Fuente: Francisco Oliveira y Silva

La homosexualidad es un trastorno sexual. Dejó de considerarse anormal cuando un grupo vandálico de gays, en 1971, atropelló la Asamblea científica de la APA (American Psichiatric Association) en los EE.UU., arrebatando el micrófono al psiquiatra que estaba dirigiendo la sesión, y obligándoles a todos esos científicos, bajo amenazas de destruir todos sus archivos obrantes en el local, a descartar la homosexualidad de la lista de trastornos sexuales.

Ante tan tremenda amenaza, los científicos cedieron. Pero la homosexualidad sigue siendo un trastorno. Muchos homosexuales se han vuelto heterosexuales gracias a algún adecuado tratamiento. Ninguna enfermedad deja de serlo bajo amenazas o por decreto. En los rostros de estas personas se traslucen expresiones que demuestran que no se encuentran mentalmente bien, sino que están padeciendo algún tipo de desequilibrio emocional y social. Lo mismo dígase de sus protestas de tipo obsceno y socialmente agresivo.

Se proponen promover entre nuestros niños esta su anormalidad, como lo más normal, sin revelar desde cuándo y cómo dejó de ser anormal. Es inmoral enseñar errores. Y en materia sexual es criminal. Por la fuerza de la presión política y del dinero otorgado a sus promotores, se está queriendo imponer al mundo la “cultura” homosexual. Nadie, minoría o mayoría, tiene el derecho de imponer su ideología valiéndose de mentiras.

Por eso es un disparate aquello de “el respeto a las minorías”. El respeto es un derecho de todo ser humano, no solo de las minorías homosexuales, como lo están promocionando los líderes del lobby gay. Para el marketing se presentan como “minorías oprimidas”, pero políticamente constituyen un potente lobby que no respeta los derechos ajenos ni los valores culturales, con tal de imponerse.

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