Fuente: Taringa / El blog de Miguel Fernandez / Metapedia (Masacre de Katyn) / Metapedia (Bombardeo de Dresde) / Wikipedia (Operación Gomorra) / Wikipedia (Bombardeo de Tokio) / Wikipedia (Bombardeos sobre Hiroshima y Nagasaki)

La propaganda judío-sionista suele presentar a Adolf Hitler como el “villano” de la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, la historia nos muestra todo lo contrario. El líder alemán intentó por todos los medios evitar la guerra, pero fue forzado a entrar en ella debido a los maltratos, la discriminación, e incluso los asesinatos infligidos contra la gran cantidad de alemanes residentes en Polonia, que había formado parte del Imperio Alemán en los años previos a la Primera Guerra Mundial.

Hitler era un amante de la paz, nunca quiso la guerra con otros países y deseaba ante todo tener a Francia e Inglaterra como aliados, está documentado en sus discursos que veía a todos los europeos como hermanos raciales y su principal objetivo era librar al pueblo ruso de la esclavitud soviética y la tiranía comunista. Por esa misma razón envió a la Legión Cóndor hasta España para luchar contra los marxistas.

Durante la gran guerra los alemanes evitaron siempre y por todos los medios dañar a la población civil indefensa. Prueba de ello son sus ataques dirigidos exclusivamente a objetivos estratégicos intentando provocar la menor cantidad de bajas posibles, integridad moral que a la larga lo hizo perder la guerra contra la astucia de sus enemigos.

Para evitar por todos los medios que sean ajusticiados injustamente los enemigos internos de la patria (principalmente terroristas marxistas, banqueros y periodistas judíos, y políticos masones) fueron confinados en campos de trabajo para que su prisión se transforme en algo útil a la sociedad. Buscó que la gente que antes hubiese sido nociva para la cultura alemana se haga útil mediante sus labores, y a cambio les proporcionó alimento, bibliotecas, campos deportivos, piscinas, y salas de teatro y música con instrumentos y vestuarios apropiados.

Muy diferente fue la situación de los prisioneros civiles en manos de los aliados. En los Estados unidos se construyeron campos de concentración donde se recluyó principalmente tanto a japoneses como a descendientes de japoneses que ya poseían la nacionalidad estadounidense. Incluso se llegó a deportar una considerable cantidad de nipones desde distintos países que poseían algún tipo de pacto con los E.E.UU. A los prisioneros se les dejo a su suerte aunque con sus propios medios lograron construir escuelas, huertos y negocios.

Peor fue la situación en el Reino Unido. Se sabe que los británicos hicieron uso de cárceles secretas donde se torturaba a los prisioneros de guerra. A estas prisiones se les conocía con el nombre de “cajas” y estaban repartidas en diferentes ciudades, aunque la más conocida era la de Londres, por donde pasaron importantes mandos del régimen Nacionalsocialista.

La URSS nunca firmó el tratado de Ginebra de 1929 relativo al tratamiento de prisioneros de guerra, y es de sobra conocido el trato completamente inhumano que los rehenes recibieron por parte de los soviéticos. Es difícil dar una cifra de víctimas por esta causa, pero algunas fuentes apuntan a que pudieron ser varios millones de prisioneros muertos. Los posibles crímenes de la Unión Soviética merecerían un capítulo aparte, pero cabe destacar la matanza de Katyn, reconocida por las mismas autoridades soviéticas.

La masacre del bosque de Katyn fue la ejecución en masa de ciudadanos polacos (muchos de ellos oficiales del ejército, hechos prisioneros de guerra) llevada a cabo entre abril y mayo de 1940 poco después del inicio de la Segunda Guerra Mundial por parte de los soviéticos que habían invadido aquel estratégico país.

Se estima que las víctimas fueron al menos 21.768 ciudadanos polacos los cuales fueron asesinados tanto en el bosque de Katyn como en las prisiones de las ciudades de Kalinin, Járkov y otros lugares próximos. Del total de muertos, cerca de ocho mil eran militares prisioneros de guerra, otros seis mil eran policías y el resto se trataba de civiles integrantes de la intelectualidad polaca como profesores, artistas, investigadores e historiadores.

Completamente olvidadas han quedado las atrocidades cometidas contra grupos menores de víctimas. Aunque no por ello fueron menos brutales. Muchos son los casos en los que los soldados aliados de diferentes frentes, llevados por el alcohol y el frenesí, desataron su ira asesina contra todo lo que se cruzó por su camino. Lamentablemente pocos de estos hechos quedaron documentados aunque quienes lo vivieron y lo contaron en privado saben que fueron muchos más.

