Fuente: Rebelión / La cueva de los libros / La verdad ofende

El capitalismo es un sistema surgido de la influencia judía en la economía a partir del periodo histórico conocido como “Renacimiento”. Durante los mil años que duró la Edad Media los judíos fueron rechazados, odiados y expulsados de casi todos lados por embusteros y timadores. La iglesia cristiana creyó que invitándolos sinceramente a la conversión ellos se alejarían de sus pecados. Por el contrario, los judíos aprovecharon la oportunidad para ocultar su verdadera identidad, haciéndose pasar por verdaderos cristianos, mientras seguían celebrando sus cultos en privado. A partir de allí la burguesía, que en la Edad Media estaba formada por nómades comerciantes, comenzó a adquirir cada vez más poder.

Los judíos, por ejemplo, ingresaron a la Orden de los Caballeros Templarios y aprovecharon las riquezas de la orden para generalizar en Europa el corrupto sistema de la usura. Poco a poco los falsos conversos se fueron haciendo cada vez más poderosos y lograron fundar sus propias congregaciones, como fue el caso de los jesuitas, y hasta llegaron al Vaticano junto a la familia judía de los Borgia. Es sabido que tras la expulsión de los judíos en España el papa Alejandro VI (Rodrigo de Borgia) permitió el asentamiento de múltiples familias judías en Roma. Con el advenimiento de la industrialización los nuevos ricos, casi todos judíos, implementaron nuevas formas de explotar a la población, ya no solo en el campo, sino también en las hacinadas fábricas de las grandes ciudades.

El capitalismo se convierte así en la explotación del hombre por el hombre al considerar que el trabajo es solo una mercancía más que se puede comprar y vender. En el capitalismo la producción de bienes la realizan muchas personas de forma colectiva, los llamados obreros, pero el disfrute de las riquezas generadas es privilegio de los pocos que “tienen el dinero”. Esto genera numerosas desigualdades sociales ya que los que tienen mucho cada vez tienen más, y los que tienen poco nunca tendrán más, a no ser que se dediquen al robo, al contrabando, al tráfico sexual y a todo tipo de criminalidad propia a un estilo de vida que pocos querrían llevar. En el sistema capitalista incluso los que por suerte nacen ricos o reciben sus fortunas de herencias o inesperadas donaciones, para mantener tales fortunas deberán ser astutos, timadores, engañadores y usureros como los judíos, de lo contrario perderían todo. El valor humano, el honor y la moral no representan nada para este sistema económico.

El ideal del capitalismo es la institución de un “mercado libre” que los teóricos liberales, como Adam Smith, ven como un hecho natural. Suponen que el absoluto egoísmo humano es normal y que la solidaridad no es más que colaborar con otros solo porque eso conlleva un beneficio individual. Ni la familia ni la comunidad se salvan, para el capitalismo todo se hace únicamente por intereses personales. Se transforma entonces al hombre en una especie de bestia animal sin dignidad ni consciencia, incapaz de sentir empatía ni caridad. La justificación de los judíos capitalistas es que: si bien el hombre solo busca de forma egoísta su propio placer, podría suceder que porque todos simultáneamente buscan los mismo, tal vez, sin desearlo y por pura casualidad, podría hallarse el anhelado “bien común”. Lamentablemente la realidad nos muestra que dicho bien nunca es común y siempre recae sobre quien mejor manipule el mercado, aun a costa de estafas, chantajes, engaños y corrupción.

Poco a poco el sistema capitalista se impuso, pero los judíos vieron que la gente no estaba dispuesta a someterse tan fácilmente. Y tal como en la novela “1984” de George Orwell, donde el partido gobernante que ostenta el poder absoluto inventa un partido “de oposición” que es en realidad uno más de sus instrumentos de control destinado a mantener dominados a quienes quieran rebelarse. Del mismo modo en la vida real los judíos oligarcas y burgueses vieron el éxito que lograron encausando el descontento popular durante la revolución francesa, donde al presentarse como líderes y dirigentes revolucionarios lograron tomar el poder (tras el infame asesinato de la familia real). Entonces inventaron y difundieron la ideología comunista del también judío Karl Marx. Esta ideología manipulada por la élite fue llamada “marxismo” y desde un inicio fue financiada por la propia oligarquía financiera que supuestamente debía combatir.

Una de las tantas manipulaciones del marxismo era culpar siempre a los jefes y dueños de las fábricas y de las tierras. Sus principales consignas echaban la culpa de todos los males del pueblo a los empresarios y a los gobernantes, en especial y con mayor odio si es que estos gobernantes pertenecían a la realeza. Lo curioso es que jamás se señaló de modo claro a los banqueros judíos que tenían controlados, gracias a sus préstamos e intereses, tanto a gobernantes como a industriales. La idea final era en realidad dirigir el descontento popular, encaminarlo y canalizarlo, hasta convertir a los obreros en tontos útiles que deberían ser utilizados como carne de cañón.

