Fuente: The Heretical Press / Corazones.org

Contrariamente a lo que se pueda pensar, el comunismo y el capitalismo no son los opuestos que nos han hecho creer. Ambos son las dos caras de la misma moneda. Ambos promueven la idolatría del oro y el amor irracional al dinero en sí mismo. En ambos bandos se busca la satisfacción puramente física de las necesidades más vulgares y elementales.

Los dos sistemas parecen creer que solo poseer más dinero aportará la felicidad a los hombres. Olvidando las palabras de Jesucristo cuando dijo: “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas”. (Mateo 6:24).

Algún comunista lanzó el slogan y muchos mentecatos lo repiten: “Jesucristo fue el primer comunista”. ¿Acaso no estaba en contra de los ricos y hartos? ¿Acaso no alababa a los pobres y necesitados? ¿Acaso no se rodeó de proletarios? ¿Acaso no se preocupó siempre de la suerte de la gente sencilla? ¿No vivió acaso con sus apóstoles en una comunidad puramente comunista?

Pero ¿enseñó Cristo también que toda religión es opio para el pueblo? ¿Que Dios es un invento de la burguesía para mantener en sus límites al proletariado? ¿Que lo único que importa es la vida terrenal, porque es la única que existe? ¿Que el ordenamiento paradisíaco del Estado deberá comenzar matando a los gobernantes actuales? ¿Que la moral es un invento de los capitalistas? ¿Acaso Jesucristo fue un precursor del materialismo?

Entonces. ¿Quién se halla detrás de estos movimientos culpables de la clara degeneración en nuestra escala de valores, colocando lo sano como enfermo y lo enfermo como sano? Pues como siempre, son los eternos enemigos y destructores de nuestra raza y de nuestra cultura. Quienes nos odian y nos han envidiado desde siempre por nuestra riqueza espiritual, por nuetras sanas costumbres y por nuestros elevados ideales de vida.

Analicemos un poco la historia del comunismo y el bolchevismo para dar una respuesta clara y científica a nuestras dudas. Ya el 4 de abril de 1919 el Jewish Chronicle informaba que “hay mucho en el hecho de que tantos judíos sean bolcheviques (…) los ideales del bolchevismo son acordes en tantos puntos con las más finas ideas del judaísmo”.

El comunismo fue creado por Karl Marx, cuyo abuelo fue un rabino de nombre Mordeccai. El primer apoyo que recibió Marx vino de manos del sionista Moses Hess, quien como fundador y editor del Rheinische Zeitung, proveyó a Marx de una importante plataforma para la difusión de sus ideas. Y fue el mismo Hess quien convirtió al magnate textil Friedrich Engels al comunismo, de modo que pudiese financiar la desempleada vida de Karl Marx.

Se podría decir que los bolcheviques perpetraron un golpe de estado judío cuando tomaron el control de Moscú y San Petersburgo en octubre de 1917, derrocando al temporal gobierno democrático que se había formado.

El más prominente comisario del bolchevismo fue el judío Trosky, cuyo verdadero nombre era Bronstein. Celebró su matrimonio en 1900 en una ceremonia dirigida por un rabino, y durante su exilio en Nueva York trabajó para el Novy Mir, un periódico yidish, es decir escrito en el particular idioma utilizado por los judíos de Europa central y oriental.

Los más variados reporteros y diplomáticos que estuvieron presentes durante la “revolución” han dado testimonio unánime de su naturaleza judía. La más detallada descripción de la influencia judía en el bolchevismo viene de Robert Wilton, el corresponsal ruso para The Times.

En 1920 Wilton publicó un libro en francés titulado Les Derniers Jours des Romanofs, donde presenta una lista completa de los miembros del gobierno soviético incluyendo sus orígenes étnicos, la cual fue luego borrada en su posterior traducción al inglés.

Tras la publicación de este monumental trabajo el autor del mismo fue relegado por sus colegas y murió en la pobreza el año de 1925. Su trabajo muestra claramente que de 130 funcionarios del nuevo gobierno bolchevique 89 eran completamente judíos. Casi el 70%. Cuando siendo optimistas y aceptando las cifras “oficiales” la cantidad de judíos en la Rusia de aquellos años no llegaba ni al 35%. Obviamente estaban excesivamente representados.

A pesar de que Lenin se describía a sí mismo como “ruso” en efecto era el producto de la mezcla de nacionalidades. Se dice que era parte germano, parte ruso, parte mongol y parte judío.

Lo más probable es que sus ancestros de origen alemán y ruso fuesen también criptojudíos. Esto debido a las estrictas leyes judías que proscriben el mestizaje. Varios estudiosos alegan que la esposa de Lenin, Nadezhda Krupskaya, era judía y que en su casa se hablaba yidish. Pero estos hechos debieron ser borrados y ocultados por el rechazo que provocaba la judería incluso durante la revolución.

En un reporte enviado en 1918 por William J. Oudendyk, cónsul holandés en San Petersburgo, al gobierno británico, se lee que “el bolchevismo es organizado y elaborado por judíos”. El reporte fue incluido en un panfleto publicado por el gobierno como una libreta de apuntes en abril de 1919.