En 1944, tropas marroquíes francesas, comandadas por el general Alphonse Juin y que habían participado en la batalla de Montecassino, cometieron una ola de violaciones en masa entre la población civil italiana. Según algunas fuentes unos 7.000 civiles sufrieron estos abusos entre los que se encontraban también niños.

Tras la captura de la localidad siciliana de Biscari el 14 de julio de 1943, 74 italianos y 2 alemanes fueron fusilados por las tropas estadounidenses. El sargento Horace West fue acusado de matar a 36 prisioneros de guerra a su cargo. Fue declarado culpable, despojado de su rango y condenado a cadena perpetua. Poco después, era puesto en libertad como soldado raso.

El capitán John Compton fue encausado por el asesinato de los 40 prisioneros de guerra restantes. Fue absuelto, a pesar de que tanto el oficial investigador como el juez declararon que las acciones cometidas por el capitán eran ilegales. Ningún alto mando fue declarado culpable.

El 10 de febrero se recuerda en Italia a los aproximadamente 5.000 italianos arrojados a las foibe (simas) en muchos casos malheridos o todavía vivos, por los partisanos yugoslavos de Josip Broz “Tito” en las regiones de Trieste, Fiume y Dalmacia. En 1947 estas tres regiones serían entregadas por los Alíados a la Yugoslavia de Tito y 300.000 italianos tuvieron que exiliarse.

Las víctimas de esta matanza fueron los fascistas capturados por los partisanos comunistas. Unos eran fusilados. A otros los arrojaban vivos. Otros eran atados de dos en dos. Sólo uno recibía el tiro y eran lanzados al vacío juntos. Muchos de estos cadáveres siguen allí sin identificar y desenterrar.

La masacre de Dachau ocurrió el 29 de abril de 1945 al ser liberado por las tropas estadounidenses el campo de concentración situado en las cercanías de esta ciudad alemana. 75 soldados alemanes de las SS que se habían rendido y entregado las armas fueron ametrallados hasta morir.

La investigación del Ejército de los EE.UU. trajo como resultado consejos de guerra contra los implicados, incluidos el Comandante del Batallón, el Teniente Coronel Félix Sparks, mientras que el Coronel Howard Bücher, fue citado en el informe por abandono del deber al no facilitar atención médica a los heridos de las SS.

Pero estos baños de sangre, dolor y sufrimiento no son sino la punta del iceberg. Las mayores matanzas de civiles inocentes, indefensos y desarmados se realizaron frente a la mirada impasible de la humanidad entera. Los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki fueron ataques nucleares ordenados por Harry Truman, Presidente de los Estados Unidos, contra el Imperio de Japón.

Los ataques se efectuaron el 6 y el 9 de agosto de 1945, y pusieron el punto final a la Segunda Guerra Mundial. Después de seis meses de intenso bombardeo de otras 67 ciudades, el arma nuclear Little Boy fue soltada sobre Hiroshima el lunes 6 de agosto de 1945, seguida por la detonación de la bomba Fat Man el jueves 9 de agosto sobre Nagasaki. Hasta la fecha estos bombardeos constituyen los únicos ataques nucleares de la historia.

Se estima que hacia finales de 1945, las bombas habían matado a 140.000 personas en Hiroshima y 80.000 en Nagasaki, aunque sólo la mitad había fallecido los días de los bombardeos. Entre las víctimas, del 15 al 20% murieron por lesiones o enfermedades atribuidas al envenenamiento por radiación. Desde entonces, otras personas han fallecido de leucemia (231 casos observados) y distintos cánceres (334 observados) atribuidos a la exposición a la radiación liberada por las bombas. En ambas ciudades, la gran mayoría de las muertes fueron de civiles.

La noche del 9 al 10 de marzo de 1945 trescientos treinta y cuatro “B-29″ despegaron hacia Tokio y doscientos setenta y nueve de ellos consiguieron lanzar 1.700 toneladas de napalm sobre la ciudad, desatando un incendio de tal magnitud que en su epicentro se llegaron a alcanzar 980°C. El ataque destruyó 41 km2 (aproximadamente la cuarta parte de la ciudad) y se calcula que unas 100.000 personas murieron como consecuencia, un número mayor que las muertes inmediatas causadas por las bombas atómicas en Hiroshima o en Nagasaki.