Bajo la óptica comunista los proletarios se transforman en solados de la judería dirigente marxista que los utiliza como fuerza de choque para arrebatarle su dinero a los pocos burgueses no judíos y en particular para tomar el control de los gobiernos nacionales, los cuales deberán ser derrocados sin importar que hayan sido longevas y tradicionales monarquías o gobiernos elegidos democráticamente. El objetivo es tomar el poder y generar un “capitalismo de estado” donde el nuevo gobierno comunista dirigido y controlado por judíos puede explotar sin miramientos al propio pueblo que lo colocó en el poder. Y para evitar revueltas e insurrecciones que amenacen el nuevo orden establecido, hasta la más mínima protesta o disensión contra el gobierno marxista debe ser acallada, siempre por medios violentos y sanguinarios como la tortura y el asesinato. Mediante la aplicación del terrorismo de estado (ya que se hace uso del terror como método disuasivo) se pretende hacer frente a cualquier posible adversario de los nuevos jefes judeo-comunistas.

Toda la filosofía marxista se basa en alimentar el odio, la envidia y el resentimiento de las clases bajas contra las clases altas, y toda acción violenta y sangrienta para alcanzar el ideal revolucionario en el cual el orden debe invertirse para que las clases bajas tomen el poder, está justificada. En un panfleto de la policía secreta de la Kiev comunista podía leerse en agosto de 1919: “Para nosotros todo está permitido, pues somos los primeros que en el mundo han levantado la espada no para oprimir y esclavizar, sino para liberar a la humanidad de sus cadenas (…) ¿La sangre? ¡Que la sangre corra a mares!”. El mito de la igualdad entre los hombres y la promesa paradisiaca de un mundo mejor prometido por el comunismo marxista ha terminado siempre con el horror, la exterminación y la muerte generalizada. El comunismo ha provocado así el mayor crimen contra la humanidad que se conoce en la historia.

El genocidio no es un accidente en la historia del comunismo, como pretenden hacernos creer quienes intentan justificar y excusar a los marxistas. Las masacres son más bien la ejecución sistemática e ineludible de la aplicación total de las tesis de Marx. Los comunistas sustituyen la moral y la ética de un comportamiento sano y positivo por la eficacia de la acción. Para ellos lo importante es tomar el poder con la excusa de la “venganza de las clases oprimidas” y para lograrlo harán cualquier cosa, ya que el fin justifica los medios. Reducen al hombre a una sola dimensión material y económica, convirtiéndolo en una máquina incapaz de comprender y vivir valores superiores y eternos. De allí su rechazo a la religión, pero no a cualquier religión, sino que muy particularmente a la religión cristiana. Suponen los judíos-marxistas que las doctrinas de la iglesia que condenan el asesinato, la mentira y el robo son obstáculos que se deben superar. Para ellos la vida humana no vale más que la venganza y no puede oponerse a su anhelo de obtener el poder absoluto. El marxismo contiene por lo tanto el germen y todos los ingredientes del terror y el holocausto.

Durante la Guerra Civil Española (de 1936 a 1939) los comunistas asesinaron a gran cantidad de personas solo por ser de derechas, por ir a misa, o por ser curas o monjas. Fueron el Partido Socialista y de la Unión General de Trabajadores quienes prepararon y declararon la guerra alegando falsos motivos como el peligro de fascismo en España o la violencia de la Falange Española. Su finalidad era la tomar el poder para hacer de España la segunda República Soviética de Europa, al precio que fuese. Los comunistas españoles fueron los más fieles y sumisos servidores de una potencia totalitaria extranjera que basaba su ideología y régimen político en el terror y el genocidio. Stalin (líder y dictador comunista de la URSS) felicitó a Francisco Largo Caballero (presidente del gobierno de España durante la república y líder del Partido Socialista o PSOE) por la extrema violencia que estaba llevando a España y por matar a todos los opositores del comunismo.

Luego de la toma del poder en Rusia por parte de los judíos marxistas que se hacían llamar bolcheviques, en el año de 1919, los campesinos de la región de San Petersburgo (rebautizada Leningrado por los comunistas) se ven abocados al canibalismo a causa de la hambruna instigada desde el poder. Entretanto, el gobierno bolchevique de Vladimir Lenin vendía grano al extranjero para sufragar los gastos de la Guerra Civil rusa. La ayuda internacional, coordinada por la Cruz Roja y que consistía básicamente en grano, llegaba a Rusia pero no a los hambrientos. El Gobierno de Lenin revendía ese grano para conseguir divisas con las que financiar a sus ejércitos para afianzarse en el poder. Mientras tanto millones de niños morían sin tener nada que llevarse a la boca.

