Fuente: Ignacio Ondargain / Imaginación al poder

Tolkien profesor de Oxford, fumador de pipa, católico devoto y amante de la naturaleza, forjo una mitología compleja donde resurgen las tradiciones e imperan valores como el honor y el coraje, valores perdidos por el occidente moderno. La magia, la jerarquía, la fuerza y la caballería eran imperantes en la Tierra Media, un mundo ajeno al mundo moderno cuyas prioridades se diluyen en la oscuridad de la industrialización y el racionalismo.

Los escritos de Tolkien reflejan todo un mundo heroico al que pobló de mitos y le entrego un lenguaje propio. Comenzó escribiendo “El Hobbit” como una historia para niños, pero pronto se dio cuenta de que había creado algo mucho más grande de lo que imaginó y que culminaría en su posterior obra “El Señor de los Anillos”, una epopeya épica de heroísmo, fe y sacrificio.

El Señor de los Anillos, novela dividida en tres partes, y publicada entre 1954 y 1955, narra la mítica lucha entre el bien y el mal. Esta obra, por la complejidad de su lenguaje, y por su narrativa vigorosa y heroica, está a la altura de las obras clásicas de la literatura universal.

Dentro de su obra Tolkien deja ver su pensamiento religioso y social opuesto a la podredumbre moderna. El catolicismo de Tolkien era un catolicismo medieval, aristocrático y tradicional, se oponía a la modernidad, a la pérdida de valores y a la destrucción de la naturaleza en pos del progreso material.

Las convicciones políticas y religiosas de Tolkien eran conservadoras, lo que hace de Tolkien una personalidad incomoda para muchos intelectuales asociados al sistema. Durante la guerra civil española Tolkien apoyó al general Francisco Franco en su lucha contra los rojos, puesto que ellos estaban destruyendo templos, asesinando sacerdotes, violando monjas y masacrando a la población civil. Esto refleja sus firmes creencias religiosas.

Lo que más amaba era fumar pipa en compañía de sus amigos, hablar de literatura inglesa y pasear en bicicleta por los campos de su amada Inglaterra. Aborrecía como se arrasaban los bosques para forjar carreteras y se oponía a conducir un automóvil. Le llenaban de repugnancia las fábricas y todo el progreso material que devastaba la naturaleza de su país.

Veía con horror como la ciencia estaba acercando al mundo a su destrucción, esto en vista de los nefastos casos de la bomba atómica. Expresó también la idea de que los mitos acercaban al hombre con lo divino en su poema “Mitopoeia”. En definitiva, el pensamiento de Tolkien se oponía al mundo moderno.

Quizás el aspecto más difícil de asimilar para los seguidores de la obra de John Ronald Reuel Tolkien es la insoslayable visión racista contenida en las páginas del maestro de Oxford. Es verdaderamente notable la concepción que tiene Tolkien de su propio mundo en clara oposición al mito evolucionista

Vemos cómo Tolkien insiste en que la mejor herencia genética se encuentra en una raza muy antigua, superior, hermosa sabia y totalmente pura. A estos primeros nacidos Tolkien los llama Elfos. De esta primera humanidad que habría llenado una espléndida y nunca jamás vista edad de oro, se decae con el paso del tiempo, y por culpa de las mezclas de sangre con razas menores, en un paulatino empobrecimiento del mundo en todos sus aspectos.

Tolkien plantea en su obra una edad primigenia del mundo, antes del sol y la luna, en donde se manifiesta todo el esplendor de la creación de la tierra de Arda. Los primeros seres creados, los hijos mayores del mundo, son los elfos: altos, de piel clara y ojos grises, de suaves cabellos oscuros o rubios. Son criaturas maravillosas, su sangre es absolutamente pura y están dotados de extraordinaria belleza, así como de atributos incomprensibles hoy para nosotros.

Es en la pureza de la sangre de los elfos es donde reside el vehículo que les permite comunicarse directamente con los valar, ministros del poder de su creador. En ocasiones, la perdida de esta virtud será la causa de su desgracia.

Después de la edad primigenia vendrán las otras edades, en donde les tocara el turno de aparecer a los hombres, criaturas menos grandiosas y menos dotadas que los elfos. Desgraciadamente también ellos caerán en el pecado racial al mezclarse con otros seres inferiores, lo que se hace sentir en la longevidad de sus existencias. A mayor mezcla racial, menor es su tiempo de vida.

Así tanto Tolkien como el racialismo coinciden en el fenómeno del “involucionismo” en el que se va de un más a un menos. El mito evolucionista por el contrario hace descender el origen del hombre a un animal “evolucionado” hasta llegar a la humanidad de nuestros días.