Estos ataques continuaron en las semanas y meses siguientes; en abril, se realizaron al menos 5 incursiones sobre Tokio; en julio de 1945 se llegaron a lanzar 42.700 toneladas de napalm. Los últimos ataques aéreos sobre la ciudad se realizaron el 8 y el 10 de agosto, casi coincidiendo con los ataques atómicos. Al final de la guerra, algo más del 50% del territorio de la ciudad había sido destruido como consecuencia de los bombardeos.

“Operación Gomorra” es el nombre en clave de una serie de bombardeos sobre la ciudad alemana de Hamburgo llevados a cabo a partir de finales de julio de 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, por la Real Fuerza Aérea (RAF) británica y las Fuerza Aérea de los Estados Unidos (USAAF). En su momento fue la mayor campaña de bombardeos de la historia de la guerra aérea. Los ataques se realizaron por orden del mariscal de la RAF sir Arthur Harris, comandante en jefe de la división de bombarderos de la aviación británica.

La cantidad de víctimas de la Operación Gomorra aún no ha podido ser determinada con exactitud. Hasta el 30 de noviembre de 1943 se recuperaron 31.647 cadáveres, de los cuales 15.802 pudieron ser identificados. Los responsables de la defensa antiaérea de la ciudad cifraron entonces el número de fallecidos en 35.000. Historiadores modernos cuantifican el número de víctimas de la operación en 34.000 muertos y 125.000 heridos.

Los criminales bombardeos de Dresde también conocidos como la Masacre de Dresde, se llevaron a cabo hacia el final de la Segunda Guerra Mundial por parte de la RAF de Gran Bretaña y USAAF norteamericana. Cuatro ataques aéreos consecutivos se realizaron entre el 13 y el 15 de febrero de 1945, apenas doce semanas antes de la capitulación de Alemania. Por aquel entonces la ciudad estaba abarrotada de refugiados llegados desde el este. Se estima que hubo cientos de miles de muertos, aunque la cifra exacta es objeto de controversia.

Los cálculos sobre Dresde cuentan con la dificultad añadida de que la ciudad, que en 1939 tenía una población de 642.000 habitantes, estaba en el momento del bombardeo atestada con cerca de 200.000 refugiados y miles de soldados heridos. El británico David Irving calculó en 1963, en su libro “La destrucción de Dresde”, entre 135.000 y 250.000 víctimas.

El antiguo oficial alemán del alto mando de Dresde Eberhard Matthes afirmaba ya entrada la década de los 90 que el 30 de abril de 1945 tuvo lugar en su presencia una conversación telefónica con Adolf Hitler, a petición de este, en la que se informó al Führer de 3.500 cadáveres identificados, 50.000 identificables y 168.000 inidentificables.

Curiosamente, las principales zonas industriales de la periferia, que tenían una extensión enorme, no fueron bombardeadas. Y si, las zonas centrales repletas de civiles inocentes. En cualquier caso, como sostiene el historiador alemán Sönke Neitzel “las plantas industriales de Dresde ya no desempeñaban un papel significativo en la industria militar alemana en esta fase de la guerra”.

El ataque a Dresde ha entrado en la historia como el bombardeo más atroz que jamás haya sido llevado a cabo. Fue la horrenda magnitud de esta masacre lo que inhibió a los aliados de enjuiciar a los alemanes por haber organizado el “Blitz” sobre Inglaterra, el cual en nueve meses y tras un total de 127 bombardeos (71 sobre Londres y sus alrededores) sobre distintos blancos estratégicos dejó 40.000 muertos en 16 ciudades.

Los Nacionalsocialistas intentaron siempre evitar cualquier tipo de violencia innecesaria, pero también sabían defenderse con honor y valor. Hitler era vegetariano porque detestaba el maltrato a los animales. El propio Heinrich Himmler (jefe de los “sádicos” oficiales de las SS) casi vomita al ver un espectáculo de toros en España.

Para evitar confrontaciones innecesarias Alemania propuso que en las ciudades con población germana se realicen referéndums en los que sea el propio pueblo el que decida, por libre determinación, si deseaba o no pertenecer al Reich Alemán. Pero sus solicitudes nunca fueron escuchadas en los países controlados por los aliados.

Es por ello que el Führer decidió rescatar a los alemanes que eran vejados, segregados y perseguidos por parte de incitadores y autoridades influenciadas por la maquinaria talmúdica de propaganda y corrupción en Polonia. La verdad es que ellos provocaron la guerra porque detestaban y hasta hoy detestan al lider alemán y a su pueblo por haberse librado de la tiranía bancaria y de la usura judaica, pero principalmente por haber rescatado a la raza Aria europea de la degradación moral y espiritual promovida por los judíos y sus anti-valores enfermizos.

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