El Capitán Montgomery Schuyler, agente operativo de los servicios de inteligencia norteamericanos en Rusia, informa en un reporte regular de 1919 que “el movimiento bolchevique es y ha sido desde sus inicios guiado y controlado por judíos rusos del tipo más grasiento”.

En los archivos nacionales de los Estados Unidos hay dos telegramas enviados por diplomáticos americanos en Rusia. Un primer telegrama enviado por el Consul Summers de Moscú el 2 de mayo de 1918 relata que “los judíos predominan en el gobierno soviético local, los sentimientos anti-judíos son crecientes entre la población”. En otro documento del 5 de julio el Cónsul Caldwell en Vladivostock escribe “cincuenta por ciento del gobierno soviético en cada pueblo esta conformado por judíos del peor tipo”.

En enero de 1924 Lenin muere por causas poco claras, se habló de un ataque al corazón, también de hemorragia cerebral y hasta de sífilis. Sus secuaces inmediatamente comenzaron a luchar entre ellos para ver quién sería el sucesor. Un sanguinario contendiente conocido como Joseph Stalin se hizo con el poder luego de eliminar a la competencia mediante la persecución y el asesinato. Sus contrincantes terminaron muertos o exiliados.

Se suele decir que Stalin no era judío e incluso se habló en algún momento de su antisemitismo, esto dado que sus oponentes en pugna por el control de Rusia eran en su mayoría judíos. Esto sirvió de propaganda para que la judería pudiese distanciarse de los crímenes cometidos por el régimen comunista cuando las masacres del bolchevismo se hicieron públicas.

Pero no hay nada más lejos de la realidad, así como sus oponentes, Joseph Stalin debió también ser descendiente de judíos que ocultaron su fe al público, mientras la seguían practicando en privado, para evitar ser mal vistos por la población que sentía una siempre creciente animadversión hacia los timos y charlatanerías de los hebreos.

Se sabe que Stalin tuvo tres esposas, todas ellas judías. La primera fue Ekaterina Svanidze, quien le dio un hijo. La segunda, con quien tuvo dos hijos más, se llamó Kadya Allevijah. Murió en extrañas circunstancias, muchos dicen que asesinada por Stalin por un infidelidad. La tercera, también judía, fue Rosa Kaganovich.

La señora Kaganovich era hermana de la principal cabeza de la industria soviética, el judío Lazar Kaganovich. De la unión entre Rosa Kaganovich y Joseph Stalin nació Svetlana Stalin, quien tras la muerte de su padre partió a los Estados Unidos, allí se casó con su primo judío Mihail Kaganovich. La hija de Stalin tuvo en total cuatro esposos, tres de los cuales fueron judíos.

Molotov, el vicepresidente y hombre de confianza de Stalin también estaba casado con una judía norteamericana, la hermana del exportador y empresario judío de Connecticut llamado Sam Karp. La medio-judía hija de Molotov se casó con uno de los hijos de Stalin, también mitad judío.

Luego de la muerte de Stalin sus sucesores mantuvieron la tradición. De un reporte de la B’nai B’rith se destaca que “para mostrar que Rusia trata bien a sus judíos, el primer ministro soviético Nikita Kruschev remarcó que (…) él y el presidente Klementi Voroshilov, y también la mitad de miembros del Praesidium tienen esposas judías”. La esposa de Kruschev era otra Kaganovich.

Gracias a un reporte en The Canadian Jewish News, del 13 de noviembre de 1964, se sabe que el líder soviético Leonid Brezhnev estuvo casado con una judía y que sus hijos fueron criados como judíos. Se destaca en el informe que hay un prominente número de judíos en el gobierno soviético, incluyendo al líder de la policía secreta conocida como KGB. En realidad todos los jefes de la policía secreta han sido judíos.

Es sabido que los bolcheviques fueron financiados por el dinero de los judíos de occidente. Pero ¿por qué una revolución popular que en teoría pretende derrocar al capitalismo recibiría el apoyo de los oligarcas financieros más poderosos? Pues porque la susodicha revolución no era nada popular, sino simplemente un medio para que la judería pudiese hacerse con el control de naciones soberanas, como ya lo habían hecho con la revolución inglesa de 1642 y la francesa de 1789.

En una celebración bolchevique en Nueva York del 23 de marzo de 1917 se leyó un telegrama del usurero judío Jacob Schiff lider del banco Kuhn, Loeb & Co donde manifestó su apoyo a la causa rusa por el derrocamiento del Zar Nicolás II. En 1949 su nieto John admitió que Schiff entregó veinte millones de dólares a la causa bolchevique.

El judío Olof Aschberg del Nya Banken de Suecia le entregó a Trosky el dinero para formar y equipar la primera unidad del ejército rojo. Posteriormente los bolcheviques recibieron ayuda económica de Armand Hammer, magnate judío del petróleo que mantuvo lazos con el gobierno soviético al mismo tiempo que apoyaba a diversos candidatos presidenciales en los Estados Unidos. Hammer murió en 1990 con 92 años de edad, tiempo de vida suficiente para ver el nacimiento y caída del comunismo bolchevique.

