Fuente: Bitacora PI / Real academia / Historia del Nuevo Mundo

Según el Diccionario de la Real Academia Española el indigenismo se define como la “doctrina y partido que propugna reivindicaciones políticas, sociales y económicas para los indios y mestizos en las repúblicas iberoamericanas”, así como la “exaltación del tema indígena americano en la literatura y el arte”. Sin embargo poco se conoce sobre las falacias que dieron origen a esta tendencia que busca reivindicar el mito del buen salvaje, como si América hubiese sido un idílico paraíso destruido por los “perversos” colonizadores.

Se puede citar a Bartolomé de Las Casas como el precursor por excelencia de esta corriente, ya que sus argumentos, esgrimidos en su panfleto titulado “Brevísima relación de la destrucción de las Indias”, han sido repetidos infinidad de veces por defensores de los pueblos “originarios”, marxistas culturales, izquierdistas y racistas anti-blancos.

De Las Casas nació en Sevilla en 1474, hijo del rico Francisco Casaus, cuyo apellido delata orígenes judíos. Historiadores como Ramón Menéndez Pidal notan la personalidad compleja, obsesiva, vociferante, siempre dispuesta a señalar con el dedo, del padre Las Casas. William S. Maltby, profesor de Historia Sudamericana, publicó en 1971 un estudio sobre la leyenda negra anti-española. Maltby escribió, entre otras cosas, que “ningún historiador que se precie puede hoy tomar en serio las denuncias injustas y desatinadas de Las Casas” y concluye: “En resumidas cuentas, debemos decir que el amor de este religioso por la caridad fue al menos mayor que su respeto por la verdad”.

Ante este fraile que con sus acusaciones inició la difamación de la gigantesca epopeya española en el Nuevo Mundo, hubo quienes pensaron que tal vez sus orígenes judíos entraron en juego inconscientemente. Como si se tratara de un resurgir de la hostilidad ancestral contra el catolicismo, sobre todo el español, culpable de haber alejado a los judíos de la península Ibérica. Es muy posible que ni siquiera Las Casas haya podido sustraerse a un inconsciente que, a través de la obsesiva difamación de sus compatriotas españoles, incluidos sus hermanos religiosos católicos, respondía a una especie de venganza oculta.

El padre de Bartolomé, Francisco Casaus, acompañó a Colón en su segundo viaje al otro lado del Atlántico, se quedó en las Antillas y, confirmando las dotes de habilidad e iniciativa semíticas, creó una gran plantación donde se dedicó a esclavizar a los indios, práctica que, como hemos visto, había caracterizado el primer período de la Conquista y, al menos oficialmente, sólo ese período. Después de cursar estudios en la Universidad de Salamanca, el joven Bartolomé partió con destino a las Indias, donde se hizo cargo de la pingüe herencia paterna, y hasta los treinta y cinco años o más, empleó los mismos métodos brutales que denunciaría más tarde con tanto ahínco.

Gracias a una conversión superaría esta fase para convertirse en intransigente partidario de los indios y de sus derechos. Tras su insistencia, las autoridades de la madre patria atendieron sus consejos y aprobaron severas leyes de tutela de los indígenas, lo que más tarde iba a tener un perverso efecto: los propietarios españoles, necesitados de abundante mano de obra, dejaron de considerar conveniente el uso de las poblaciones autóctonas y comenzaron a prestar atención a los esclavos importados de África.

Se trata pues, de un efecto imprevisto y digamos que perverso de la encarnizada lucha emprendida por Las Casas que, si bien se batió noblemente por los indios, no hizo lo mismo por los negros a los que no dedicó una atención especial, cuando comenzaron a afluir, después de ser capturados en las costas africanas por los musulmanes y conducidos por mercaderes judíos.

Por otra parte, se reflexiona muy poco sobre el hecho de que este furibundo contestatario no sólo no fue neutralizado, sino que se hizo amigo íntimo del emperador Carlos V, y que éste le otorgó el título oficial de protector general de todos los indios. Fue invitado a presentar proyectos que, una vez discutidos y aprobados a pesar de las fuertes presiones en contra, se convirtieron en ley en las Américas españolas. Las denuncias de Bartolomé de Las Casas permitieron promulgar severas leyes en defensa de los indios y, más tarde, abolir la encomienda, es decir, la concesión temporal de tierras a los particulares, con lo que se causó graves daños a los colonos.

Ante quienes afirman que “el cristianismo fue peor” cabe recordar que, antes de la llegada de los europeos, los pueblos de América Central habían caído bajo el terrible dominio de los invasores aztecas, quienes dominaron con una religión oscura basada en sacrificios humanos masivos. Durante las ceremonias que todavía se celebraban cuando llegaron los conquistadores para derrotarlos, en las grandes pirámides que servían de altar se llegaron a sacrificar a los dioses aztecas hasta 80.000 jóvenes de una sola vez. Las guerras se producían por la necesidad de conseguir nuevas víctimas.

Se acusa a los españoles de haber provocado una ruina demográfica que, como vimos, se debió en gran parte al choque viral. En realidad, de no haberse producido su llegada, la población habría quedado reducida al mínimo como consecuencia de la hecatombe provocada por los dominadores entre los jóvenes de los pueblos sojuzgados. La intransigencia y a veces el furor de los primeros católicos desembarcados encuentran una fácil explicación ante esta oscura idolatría en cuyos templos se derramaba sangre humana.

