Fuente: Palestina Libre / Metapedia (Conferencia de Wannsee) / Metapedia (Plan Madagascar) / Metapedia (Conferencia de Evian) / Wikipedia (Declaración Balfour) / Wikipedia (Acuerdo Haavara) / Wikipedia (Philippe Pétain) / Qué nos ocultan

Los judíos nunca han estado unidos. Lo único que los mantiene juntos son sus extrañas creencias y cábalas. Pero, se debe tener en cuenta además, y ante todo, su constante complejo de inferioridad, común a todos los pueblos mestizos (los judíos son el producto de una mezcla racial bastante complicada). Dicho complejo de inferioridad los hace ver al hombre blanco con envidia y al saber que jamás podrán ser como él maquinan constantemente para destruirlo. Similar fenómeno se observa entre los indios sudamericanos que detestan todo lo que sea de origen español sin discriminar si en realidad la cultura europea aportó algo o nada a su oscura civilización.

Prueba de las distenciones internas del judaísmo es el llamado sionismo. El mismo Hitler hacía notar en su célebre libro “Mi lucha” que si bien el judío es siempre farsante, hipócrita, embustero y mendaz, sin embargo, no siempre se pone de acuerdo con los suyos sobre la mejor forma de engañar al “goim” blanco. Es por ello que resalta que el sionismo, aunque provoque rechazo en algunos miembros de la tribu, porque los expone innecesariamente a las miradas inquisitivas de sus víctimas, es aceptado e incluso promovido por otros porque ven en él una nueva vía y una forma diferente de lograr sus infames objetivos.

Y ¿cuáles son esos objetivos? Pues lograr la dominación del hombre blanco y a sus expensas la dominación total de la humanidad entera. Pero para los sionistas esto pasa por el paso previo de lograr un espacio geográfico PROPIO que les permita moverse con autonomía como NACIÓN INDEPENDIENTE con sus propias leyes y normas, las cuales obviamente servirán para escudar, proteger y excusar a los suyos frente a quienes pretendan enjuiciarlos y condenarlos por sus consabidos embustes, estafas y crímenes en otros países.

Pero ¿cuál fue la razón de elegir un estado en el medio oriente? ¿Por qué tomar palestina y no Madagascar como ofrecieron los alemanes o Birobidján en Rusia? Pocos saben que el gobierno soviético en manos del judío-mongol conocido como Lenin les entregó a los israelitas, para su uso exclusivo, un área autónoma cerca a la frontera con China que es casi tan grande como Suiza, cuya capital es hasta la actualidad la ciudad de Birobidján. Pero como ya lo dijo George Lincoln Rockwell, más que motivos ritualistas y supersticiosos, que sí los había en cierta medida, el principal objetivo era obtener un enclave en medio de la encrucijada geográfica más importante entre Asia, África y Europa.

Mucho se dice y poco se prueba sobre la influencia del sionismo en Adolf Hitler y el Tercer Reich. Según las propias palabras del líder alemán en su autobiográfico libro conocido como “Mi Lucha”, el sionismo no es más que otra de las patrañas de la judería internacional. Y si bien es cierto que en un principio el gobierno Nacionalsocialista alentó la emigración de judíos alemanes hacia Palestina, jamás y de ninguna manera se pretendió que los judíos creasen su propia nación independiente y soberana, ya que sería como darle al pueblo hebreo la llave de su impunidad.

Consciente de este anhelo hebreo por territorio palestino, y víctima de un ingenuo optimismo, el Nacionalsocialismo alemán firma con un grupo de organizaciones sionistas el Acuerdo Haavara o Acuerdo de Transferencia en agosto 1933. Se crea así la “Trust and Transfer Office Haavara Ltd.” Una empresa encargada de llevar judíos a Palestina, retener su dinero en Alemania, y devolverlo en calidad de mercancías importadas desde Europa hasta Asia para que los judíos “transferidos” puedan venderlas y así recuperar su capital. Durante ocho años, entre 1933 y 1941, unos 60.000 judíos alemanes emigraron a Palestina a través del Acuerdo Haavara y otros acuerdos similares. Dichos acuerdos no fueron tan efectivos. Solo el 10% de la población judía de Alemania se animó a salir de Europa mediante este sistema, constituyendo tan solo el 15% de la escasa población judía en Palestina para el año de 1939.

Es por ello que en plena guerra, durante junio de 1940, la SS comenzó a trabajar en el Plan Madagascar. La investigación pervia estuvo a cargo de Franz Rademacher y su implementación estuvo en manos de Adolf Eichmann. El objetivo era llevar a todos los judíos del orbe, y no solo a los alemanes, hasta la isla africana de Madagascar, que por entonces era colonia de Francia. Se les entregaría una compensación monetaria a los pocos habitantes franceses de la isla para que dejen sus tierras y en su lugar se llevaría a judíos de todo el mundo para que trabajasen exclusivamente en el campo agropecuario. La región no tendría independencia ni autonomía sino que sería controlada por el Reich Alemán, aunque sus residentes podrían gobernarse a sí mismos en asuntos domésticos.

