El dinero como objeto de intercambio en forma de papel moneda fue institucionalizado durante el siglo XIX, pero durante cuatro mil años existió un acuerdo tácito por el que los metales (oro, plata y cobre) servían como instrumento de cambio. En la actualidad, las monedas se basan en operaciones financieras practicamente inexplicables, en lugar de fundamentarse en el trabajo, en la riqueza, en los recursos naturales, en la tecnología, en las ideas y en el esfuerzo desplegado por un país y sus ciudadanos.

Las entidades bancarias representan un caso especial por la sistemática explotación que encarnan sus operaciones de usura o interés, donde el dinero no es tratado como medio de intercambio sino como una mercancía más que tiene también su precio en: ¡dinero! Los sistemas crediticios no dependen del número de billetes que decide imprimir una comunidad, ni de la cantidad de oro que un país atesore en las arcas de su banco central, sino de la cantidad de dinero que decide alquilar un banco, acto que eufemísticamente llaman “préstamo”.

Este mismo sistema es utilizado no solo con personas individuales sino también con naciones enteras. Gobiernos corruptos y sumisos de todo el mundo reciben dinero de bancos particulares con alcance internacional, y luego deben exigir impuestos a sus propios ciudadanos que serán quienes pagarán estos préstamos con su esfuerzo y sacrificio. Todo en beneficio de esos pocos acaparadores de riquezas que no mueven ni un dedo para conseguir innecesarios lujos y satisfacer estultos vicios.

Hoy en día ni siquiera es necesario tener billetes impresos, todo depende de cambiar las cifras en un ordenador y el dinero virtual ha sido creado mágicamente ¡de la nada! El deudor puede entonces utilizar una tarjeta para gastar el monto obtenido. Sin embargo el usuario final sí debe trabajar honestamente, muchas veces perdiendo gran parte de su vida, para devolver el monto “prestado” o de lo contario el banco se quedara con su auto, su casa y todas sus pertenencias.

Nadie verifica las arcas de los bancos, nadie fiscaliza a los especuladores, y sin embargo seguimos inmersos en este sistema por tantos años que lo vemos como algo natural e incuestionable. Mientras alguien controle la creación del dinero, ya sean las casas de la moneda o los propios bancos, el mismo se acumulará en unas pocas manos que decidirán a dónde debe ir y dónde debe quedarse.

En la antigüedad a mayor oro acumulado mayor era la riqueza de su dueño, ya que este metal podía ser intercambiado por comida, esclavos, tierras, y todo tipo de posesiones. Pero transportar el oro de un lugar a otro, en especial si era mucho, resultaba demasiado incomodo. El oro comenzó así a ser almacenado en distintos puntos por individuos que se dedicaron a custodiarlo tanto en los caminos por donde era transportado como en las bóvedas de sus destinos finales. Luego podría venir el usuario que había depositado sus riquezas en otro lugar y recogerlo con un papel firmado por los guardianes del oro. A estos papeles se les dio el nombre de cheques o billetes. Sólo se le cobraba al usuario por la custodia y el transporte.

Los abanderados de este antiguo sistema, a fines de la edad media, fueron los Caballeros Templarios. Lamentablemente a lo largo de doscientos años fueron infiltrados por criptojudíos que, viendo tanta riqueza acumulada, no dudaron en hacerse pasar por cristianos e ingresar a la orden. Es así que comienza a propagarse la idea judía de “prestar” dinero a cambio de que, cuando sea devuelto, se agregue al dinero alquilado una cantidad correspondiente al uso de dicho monto. Esto en términos cristianos es llamado USURA y es considerado pecado, pero para los judíos, amantes del lucro fácil y de la estafa, este método les resulta de lo más normal. El dinero que en el pasado fue solo un medio de cambio se convirtió así en una mercancía.

El oro tal vez haya sido elegido como método de intercambio por nuestros antepasados por su indudable valor estético e incluso mitológico y legendario. Pero objetivamente resulta impreciso e injusto para valorar el esfuerzo productivo de un país ya que siempre han existido prestamistas, ususreros, ladrones, criminales, traficantes y embaucadores que fácilmente han podido obtenerlo sin realizar una labor sana dentro de la sociedad.

Una alternativa más adecuada es la sustitución del patrón oro por el patrón trabajo, que se fundamenta principalmente en que el dinero, para servir como instrumento de intercambio (y no como mercancía), debe basarse en el trabajo REAL realizado por la persona, y no en un metal. Pero como era de esperarse el patrón oro es implacablemente defendido por la finanza internacional controlada por judíos, y tal es la presión de la banca por medio de sus esbirros periodistas y economistas especuladores, que pocos experimentos han intentado llevar el patrón trabajo a la práctica.

Durante el III Reich se logró sustituir el patrón oro y se pudo implementar el patrón trabajo. Lamentablemente esto llevó al mundo entero a una guerra fratricida que, al final, solo benefició al poder financiero tradicional. Con este nuevo paradigma económico la Alemania Nacionalsocialista logró cortar de raíz su dependencia de la banca hebrea y esto no fue del agrado de quienes estaban sentados en aquel “trono de oro” que ellos mismos se habían otorgado.