La obra de Tolkien es una renovada y profunda visión del mito eterno del descenso del hombre blanco. El autor del Señor de los Anillos nos vuelve a abrir los ojos a la visión de un mundo pretérito y majestuoso, cuando la tierra era joven y nuestros ancestros arios dominaban el orbe. La luz de aquellas eras nos llega a través de su poesía como el eco un glorioso y lejano pasado, y nos tiende un hilo hacia verdades profundas enterradas en nuestra memoria racial.

La historia del Señor de los Anillos nos cuenta cómo los pueblos de la Tierra Media se unen contra las hordas del mal y simultáneamente narra el viaje de un hobbit en medio del conflicto. El elegido para destruir el anillo es Frodo, quien para lograr su objetivo deberá llegar al lejano Monte del Destino, debiendo resistir en todo momento las tentaciones que la maldad le ofrece, poniendo a prueba toda su resistencia moral para no sucumbir.

A lo largo de la saga varios personajes son tentados por el anillo, algunos resistirán, otros caerán bajo su poder y esto los llevara a su ruina. El anillo viene a representar la usura de la finanza internacional, su poder maligno es tan fuerte que incluso tienta a seres poderosos como Gandalf o Galadriel. El anillo es en síntesis todo lo que Tolkien odiaba: opresión, maldad, avaricia, traición y esclavitud.

Entonces se podría decir que El Señor de los Anillos, visto desde una perspectiva sociopolítica, es la historia de los pueblos libres contra la banca y sus empresas. En la historia se oponen el bien contra el mal, la tradición contra la modernidad, la defensa de la naturaleza contra el progreso industrial.

Las fuerzas del bien son representadas por hombres, enanos y elfos, todos viviendo en sociedades feudales donde gobierna una jerarquía medieval de reyes y caballeros regidos por un estricto código de honor.

De todas las criaturas que pueblan la Tierra Media son los elfos los más elevados y los únicos que no pueden envejecer, siendo una especie de semidioses o ángeles. Conocidos como los primeros nacidos, son seres de gran belleza física y espiritual, amantes de las artes y poseedores de una enorme sabiduría.

Su contraparte, los orcos, son criaturas oscuras provenientes de Mordor, servidores de Sauron, el Señor Oscuro. Su lenguaje hosco y su fealdad tanto externa como interna los hace una parodia grotesca de los elfos. Según el Silmarillon, los orcos fueron una tribu élfica tentada y degenerada por Morgoth, el primer Señor Oscuro, convirtiéndose así en seres malignos y hostiles que sirven con temor y odio a su amo.

Los orcos vienen a ser un reflejo de la sociedad moderna, seres egoístas sin alma y sin sentimientos, afectos a la brutalidad y a la suciedad. Su amo Saurón busca el anillo para que la oscuridad domine sobre la Tierra Media. En pos de conquistas y poder la gente de Mordor destruye bosques y esclaviza ferozmente a los pueblos que se le oponen.

Para encontrar a los hobbits Sauron envia a los Nazgul, antiguos reyes esclavos del amo oscuro, lo que en términos actuales serían los gobernantes esclavos de la usura. También detrás del anillo esta el deforme Gollum, un hobbit degradado física y espiritualmente por el poder del anillo, símil del hombre degenerado por el poder del materialismo utilitario.

Se unirán los pueblos libres en la lucha por la libertad contra las hordas del mal. A esta lucha épica se le llamará la “guerra del anillo”. El orden, la belleza, la jerarquía, la bondad, la aristocracia y la caballería se enfrentarán a la decadencia, la oscuridad, el caos, la fealdad y la usura. Habrán muchas muertes, muchos pesares, pero los que queden con vida seguirán siempre fieles en la lucha.

No faltarán quienes digan que Tolkien jamás hablo de estas cosas, que en sus cartas jamás menciona el tema, o que negó todo tipo de alegorías o alusiones al respecto. Lo dicen y sólo es verdad en parte, pues ignoran que no pocas veces la obra supera al creador. Aquí es donde se debe aplicar la hermenéutica a fin de desentrañar lo que se intuye al leer entre líneas.

En el mundo de la Tierra Media los ejércitos del bien triunfaron, sin embargo, el mundo real está bajo el dominio de Mordor. Aun así, las historias de Tolkien han cautivado a generaciones, cada una de ellas más oprimida que la anterior por la asfixiante sociedad mecanizada. Esperemos que las jóvenes generaciones encuentren siempre en Tolkien un salvavidas en medio de este mar de podredumbre.

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