Fuente: Religion en Libertad (1) / Religion en Libertad (2) / Religion en Libertad (3)

Empecemos por el principio, porque la respuesta más o menos completa puede ir para largo. Las llamadas Constituciones de Anderson, la primera regulación de la Orden, “contienen la Historia, las Obligaciones, Reglamentos & c. de esta muy antigua y muy Venerable Fraternidad”. En el largo apartado histórico el autor intenta demostrar el origen antiquísimo del oficio masónico (entendido como un precedente de la masonería “filosófica” moderna), tan antiguo que lo remonta al padre Adán. Data el texto en el “Año de la Masonería” 5723, o sea, los 4000 años atrás desde que Dios creó al hombre hasta Jesucristo, más los 1723 años del “Año de Gracia” (de la era cristiana) en que se publicó dicho reglamento.

“Adán, nuestro primer padre, creado a imagen de Dios, el Gran Arquitecto del Universo, tuvo que poseer las Ciencias liberales, y especialmente la Geometría […] que enseñó a sus hijos”. Imaginen la ciencia infusa que tenía el primer hombre bíblico. “Noé -sigue- y sus tres hijos, Jafet, Sem y Cam (fueron) todos ellos auténticos masones…” “Abraham -dice más adelante-, unos 268 años después de la confusión de Babel, fue llamado en Ur de Caldea, donde había aprendido Geometría y aquellas Artes que funcionan mediante ella, lo cual transmitió cuidadosamente a Ismael, a Isaac y a los hijos nacidos de Ketura; y por medio de Isaac a Esaú y Jacob y a los doce Patriarcas”. De modo que no eran pastores nómadas según creíamos de acuerdo con la Biblia, sino geómetras, o, en el mejor de los casos, pastores y geómetras.

“Moisés -continúa narrando el autor de las Constituciones- se convirtió en el Maestro General Masón así como en rey de Israel porque era simultáneamente hábil en todos los conocimientos egipcios y divinamente inspirado por su repentino conocimiento de la Masonería. […] Los israelitas, a su salida de Egipto, eran un completo Reino de masones bien instruidos, bajo la dirección de su Gran Maestro Moisés que les orientó frecuentemente en una Logia regular y General, mientras estaban en el desierto, y les otorgó sabias Obligaciones, Reglamentos, etcétera”.

Para construir el Primer Templo -siempre según Anderson- “Salomón dependió ampliamente de Hiram, el rey de Tiro, que le envió a sus masones (constructores) y carpinteros. […] Pero sobre todo le envió a su homónimo Hiram, el Masón más perfecto de la Tierra”. “El sabio rey Salomón fue Gran Maestre de la Logia de Jerusalén y el ilustrado rey Hiram fue gran maestre de la logia de Tiro”. “El glorioso Augusto llegó a ser el Gran Maestre de la Logia de Roma”.

Una de las fábulas más socorridas de los masones es la de Hiram Abif, el supuesto arquitecto del Templo de Salomón o Primer Templo de Jerusalén. Según Xavier Casinos, autor afecto a la orden (Quién es quién masónico, Ediciones Martínez Roca, Madrid, 2003, pág. 12) “La Biblia narra que Hiram, hijo de una viuda de la tribu de Neftalí, fue asesinado por tres de sus discípulos, celosos de su saber, y con él murió el secreto del templo. Salomón mandó a tres masones en busca del cadáver para desenterrarlo y recuperar el secreto. La leyenda de Hiram y el templo de Salomón ha inspirado la estética y parte del ritual de la masonería. […] Además, los masones se autodenominan hijos de la viuda, en referencia al arquitecto de Salomón”.

No sé en qué Biblia ha leído Casinos el relato anterior, pero desde luego no en la versión aprobada por la Conferencia Episcopal Española (edición de La Casa de la Biblia) porque semejante fábula no aparece en ella por ningún lado. Lo que dice la Biblia canónica (1R 7, 13-14) es que “Salomón mandó traer a Jiram de Tiro, hijo de una viuda de la tribu de Neftalí y de padre tirio; era un experto broncista, dotado de sabiduría, inteligencia y pericia para toda clase de trabajos en bronce”. Así resulta que Hiram, el “Masón más perfecto de la Tierra”, no era arquitecto, ni constructor, ni siquiera peón de albañil, sino “experto broncista”, fundidor en “moldes de arcilla en la región del Jordán, entre Sucor y Sartán”, cuya especialidad tiene poco que ver con la albañilería propiamente dicha. Tampoco hay dato alguno bíblico que haga referencia a su asesinato ni a la tumba sobre la que se planto una rama de acacia que arraigó -otro de los grandes símbolos masónicos, el de la acacia-, ni que Salomón mandase a nadie a recuperar su cadáver.