Lamentablemente, el presidente francés Philippe Pétain, que en muchos aspectos se había mostrado como gran colaborador de Adolf Hitler, se negó al pedido Alemán de crear aquella bucólica colonia judía en Madagascar, quien sabe si amenazado por el sionismo judaico que tanto detesta el trabajo real realizado con las propias manos, como es la agricultura. Cuando la Alemania Nacionalsocialista ocupó Francia durante el denominado régimen de Vichy, Pétain continuó como encargado del gobierno Francés. Pero en 1944, cuando los aliados invaden Francia, Pétain es derrocado y suplantado por el títere sionista Charles de Gaulle. Terminada la guerra Pétain es hecho prisionero y condenado a una lenta muerte en cautiverio. Expirando con él toda posibilidad de solución final para el traslado de los judíos.

Debido al deseo alemán de librarse de los judíos y expulsarlos definitivamente de sus territorios se comenzó a hablar de la llamada “solución final”, la cual ha sido tergiversada por la propaganda judaizante como si se tratase del exterminio sistemático de judíos por parte del gobierno alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Nada más lejos de la realidad. La solución inmediata o inicial para el problema de los judíos viviendo en Alemania sería expulsarlos de Europa occidental hacia el este. La solución final no era otra cosa que botarlos completamente fuera de todo el territorio europeo, ya sea este oriental u occidental. Para prueba de lo que acabo de mencionar basta leer los documentos de la Conferencia de Wannsee celebrada en Berlín el 20 de enero de 1942. Estos documentos son cínicamente usados por la judería haciéndonos creer que el vocablo “evacuación” es una palara en clave para decir “exterminio”, sin aportar nunca una explicación clara que les impulse a realizar tan difamatoria suposición.

¡Y vaya que causaban problemas los judíos! Con sus constantes patrañas y embustes, y su incontenible afán por degenerar y degradar la sana y altamente desarrollada cultura aria. De allí que el llamado “problema judío” no haya sido solo problema de los alemanes o de los europeos sino de la humanidad entera. De allí que en 1938 el presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, haya convocado a Noruega, Dinamarca, Suecia, Suiza, Brasil, Argentina, Gran Bretaña, Francia, Bélgica, Chile, Países Bajos, República Dominicana, Canadá y Australia a la Conferencia de Évian para ver quién recibía a los judíos expulsados de Alemania.

Resulta que la cita realizada en la comuna de Évian-les-Bains en Francia no llegó a ningún acuerdo real. Y terminó siendo casi tan inútil como la Declaración Balfour de 1917, donde el gobierno británico, entonces dueño y colono de Palestina, declaraba su simpatía por las aspiraciones sionistas de poseer aquel territorio, pero no entregaba absolutamente nada. El control judío de la opinión pública aun no era absoluto y el rechazo a dicha entrega se hizo sentir por parte de los árabes, así como fue rechazado por el propio pueblo inglés y por los demás países europeos. En el caso de Évian sucedió algo similar, ninguno de los países participantes estaba dispuesto a permitirle el ingreso a los judíos, aunque todos los presentes se llenaban la boca con su “indiscutible solidaridad” para con aquel pueblo. Ensayando luego alguna absurda excusa que supuestamente les impediría recibir a los judíos en aquel preciso momento.

Es cierto, además, que el gobierno alemán apoyó, alentó, estimuló y fomento la creación de una identidad judía propia. Promovió la separación entre judíos y alemanes, y esto fue gratamente recibido por algunos sionistas dentro y fuera de Alemania. Incluso, a principios de enero de 1941, una pequeña organización sionista entregó una propuesta formal a los diplomáticos alemanes en Beirut para una alianza político-militar con la Alemania en guerra, donde ofrecía su apoyo en actividades militares, políticas y de inteligencia. La oferta fue hecha por la organización radical secreta “Luchadores para la Liberación de Israel” ya que su líder, Avraham Stern, había roto recientemente con los radicales nacionalistas judíos de la “Organización Nacional Militar”. Como era de esperarse, el Reich hizo oídos sordos a esta propuesta.

Para promover un sentimiento racial y de unidad entre los hebreos el gobierno de Hitler creo campos deportivos, cines, teatros y escuelas de arte exclusivas para ellos. Y, en realidad, a los judíos se les trató de una manera bastante privilegiada, sin por ello menoscabar la dedicación del Führer al pueblo alemán. Los judíos no debían mostrar el emblema alemán como propio. Pero estaban en total libertad de mostrarse orgullosamente como judíos desplegando el símbolo sionista de la estrella de seis puntas. Pero a los judíos no les gusta vivir así, al aire libre, con los pulmones hinchados por respirar aire puro. ¡No! Ellos prefieren los subterfugios, prefieren esconderse y atacar desde las sombras. Y una vida tan sana les pareció siempre repugnante.

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