Fuente: Bitacora PI

Podemos afirmar que la palabra holocausto proviene del griego “holós” que significa todo o completamente y del término “kausis” que significa acción de quemar, de modo tal que el sentido etimológico primario de holocausto es la acción por la cual todo se quema. Así para los griegos un holocausto era un gran incendio que arrasaba con todo un bosque. Los antiguos israelitas cambiaron el sentido y lo limitaron a “un sacrificio RITUAL en el que se quema toda la víctima”.

Esto explica por qué las organizaciones judías (B´nai Brit, Consejo judío mundial, Gran Sanedrín, Rabinato de Israel, etc.) exigen la exclusividad del término para designar el supuesto genocidio contra los judíos y critican la aplicación de la misma palabra para otros grupos de víctimas como los gitanos, los católicos, los prisioneros de guerra, los opositores políticos, o por extensión los genocidios de Armenia, Ruanda, Biafra, Camboya o Darfur.

El holocausto vendría a justificar el grito de los sacerdotes judíos que pidieron a Pilatos la muerte de Cristo. Aquel odio a Cristo se proyecta hoy al cristianismo que es, en la interpretación judía clásica, el principal responsable del antisemitismo que condujo al holocausto. Es por ello que nunca serán, a sus ojos, suficientes los perdones a granel solicitados por los sucesivos papados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, siempre exigirán más, nunca estarán conformes, jamás satisfechos.

A propósito de las declaraciones de monseñor Williamson, el historiador valenciano Vicente Blanquer indica: “Las críticas contra monseñor Williamson olvidan que son los judíos los que irrumpen en el plano teológico al hablar de holocausto, y no lo hacen en forma inocente sino mesiánica, para dar a la segunda Guerra Mundial, el papel de momento concluyente de las profecías del canto del Siervo Sufriente de Yaveh y sostener que los judíos y no Jesucristo son el Cordero de Dios del que habla Isaías”.

Y es el capítulo 53 de Isaías uno de los más viscerales dentro de la polémica teológica entre judíos y cristianos. Allí en el canto IV se afirma: “Despreciado, rehecho de los hombres, varón de los dolores, maltratado y humillado como cordera que va al matadero por lo que no le hicimos ningún caso. Pero él mismo tomó sobre sí nuestras dolencias aunque nosotros lo reputamos como un leproso”. Los teólogos cristianos ven en este capítulo una referencia directa a Jesús el Cristo, esto es, el Mesías esperado, así como una premonición de su sacrificio y crucifixión, mientras que los teólogos judíos sostienen que estos sufrimientos pueden ser entendidos perfectamente como una referencia al holocausto.

Así el rabino Isajar Moshé Teijtel sostuvo que fue la reticencia de los judíos en aceptar el sionismo lo que los condujo a Auschwitz. Afirma que “Dios estaba dándole a Israel la gran oportunidad de recuperar su tierra ancestral para construir allí el hogar de los judíos perseguidos pero estos continuaron con su pecaminosa pasividad y les sobrevino por ello el castigo”. Vemos así claramente cómo la teología judía del holocausto termina por justificar la existencia del sionismo y consecuentemente del Estado de Israel.

Esta intención de querer igualar con el sacrificio de Jesucristo los supuestos sufrimientos del “pueblo de Israel” a manos del Nacionalsocialismo y entenderlo como un holocausto y no como un genocidio, es una actitud específicamente anticristiana. Con razón afirma el citado Blanquer que: “Con la teología del holocausto el pueblo judío se está forjando un nuevo becerro de oro. Se ha cansado de esperar y se ha escogido a sí mismo como ídolo. Lo cual pone de manifiesto que, lejos de ser custodios de la promesa, la han perdido, no porque alguien se las haya arrebatado, sino porque el pueblo judío ha renunciado consciente y voluntariamente a ella. Cayendo en el mismo pecado que el demonio en su pretensión de hacerse adorar. Y ese es el fondo de la cuestión”.

Es por ello que los grandes teólogos católicos en la época que los hubo, como Juan Maldonado, Sören Kierkegaard, Luís Billot, o Julio Meinvielle, no han dejado de remarcar siempre que el mesianismo hebreo es un mesianismo carnal, y que como tal siempre ha exigido de Dios muestras “palpables y evidentes”.

Parece ser que actualmente está ganado popularidad la palabra hebrea Shoáh, que significa catástrofe, y el Estado de Israel ha declarado el 12 de abril como su día. Incluso su presidente Shimon Peres, de visita en Turquía, sostuvo sin avergonzarse que el único genocidio es el del “pueblo judío”, dejando para otros incluso mayores en número, como el caso de los ucranianos, el carácter de asesinatos masivos.

A pesar de todo, muchos teólogos católicos han dejado de condenar el judaísmo, dejando también de invitar a sus adeptos a una sincera conversión. En este sentido, la actitud de la jerarquía de la Iglesia con relación a este tema es de una liviandad impresionante, para mal tanto de judíos como de cristianos. Es lamentable que no haya un solo teólogo significativo que levante su voz al respecto, ya que por el contrario la inmensa mayoría se somete y adopta las tesis judías sobre el sentido del holocausto como tesis católicas.

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