Fuente: Delacole

La visión utópica de Borges como escritor ario ha sido desarrollada principalmente por autores criollos argentinos. Sin embargo, es evidente que, pese a la ascendencia europea del clásico escritor, sus ideologías pro-judaicas se ven reflejadas en títulos como “El aleph” o “El golem”.

No nos habla Borges de honor, valor, patria, sangre o suelo. Nos habla en cambio de enrevesados sueños freudianos, alucinaciones esquizofrénicas, magia cabalista y retórica talmúdica. Características propias de la psicopatología judía que tanto admiraba el autor.

La presencia de motivos hebreos en los textos de Borges es bien conocida por sus lectores. No sucede lo mismo en cuanto a sus vinculaciones personales y profesionales con instituciones de la comunidad judía e incluso con el Gobierno de Israel, de quien fuera invitado en 1969.

Comento a su regreso de dicho viaje: “Pasé diez días muy emocionantes en Tel Aviv y Jerusalem. Volví con la convicción de haber estado en la más antigua y en la más joven de las naciones, de haber venido de una tierra viva, alerta, a un rincón medio dormido del mundo”.

Durante la Guerra de los Seis Días, Borges tomó partido por Israel. El entusiasmo de Borges por la Israel guerrera lo llevó a escribir dos poemas, uno al calor de la batalla: “¿Quién me dirá si estás en el perdido / Laberinto de ríos seculares / De mi sangre, Israel? / Salve, Israel, que guardas la muralla / De Dios, en la pasión de tu batalla”.

Escribe otro, una semana más tarde, coronando la victoria israelí: “Un hombre condenado a ser el escarnio, la abominación, el judío, un hombre lapidado, incendiado y ahogado en cámaras letales, un hombre que se obstina en ser inmortal y que ahora ha vuelto a su batalla, a la violenta luz de la victoria, hermoso como un león al mediodía”.

En 1969, año en que es homenajeado por el gobierno de Israel, nos “regala” estos versos: “Serás un israelí, serás un soldado. Edificarás la patria con ciénagas; la levantarás con desiertos. Trabajará contigo tu hermano, cuya cara no has visto nunca. Una sola cosa te prometemos: tu puesto en la batalla”.

Borges cultivó grandes amistades con judíos. Su relación con Bernardo Ezequiel Koremblit hizo que acostumbrara trabajar durante casi dos años en la sede de la Sociedad Hebraica Argentina. Había culminado su ciclo como director de la Biblioteca Nacional, y el despacho de Koremblit lo aislaba convenientemente. Llegaba cerca de las tres de la tarde, a diario, para dictar, escuchar lecturas, preparar conferencias, artículos, libros, y se marchaba alrededor de las seis y media. Es conocida la implacable rutina de Borges en sus tareas.

En una ocasión en que el escritor no pudo asistir a una reunión a la que lo había invitado el Instituto de Intercambio Cultural y Científico Argentino Israelí, envió estas líneas afectuosas: “No me perdono mi inevitable ausencia. Quiero repetir que de algún modo estoy con ustedes, íntimamente, esencialmente. Sólo nos alejan las circunstancias, que son, según se sabe, ficciones. Un perdurable abrazo. Jorge Luis Borges”.

Durante mucho tiempo, Borges indagó en su genealogía la presencia de algún antepasado judío. Estaba convencido de que a través de la línea materna, la de los Acevedo, su sangre se encontraba con un pasado sefardita. Se amparaba en una referencia de Ramos Mejía, quien en “Rosas y su tiempo” demuestra que todos, o casi todos los apellidos principales de la ciudad, por aquel entonces, procedían de cepa hebreo-portuguesa, y enumera entre ellos el de los Acevedo.

Borges nunca dejó de subrayar la deuda que, según él, la literatura occidental tiene con la cultura hebrea. Reconocer esa deuda en su propia literatura, lejos de pesarle lo enorgullecía. Según José Luis Najenson, Borges no era judío ni cabalista, pero envidió ambas pesadas cargas con afán. La mística judía ejerció en él fascinación; prueba de ello es que estudió con detenimiento al sionista y cabalista Gershom Scholem, a quien llamó maestro.

Se jactaba de haber sido el primero y “muy imperfecto” traductor de la obra del anarquista sionista Martín Búber. También es conocida la relación de profundo respeto y admiración que Borges sentía por Rafael Cansinos Assens, marrano converso y ferviente defensor de la judería, a quien consideraba otro de sus maestros.

La Cábala constituye uno de los motivos centrales en la identificación de Borges con el judaísmo. Como si fuera el Aleph de la propia obra del escritor, este motivo irradia y justifica los otros, entre ellos, su admiración ante el culto hebreo por “el libro”. Leer un libro, hablar de un libro, recordar un libro, era para él una experiencia fabulosa.

Borges conjeturó una y otra vez que en su pasado había ancestros judíos. Esto puede entenderse como una rigurosa búsqueda histórica, a la que el mismo Borges alguna vez denominó “la policía de los pequeños detalles”. Por lo que, tal vez, necesitó postular que por sus venas corría sangre judía tanto por envidia como por admiración. Lo que sí es seguro es que la “tradición” judía necesitó arraigar en él para manifestarse en su vida y en su obra.

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