Muchos especuladores judíos lograron aprovecharse del negocio entre los Estados Unidos y la Unión Soviética gracias a los especiales beneficios que recibían los de su tribu en comparación con otros comerciantes más honestos. Se crearon situaciones artificiales de escases en uno u otro país reteniendo el flujo de recursos y aumentado los precios de los productos traídos del orto lado del planeta, para así llenar las arcas del avaricioso pueblo judío.

Y la historia se repite casi en todos los países que sufrieron bajo el yugo comunista. La masacre y el derramamiento de sangre de inocentes es el sello inconfundible de este tipo de regímenes. El uso del terror como arma de control sobre la población, para evitar sublevaciones como las que ellos mismos han provocado a lo largo de la historia, tiene su expresión más brutal en las teorías del judío Marx.

En 1919, instigada por el judío Bela Kun (Cohen), se inicia en Hungría una revolución comunista. Durante tres meses el país es puesto de cabeza en un estado sanguinario de constante terror. Nuevamente el gobierno estaba compuesto enteramente por judíos. Y fue esto lo que provocó su caída.

Los ciudadanos odiaban la dictadura judía, Kun fue derrocado y se exilió en la Unión Soviética, donde se hizo cargo de la policía secreta hasta que se perdió completamente su rastro. Luego de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, los judíos retornaron al poder en Hungría. Tres judíos rusos seguidores de Kun se instalaron en el gobierno a modo de triunvirato.

En Alemania los judíos también intentaron tomar el poder durante el caos que siguió a la Primera Guerra Mundial. Con fondos entregados por el embajador soviético la judía Rosa Luxemburgo intento tomar el gobierno pero fue apresada y ejecutada por sus opositores anti-comunistas.

Luego de la Segunda Guerra Mundial la judía Anna Pauker tomo el cargo de Ministra de Asuntos Exteriores de Rumania, lo que en realidad significaba que era el nexo más confiable y sólido de la Rusia estalinista con el país rumano.

Pauker era maestra de hebreo, y fue hija de una matarife judío de Bucarest, que daba muerte al ganado de la manera kosher, es decir torturando al animal de forma lenta y despiadada para que su carne sea “purificada” para ser ingerida por los bestiales judíos. Su padre y sus hermanos se fueron a vivir a Israel tras la creación de aquel estado sionista.

La marioneta del gobierno moscovita en Checoslovaquia a finales de la década de 1940 fue otro judío, Rudolph Slansky. En Polonia los judíos ocupaban también casi todos los cargos de poder del régimen comunista de postguerra.

Incluso Josip Broz Tito, más conocido como Mariscal Tito, quien era el único dictador no-judío tras la “cortina de hierro” luego de la Segunda Guerra Mundial, fue adoctrinado y asesorado constantemente por el judío religioso y practicante llamado Mosa Pijade. De acuerdo a John Gunther en su libro Behind the Iron Curtain “él (Pijade) era su mentor (…) cualquier estructura ideológica que Tito haya tenido la tomó de aquel astuto viejo”.

También en China los judíos ayudaron a Mao Zedong para concretar su revolución comunista. En lo más alto del departamento político de la Armada Roja en China se hallaban los judíos rusos Levitschev y Gamarnik. También destaca el judío americano Sidney Rittenberg, quien fue el primer norteamericano en volverse miembro del Partido Comunista Chino.

La ensangrentada mano roja de la judería internacional se hizo notar con horrorosa claridad en los gobiernos comunistas. La Primera Guerra Mundial fue provocada por el hebraísmo con el explícito objetivo de instalar gobiernos comunistas por toda Europa. Pero su intención de manipular a los obreros y campesinos fracasaron.

Los judíos talmudistas se vieron obligados a utilizar herramientas más sutiles de manipulación social por medio de la difusión de ideologías que socaban los valores fundadmentales de toda sociedad remplazándolos por el vicio y el amor al placer sin esfuerzo, conceptos muy judíos en sí mismos.

Hoy en día vemos cómo se ha trocado la revolución sangrienta del marxismo por una más silenciosa y sutil. Ya no se le enseña al obrero a luchar contra el patrón, hoy se le enseña al niño a revelarse contra sus padres, a la mujer contra su esposo y al devoto contra su religión.

Pero el objetivo judaico sique siendo el mismo. Basado en las enseñanzas de su libro sagrado, el Talmud, pretenden lograr el control total de la humanidad sea como sea, sin importar los medios, las muertes, el dolor, ni el sufrimiento que inevitablemente saben que van a provocar.

Lo único que les interesa a los judíos, y así se adoctrinan a sí mismos desde que nacen, es la creación de un gobierno mundial bajo su control. La formación de un poder que esté por encima de las razas, las culturas y las naciones, y que les permita aprovecharse de los demás.

El judaísmo no es solo una religión, y tampoco es una raza. El judaísmo es una verdadera amenaza para la paz y la seguridad mundial. El judaísmo es en realidad todo un contexto cultural que da forma a un estilo de vida particular que promueve su propia supremacía. Y es por ello que debe ser abolido.

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