástrofes y la bomba atómica. Piensan en un país que tras tal devastación se levantó para ser pionero en la tecnología innovando a pasos gigantes la forma de comunicarnos y percibir la realidad. Quizá recuerden las historias de suicidios de adolescentes que no obteniendo calificaciones suficientes recurrieron al dramático final. Tal vez se piense en caricaturas (anime) o videojuegos que fueron solaz y diversión en la infancia; o en la caza indiscriminada de delfines y ballenas.

No obstante hay un Japón moderno que ha destacado por lo absurdo y ridículo. Programas de concursos donde se humilla y tortura a los participantes, supuestas “bromas” que suelen ser bastante excéntricas y elaboradas, pero donde nadie se preocupa por la salud de las víctimas. Películas extrañas, tendencias sociales y modas peculiares, en fin un mundo que parece bastante distante de aquel mundo donde habitaban los samuráis. Siendo la causa, por lo general, una insana envidia por lo occidental, que les parece de mayor valor que lo propio, y que a su vez los impulsa a copiar de manera grotesca y exagerada todo lo que haga un europeo o norteamericano promedio, incluyendo las nuevas manías y modas impuestas por los medios de comunicación judíos destinados a embrutecer nuestra cultura.

Sin duda la globalización y el recorte de distancias han desembocado en la pérdida de una identidad absolutamente propia (pues todos hemos sido viciados por alguna otra cultura a parte de la autóctona). Mencionar el honor japonés es similar a mencionar el honor del caballero medieval, es decir, puro romanticismo.

Hoy la habilidad para el engaño o el saber cambiar de bando o principios en el momento justo son cualidades que, aunque antes fueron vilipendiadas, ahora son claves para el éxito laboral, económico y social. La sociedad europea del siglo XXI ha caído en un espiral de depresión y escapismo (alcoholismo, drogadicción, sexopatías) precisamente por verse forzada a encajar en estos “nuevos” valores de competencia desmedida y deificación de lo meramente monetario, los cuales son incompatibles con su larga tradición de empatía fundamentalmente cristiana pero en general propia a la raza blanca.

Vivir en Japón puede resultar insoportable para un occidental, como lo relata Amélie Nothomb, a modo de comedia, en su libro “Estupor y Temblores” donde retrata un mundo en el que los trabajos absurdos, las órdenes dementes, las tareas repetitivas, y las humillaciones grotescas, son el pan de cada día.

Pero esta actitud insensible y despótica de las culturas orientales no es algo nuevo, y parte de la visión del hombre como objeto que tienen las razas mongoloides, visión que fue heredada a los mestizos que llevan algo de su sangre como son los semitas (judíos y moros) o sus más lejanos descendientes, los indígenas americanos. Los cuales, a diferencia del hombre blanco, y con mayor similitud al negro, se inclinan al vicio no por escapar de un vacío existencial, sino por mero placer hedonista y temporal.

Ya lo decía Antonio F. Alonso, al indicar en el Primer Congreso Mexicano del Niño en 1921, que: “La raza amarilla cuyos representantes esenciales los constituyen los japoneses y los chinos, se caracteriza por sus grandes aptitudes de imitación. El progreso esencial del Japón se ha basado en su asimilación a la civilización europea. Admiramos las grandes virtudes colectivas de ese pueblo pero de la raza amarilla jamás ha surgido un Newton, un Pascal, un Lavoisier”. El oriental, pues, envidia al occidental, pero al imitarlo lo hace de manera insensible e inhumana.

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