Fuente: Inmigración Masiva

La guerra étnica ha comenzado. Por lo bajo. Y, año tras año, se amplia. Por el instante, ha tomado la forma de una guerrilla urbana larvada: incendios de automóviles y comercios, agresiones repetidas a europeos, ataques al transporte público, emboscadas, saqueos y más. La delincuencia es también un medio de conquista de territorios y de expulsión de los europeos. No está motivada únicamente por razones de simple criminalidad económica.

A partir de los suburbios se crean enclaves o “zonas sin derecho” que se extienden como manchas de aceite. La delincuencia ha hecho emigrar a los blancos de clase media, acosados por las bandas étnicas. El fenómeno de parcelación encubre un proceso de colonización territorial, proceso que hace pedazos las utopías izquierdistas del “mestizaje étnico”. El mestizaje funciona de forma muy diferente entre las clases sociales. Entre las élites, que niegan las diferencias étnicas, no existe problema alguno en abandonar amplias zonas urbanas a las mayorías emigradas. En estos casos se habla de “fractura social”, cuando la realidad es que se agita una fractura racial y etno-cultural.

Los políticos invocan vagas causas económicas, cuando en realidad se agitan causas étnicas muy transparentes. Peor aún, culpabilizan a las clases populares, que se quejarían, por pura exageración, ante fantasmas, por evidente racismo. Pero son las poblaciones alógenas las que han conquistado, por la fuerza, sus espacios territoriales. Hablar de ghettos es presentar a los inmigrantes como víctimas, mientras que por el contrario son los actores voluntarios de sus espacios autónomos. La economía criminal, centrada en la droga y en la reventa de bienes robados, así como otros recursos legales o fraudulentos, hacen que estas poblaciones accedan a un nivel de vida confortable, a veces superior a los de un asalariado.

Una miríada de instituciones y asociaciones, durante años, han abogado por la instalación de emigrantes, por la apertura de fronteras y por la inexpulsabilidad de los clandestinos. ¿Por qué? ¿Están animados por un cierto etnomasoquismo? ¿Por xenofilia? ¿Por ingenuos adalides de la religión de los derechos humanos? ¿Por snobismo antirracista o políticamente correcto? ¿Por voluntad deliberada de mestizar? ¿Por odio a la “pureza étnica” europea? Sin duda, un poco de todo. En todo caso se constata un fatalismo de pulsiones autodestructivas hacia el pueblo propio.

En agosto de 1999, Yaguine y Fodé, dos colegiales guineanos, se introducían en el tren de aterrizaje de un airbús y fueron encontrados muertos por hipotermia. Entre las ropas de uno de ellos se descubrió una carta interesante, en ella pedían asilo por razones de guerra (no hay guerra en Guinea) y debido a la miseria de sus familias (las investigaciones demostraron que pertenecían a la clase alta de su país). Entre los creadores de opinión se dispararon las alarmas. Si habían muerto dos niños, habían muerto por nuestra culpa, por nuestra negativa a acoger sin discusión a todos los “pobres” del continente negro.

El 4 de agosto de 1998, una adolescente menor de edad fue violada y después abominablemente torturada por dos jóvenes africanos que se la encontraron por la calle preguntando una dirección. Después de los hechos, orinaron simbólicamente sobre su cuerpo martirizado. La chica murió a causa de la hemorragia provocada. La chica no era guineana, sino polaca. Se llamaba Ángela.

La mayoría de los inmigracionistas colaboradores y sus cabezas de fila proceden de la burguesía o pertenecen a las clases sociales perfectamente preservadas del contacto con las poblaciones alógenas, totalmente protegidos de la criminalidad en general. Su desprecio e ignorancia de las condiciones de vida y de cohabitación del pueblo europeo real es inconmensurable.

Esta nueva izquierda, convertida al capitalismo, defiende con garras un socialismo virtual y un inmigracionismo real. En este cocktail, es difícil adivinar la parte de imbecilidad, de altruismo alucinatorio, de snobismo antirracista, de etnomasoquismo y de (peor todavía) cálculo político. El sentimiento que domina entre los colaboradores es el mismo que atrapó a las élites declinantes romanas en el siglo III: la ruindad y la cobardía, y un egoísmo indiferente hacia su propio pueblo y hacia sus generaciones futuras. La historia retendrá que los europeos, y concretamente sus burguesías declinantes, fueron los primeros responsables de la colonización de Europa y de su submersión demográfica.

Presa de un repentino impulso de demagogia social, la alcaldía de París se embargó, durante los años ochenta, en construir bloques y barrios enteros, cómodos y a bajo precio, reservados, en nombre de una “discriminación positiva” que no se atreve a llamarse por su nombre, sólo para familias africanas y magrebíes, con el fin de “apaciguar las tensiones” y de “favorecer la integración” de estos “franceses de hecho”. Diez años después, podemos leer en la revista “Paris-Le Journal”, editada por el ayuntamiento, la siguiente noticia: “La delincuencia continúa en progreso”.

Tras la abolición del apartheid en África del Sur y la instauración del poder negro, la criminalidad negra ha subido a tales alturas que los blancos, los asiáticos, los zulúes y los xhosas se atrincheran a cal y canto en sus zonas respectivas. Los franceses, no soportan ya vivir en las zonas donde la concentración de afro-magrebíes es mayoría o es muy fuerte, por el hecho del comportamiento mismo de las poblaciones. Ningún voluntarismo estatal podrá hacer ya nada contra esta negativa a la integración, que ya no podrá ser más decretada ni financiada. Es la lógica de los ghettos de Los Angeles, donde ningún coreano aceptará la instalación de negros en sus zonas.

¿Por qué no reflexionamos sobre los hechos siguientes? Los polacos, los italianos, los portugueses, o los españoles, que inmigraron masivamente durante los años sesenta, jamás necesitaron de “políticas de inserción” para participar en la vida económica, para formar parte del tejido social, para escapar a la delincuencia. Con los africanos y los magrebíes, la misma asistencia social no puede ayudar a su inclusión. La ideología dominante no puede, evidentemente, admitir que la causa de esta inserción imposible no es ni social, ni económica, ni financiera, sino étnica. La distancia etnocultural entre estas poblaciones y los europeos es demasiado extensa para que sea posible una cohabitación.

Anuncios