Un testigo y protagonista de excepción, Winston Churchill, llegó a afirmar que las dos verdaderas causas de la segunda guerra mundial habían sido, por un lado, el éxito del sistema alemán de trueque, y por otro, la determinación alemana de no aceptar préstamos financieros internacionales. Al acceder Hitler al poder derogó el patrón oro, adoptando en su lugar el patrón trabajo. Llevó a la práctica la teoría de Gottfried Feder, según la cual, la moneda era solo un papel de cambio, que nada valía por sí mismo, y solo representaba el VERDADERO VALOR que era la capacidad de producir del pueblo alemán.

Según cuenta Martin Bormann, en su libro sobre “Las Conversaciones Privadas de Hitler” el propio Führer comento que “Dar dinero es únicamente un problema de fabricación de papel. Toda la cuestión es saber si los trabajadores producen en la medida de la fabricación del papel. Si el trabajo no aumenta y por lo tanto la producción queda al mismo nivel, el aumento de dinero no les permitirá comprar más cosas que las que compraban antes con menos dinero”.

Martin Bormann se convirtió en el secretario personal de Hitler luego de que su antiguo jefe y anterior secretario del Führer, Rudolf Hess, fuese capturado en Inglaterra por haber intentado la misión secreta que le fue encargada en Alemania de lograr un acuerdo de paz con aquel país. Bormann realizó una serie de apuntes sobre las parcas pero concisas opiniones que Hitler vertía en sus cotidianas conversaciones con invitados de diversa índole y es uno de los pocos documentos fiables que existen sobre Hitler a parte de “Mi lucha”, escrito por el propio líder del pueblo alemán.

En resumen, se podría decir que, ni el patrón oro ni sus derivados modernos representan de manera justa y objetiva la verdadera riqueza de los pueblos, es decir: el trabajo de sus ciudadanos. En el pasado el oro podía ser robado y luego alquilado (“prestado” con un sobrecosto usurero llamado interés) sin haber generado ninguna producción real, ya sea agrícola o industrial; hoy el dinero virtual puede ser creado de la nada con un simple cambio de números digitados sobre un teclado y bajo la misma excusa del “préstamo” bancario.

El nuevo mecanismo destinado a eliminar tales injusticias era sumamente sencillo. Sin importar si había oro en las arcas de los bancos, lo que sería el equivalente a decir hoy en día que las cifras del dinero imaginario están en positivo, y sin tener en cuenta que la gente pague o no sus deudas bancarias a los traficantes judíos, lo indispensable era que el trabajo genere productos reales y tangibles, y que dichos productos sean consumidos.

De este modo un granjero podía obtener una radio, un televisor o un auto a cambio de leche, queso y salchichas. Y para representar dicha producción, sin tener que estar llevando sus productos de un lugar a otro, se imprimían billetes que indicaban la cantidad de trabajo realizado (patrón trabajo) y no la cantidad de oro o de dinero ficticio acumulado (patrón oro).

Así, lo importante fue construir una industria productiva y la emisión del dinero se transformó en una simple fabricación de billetes. El verdadero respaldo era la producción de dicha industria. Es por ello que, para evitar las especulaciones y los malos manejos de entidades privadas, que no serían fácilmente fiscalizadas, el estado se convirtió en el único con potestad para emitir moneda. Además el comercio con países extranjeros (importaciones y exportaciones) se realizaba mediante el intercambio de productos (trueque) para evitar depender de monedas extranjeras y de la banca internacional.

Para lograr el restablecimiento de Alemania, postrada después de la primera guerra, fue necesaria una dura lucha contra la usura, la especulación, el sistema bancario ligado al interés del dinero y la producción ficticia de bienes sin mediar trabajo ni creación alguna. Es por ello que las sucursales alemanas, francesas y austriacas de la Casa de Rothschild fueron extirpadas y disueltas con eficacia por Hitler, y el Baron Louis Rothschild fue detenido por su relación con el Banco de Viena. Por la misma razón muchos banqueros judíos y especuladores fueron enviados a campos de trabajo conocidos también como campos de concentración.

Los logros de este novedoso sistema financiero fueron evidentes. El Nacionalsocialismo en cinco años sacó a Alemania de la peor crisis económica de su historia colocándola entre las primeras naciones, dando trabajo a más de 6.000.000 de desocupados, y beneficiando y alimentando al resto de la población. Este éxito tras alejarse de la banca internacional estaba sirviendo de ejemplo para que otras naciones le siguieran los pasos al régimen alemán, razón por la cual los poderes financieros aunaron esfuerzos para derrocar a Hitler.

Es así que la mafia judía mediante sus gobiernos títeres provocó incidentes de abuso, discriminación e incluso asesinatos contra los alemanes de Polonia, lo que inmediatamente impulsó al gobierno del III Reich a rescatar a sus compatriotas en el país vecino. Esto condujo a que los países aliados, con la excusa de una supuesta invasión a Polonia, le declarasen la guerra a Alemania, iniciando así la trágica carnicería llamada Segunda Guerra Mundial.

Fuentes: La Gazeta Federal / El Manifiesto / Qué nos ocultan

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