Mientras que los jóvenes de ambos sexos eran sacrificados así por decenas de miles cada año, pues el principio establecía que la ofrenda de corazones humanos a los dioses debía ser ininterrumpida, los niños eran lanzados al abismo de Pantilán, las mujeres no vírgenes eran decapitadas, y los hombres adultos, desollados vivos y rematados con flechas. Algo menos sanguinarios eran los incas, los otros invasores que habían esclavizado a los indios del sur, a lo largo de la cordillera de los Andes. Los incas practicaban sacrificios humanos para alejar el peligro, la escasez, o las epidemias. Las víctimas, a veces niños, a veces hombres o vírgenes, eran estrangulados o degollados, en ocasiones se les arrancaba el corazón a la manera azteca.

Entre otras cosas, el régimen impuesto por los dominadores incas a los indios fue un claro precursor del “socialismo real” al estilo marxista. Obviamente, como todos los sistemas de este tipo, funcionaba tan mal que los oprimidos colaboraron con los pocos españoles que llegaron providencialmente para acabar con él. Igual que en la Europa oriental del siglo XX, en los Andes del siglo XVI estaba prohibida la propiedad privada, no existían el dinero ni el comercio, la iniciativa individual estaba prohibida, la vida privada se veía sometida a una dura reglamentación por parte del Estado. Y, a manera de toque ideológico moderno, adelantándose al Nacionalsocialismo, el matrimonio era permitido sólo si se seguían las leyes eugenésicas del Estado para evitar contaminaciones raciales.

A este terrible escenario social, es preciso añadir que en la América precolombina nadie conocía el uso de la rueda a no ser que fuera en fetiches religiosos, no se desarrollaron armas ni instrumentos de hierro, ni sabían utilizar el caballo que, al parecer, ya existía a la llegada de los españoles y vivía en algunas zonas en estado bravío. La falta de caballos significaba también la ausencia de mulas y asnos, de modo que si a ello se añade la falta de la rueda, en aquellas zonas montañosas todo el transporte, incluso el necesario para la construcción de los enormes palacios y templos de los dominadores, lo realizaban las hordas de esclavos.

La conquista y colonización de América por parte de los españoles habría sido imposible sin la ayuda de los nativos americanos, quienes realizaron numerosas alianzas con los conquistadores y colonizadores en sus luchas contra otras tribus, pero especialmente para liberarse de la inhumana esclavitud que imponían los grandes imperios precolombinos.

Aun así, vemos hoy que para justificar el permanente estado de atraso y caos tan común en los países de mayoría indígena, recurren los indigenistas al facilismo de culpar de todos sus males a los “perversos” conquistadores europeos, y en particular a los españoles, que llegaron a destruir el supuesto paraíso en la tierra que alguna vez fue el continente americano. Incluso muchos piden reparaciones exigiendo a España que devuelva el oro robado y que indemnice a los actuales países por dicho “delito”. Cuando en realidad se llevó a Europa solo una pequeña parte de todo lo que se extraía y el resto se quedó en América.

El oro, la plata y demás minerales considerados de gran valor por los europeos no tenían ningún valor económico para los nativos. Eran tan solo objetos de adorno por su belleza y facilidad para ser manipulados por lo que se utilizaban en algunos ritos religiosos. En América en aquellos años no existía la moneda, el comercio se realizaba mediante trueque y tan solo los mexicas llegaron a utilizar como moneda opcional granos de cacao.

Los únicos metales que se llevaban a España extraídos de las minas americanas eran los necesarios para liquidar los impuestos reales que las leyes castellanas imponían a la actividad económica general: el Quinto Real que se aplicaba sobre los beneficios de la empresa, es decir que se apartaba un 20% de las riquezas producidas por los colonos, el cual debía de ser enviado a la corona mediante recaudadores reales. El cobro de dichos impuestos se realizaba mediante barras de oro ya que eran más fáciles de transportar. Es decir que el 80% de las riquezas producidas se quedaban en América contribuyendo a su desarrollo y a la creación de una sociedad rica y avanzada.

Una de las más recurrentes acusaciones de los leyenderos es la de que la mayoría de españoles que llegaban al Nuevo Mundo para poblarlo eran delincuentes liberados de las prisiones castellanas con la condición de que se marchasen a los nuevos territorios para poblarlo y así vaciar las atestadas cárceles peninsulares. Evidentemente esta es otra de las grandes mentiras de la leyenda negra. Meter delincuentes entre la población no habría generado más que problemas. Además años después, con la creación de la Casa de Contratación de Sevilla cualquier persona que quisiese pasar a América tenía que inscribirse y ser aceptado, no podía cruzar el océano quien quisiese. Tenía que ser cristiano viejo y cumplir las exigencias reales como por ejemplo no tener antecedentes penales y observar una buena conducta.

En conclusión, el indigenismo, que es impuesto sin objeciones por la educación actual, no es más que un conglomerado de acusaciones basadas en un visceral odio y envidia contra la raza blanca. Lamentablemente muchos europeos sienten también un profundo odio contra sí mismos, y viven culpándose por crímenes que sus antepasados NUNCA cometieron. Debemos pues estar alerta ante las armas de la judería como son el marxismo cultural con su teoría crítica, que afirma que todo valor tradicional debe ser cuestionado, y la masonería que promueve las ideas iluministas de “libertad, igualdad y fraternidad” en detrimento de políticas que permitan incentivar al mejor.

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