Pero aquí no acaba la cosa. Xavier Casinos dice a continuación: “La leyenda sobre el templo de Salomón condujo a las cruzadas y a los caballeros templarios. Muy pronto surgieron teorías sobre el origen templario de la masonería”. Ya tenemos a los misteriosos y achicharrados monjes-soldados de la orden militar del Templo de Jerusalén metidos en el baile, contagiados de gnosis, que, naturalmente, transmitieron a la masonería.

La gnosis es el conocimiento profundo de las cosas divinas, que al parecer sólo está al alcance de los iniciados. El texto gnóstico más difundido es la doctrina expresada en los libros de Hermes, o pseudo Hermes Trismegisto. Hermes es el dios griego (los romanos lo llamaron Mercurio), del comercio, del fraude, de la palabra y la elocuencia, inventor de la escritura, matemáticas, astronomía, pesas y medidas, patrono de los ladrones, de los caminos y caminantes (Manuel Guerra, Diccionario Enciclopédico de las Sectas, cuarta edición, BAC, Madrid, pag. 361). Hermes Trismegisto, por su parte, es el dios egipcio Tot, según lo llamaron los antiguos griegos. Significa tres veces grande, y, al decir de neoplatónicos y cristianos de los siglos III y IV, corresponde a un antiguo rey de Egipto del siglo XX antes de Cristo, inventor de todas las ciencias y a quien la tradición mitológica atribuye numerosísimos libros, entre ellos obras secretas de magia, astrología y alquimia.

Pero, dejando de lado todas estas alucinaciones esotéricas, hablar de la masonería “operativa”, esto es, de la albañilería o construcción, como precursora, con sus imaginados ritos y supuestos secretos, de la masonería “especulativa” o actual, según repiten todos los textos que se ocupan del tema, es una solemne tontería. Cierto que desde tiempos remotos, los constructores, igual que los miembros de otras profesiones, procuraron agruparse en asociaciones de carácter profesional que cambiaron de nombre a los largo de la historia, pero no de fines, que no eran los de proteger “secretos” del trabajo, sino protegerse contra intrusos, oportunistas, “profanos” y gobernantes depredadores que pudieran arruinar el negocio. Ahora, aquellos antiguos gremios, se llaman colegios profesionales y asociaciones patronales. Lo que en términos marxistas se llamaría lucha de clases.

Si los masones modernos, en lugar de copiar los instrumentos (la escuadra, el compás, el mandil de los canteros, etc.) y cierto lenguaje de los constructores, hubiesen imitado a los pintores, habrían encontrado más recursos para enmascarar sus opacos propósitos, porque no hay pintor de ninguna época que no haya tenido ni tenga, algún secretillo, algún truco para singularizar su pintura, para distinguirse en ese esfuerzo creativo ansioso de originalidad. En cambio, la arquitectura termina siendo un producto de grandes proporciones en el que intervienen múltiples operarios de diversas especialidades, cuyos secretos, supuesto que existan, serán siempre secretos a voces, expuestos finalmente en la plaza pública… Bien visto, los masones “especulativos” no anduvieron muy acertados a la hora de elegir oficio en el que poder esconderse o aparentar algo distinto de lo que son en realidad.

Sostener, como hacen la generalidad de los autores que se ocupan del Arte Real, que la crisis del artesanado, en particular de constructores y canteros, facilitó la invasión de hermanos “aceptados” (miembros honorarios e ilustres que apoyaban al gremio, pero no eran albañiles ni arquitectos) que acabaron suplantando a los anteriores, o sea, que terminaron alzándose con el santo y la limosna, es una tontería más de las muchas que oscurecen el nacimiento de esta congregación. Los talleres artesanales sólo empezaron a decaer cuando tomó impulso el mecanicismo o revolución industrial, iniciada en Inglaterra ya avanzado el siglo XVIII. En cambio, la masonería “especulativa”, que se tiene por heredera de la “operativa”, empezó a funcionar ya a comienzos de ese siglo, tiempo en el que el artesanado se hallaba todavía en pleno funcionamiento, y más que ningún otro gremio el constructor, precisamente en la capital inglesa, donde se fundaron las primera logias “filosóficas”. El pavoroso incendio de Londres en 1666 destruyó más de cuarenta mil casas y cerca de noventa templos, entre ellos la catedral de San Pablo, primada de la Iglesia anglicana. La reparación de tan enorme desastre exigió un esfuerzo constructor extraordinario que duró más de un siglo.

Autores varios vienen a decir que “el final del gótico y de las catedrales dejó sin trabajo a los tallistas” y obsoletas “las fórmulas y técnicas secretas de los francmasones” (José Antonio Vaca de Osma, La masonería y el poder, Planeta, Barcelona, 1991, p. 30). Ya he explicado que si hay un gremio que difícilmente puede ocultar ningún secreto profesional es el de los arquitectos y constructores. Además, el final del gótico no supuso en absoluto que dejaran de levantarse más y mayores catedrales, sino todo lo contrario: el Renacimiento trajo consigo un auge de nuevos edificios religiosos quizá no conocido hasta entonces. Como muestra tenemos el espléndido botón de la grandiosa basílica de San Pedro en Roma, el impresionante monasterio de San Lorenzo de El Escorial, o las innumerables iglesias de la Compañía de Jesús alzadas en medio mundo. Y en cuanto al trabajo de los tallistas (canteros y escultores), ahí está la espléndida escultura renacentista, que acunada en Florencia se extendió por todo el orbe católico. En fin, que dejarse enredar en las alegorías y fábulas masónicas propicia estos desatinos históricos incluso en autores serios, como el diplomático e historiador, Vaca de Osma.

En realidad, la masonería actual que tirios y troyanos, aún los contrarios, llaman “especulativa” o “filosófica”, nació en Londres a comienzos del siglo XVIII, y no tiene nada que ver con el trabajo de arquitectos y constructores, es decir, con la masonería “operativa”. A la masonería actual deberíamos llamarla con mayor propiedad masonería ideológica, y en sus inicios fue un fenómeno típicamente británico, imposible de entender sin tener en cuenta la convulsa historia de Gran Bretaña en los siglos XVI y XVII, los intereses de su política imperialista y el hervor empirista de la época.

Durante esos dos siglos, Gran Bretaña registró, además del cisma anglicano promovido por Enrique VIII Tudor en 1531 y hasta la llegada de la casa luterana de Hannover, convertida al anglicanismo (Jorge I, 1714-1727), cuatro dinastías: Tudor, Estuardo, Orange-Estuardo, otra vez Estuardo y, finalmente, Hannover, con una república (dominada por el puritano Cromwell) regicida y despótica en medio, originando feroces luchas entre partidarios de unos y otros.

Los enfrentamientos políticos se complicaron y endurecieron a causa del fraccionamiento religioso que sufrían las islas británicas: anglicanismo, episcopalismo escocés, presbiterianismo y sus derivados congregacionales y puritanos, los tres de raíz calvinista y los restos del catolicismo, incluidos los avasallados irlandeses y sus hermanos en la fe, que terminaron pagando los vidrios rotos. El triunfo de la coalición anglicano-calvinista (Revolución Gloriosa de 1688), que entronizó a Guillermo III de Orange o de Holanda (calvinista), con su esposa y prima María Estuardo (anglicana), hija de Jacobo II Estuardo (católico), no supuso el fin de las intrigas, conjuras y revueltas de unos y otros.

En este clima sumamente revuelto, nacieron las primeras logias (lodge en inglés, alojamiento) en las tabernas exclusivas de hombres, donde, con una pinta de cerveza en la mano, se discutía de todo lo divino y humano. Era una época de ebullición experimental, a cuyo empirismo no escapaba ninguna actividad o faceta humana, ni siquiera las más misteriosas y opacas. De estas últimas, continuadoras de las confabulaciones secretas de anglicanos y protestantes (a la gresca siempre con los estuardistas católicos), surgieron las logias masónicas de las tabernas de la Oca y el Grillo, de la Corona, del Manzano y de las Uvas. En la fiesta de San Juan de Verano de 1717 (San Juan Bautista, 24 de junio), los miembros de las cuatro logias se reunieron en la primera de ellas, sita en Saint-Paul’s Churhyarda, en el corazón de la city, junto a la catedral anglicana ya en avanzada fase de reconstrucción, y decidieron unirse bajo la denominación de Gran Logia de Londres, luego Gran Logia de Inglaterra y, por último, Gran Logia Unida de Inglaterra, al fusionarse en 1813 con la Antigua Gran Logia de Inglaterra.

En 1717, reinaba ya en las islas británicas, desde hacía tres años, el primer soberano de la casa de Hannover, gran protector, como sus sucesores, de la masonería, a la que dominaron y utilizaron a manera de caballo de Troya en campo enemigo al servicio ladino del expansionismo británico. La primigenia masonería ideológica estuvo siempre, no sólo al servicio de la Corona británica desde la entronización de la casa de Hannover con Jorge I en 1714, sino dominada por la aristocracia que rodeaba a los sucesivos reyes.

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