En 1929 Stalin decretó la apropiación por parte del gobierno de las propiedades de los campesinos. Además exigió que se entregue a las autoridades una cantidad considerable de la producción agrícola. Esto dejó a los campesinos sin provisiones suficientes para sobrevivir. La agricultura ucraniana, entonces granero de la URSS, se colectivizó a punta de pistola, lo que desencadenó una hambruna donde se estima que murieron entre seis y nueve millones de personas. La hambruna de Ucrania fue negada por las autoridades comunistas, que invitaban a intelectuales occidentales de izquierda a visitar el país para que viesen con sus propios ojos que no pasaba nada. Lo que se mostraba a los intelectuales eran pueblos falsos armados exclusivamente para las visitas. Los cadáveres se iban acumulando por las calles, lo que dio lugar a numerosos casos de canibalismo. El Gobierno comunista, entretanto, prosiguió con el saqueo de los campesinos dejando morir a propósito a todos los que consideraba enemigos de clase. La Unión Soviética prohibió bajo severas penas que se hablase o escribiese del tema. En Ucrania a la hambruna se la conoce como Holodomor (literalmente “matar de hambre”).

La Gran Purga de Stalin, llevada a cabo contra presuntos opositores entre 1937 y 1938, costó la vida a cerca de 700.000 personas. Muchas fueron enterradas en fosas comunes como la de la localidad de Vinnytsia, en Ucrania, donde se han encontrado más de 15.000 cadáveres con un tiro en la nuca. En otras, como la de Bykivnia, en las inmediaciones de Kiev, se enterraron más de 225.000 personas ajusticiadas por los comunistas. En la primavera de 1940, durante la Segunda Guerra Mundial, Lavrenti Beria propuso deshacerse de los oficiales del ejército polaco que se encontraban presos de los soviéticos tras la invasión del país en 1939. La matanza se llevó a cabo mediante tiro en la nuca en el bosque de Katyn y estuvo a cargo de agentes de la NKDV, la policía política soviética.

Mientras tanto miles de estonios, lituanos y letones eran masacrados sin piedad, otros fueron sacados de sus hogares a la fuerza y deportados a Siberia sin haber cometido crimen alguno. No importaba edad ni clase social, la política de Moscú era vaciar las antiguas repúblicas bálticas para repoblarlas con habitantes de otras regiones con el objetivo de desarraigar a la población de su cultura, tradiciones e identidad, haciéndola perder así sus lazos de sangre y volviéndola más sumisa al gobierno judeo-marxista. Muchos murieron en el camino, otros en Siberia, sólo una minoría consiguió regresar décadas después.

Aunque sea desconocido, el comunismo soviético levantó y mantuvo durante décadas la mayor red de campos de concentración, trabajo esclavo y exterminio de la historia de la humanidad. Varios millones de personas murieron en ellos sin que nadie en Occidente se hiciese eco. El sistema de campos contaba con agencia estatal propia, la llamada Dirección General de Campos de Trabajo, cuyo acrónimo en ruso era GULAG, de donde toda la red tomó el nombre. Entre 1929 y 1953 pasaron por los campos del GULAG más de 15 millones de personas, de las cuales murieron más de millón y medio. A la muerte de Stalin en 1953 el GULAG tenía casi dos millones de presos. Formalmente el sistema desapareció en 1960 aunque hasta el colapso de la URSS siempre hubo miles de presos políticos.

En 1945 el Ejército Rojo entró a sangre y fuego en Alemania. El jefe de la propaganda soviética, el judío Ilyá Ehrenburg, pidió a los soldados que consumasen “la venganza”. Con vehemencia y lleno de ese envidioso odio propio a los judíos les dijo a los soldados del Ejército Rojo: “Arrancad por la violencia el orgullo racial de las mujeres alemanas! ¡Violad, destruid, matad!” Y los soldados soviéticos, en su mayoría mercenarios mongoles, lo hicieron. Familias enteras de la Prusia oriental, Galitzia y otras regiones alemanas del este perecieron víctimas de la brutalidad desplegada por el Ejército Rojo, una brutalidad planificada políticamente por los líderes comunistas de Moscú. Prácticamente todas las mujeres desde niñas de 10 años a ancianas de más de 80 fueron violadas sistemáticamente por los soldados “rojos”. En multitud de ocasiones después de la violación asesinaban a las mujeres y a sus hijos. En la RDA se prohibió terminantemente hablar de estos episodios mientras la propaganda del gobierno comunista alemán decía que el Ejército Rojo había liberado heroicamente a Alemania de los nazis.

El régimen comunista chino ha sido tanto o más letal que el soviético. Entre los campos de concentración (los Laogai), las ejecuciones y las hambrunas, el comunismo en China ha arrancado la vida a más de 50 millones de personas. Sólo la gran hambruna de 1959, provocada por la colectivización forzosa de la agricultura, mató a unos 35 millones. Mientras los silos estatales rebosaban de grano destinado a la exportación, los campesinos morían de hambre. Mao Zedong mostró la más absoluta indiferencia. Todavía hoy el 75% de las ejecuciones que se efectúan en el mundo tienen lugar en China. Sólo en el año 2005 fueron ejecutadas cerca de 10.000 personas, muchas de ellas por motivaciones políticas. El comunismo en China se impuso, como en el resto del mundo, por la fuerza y haciendo uso de una brutalidad fuera de lo común. Durante sus cuatro primeros años de gobierno fueron asesinadas de 4 a 6 millones de personas. Mao dio la orden de ejecutar delante de los vecinos como mínimo a un propietario en cada pueblo o aldea del país. El propio Mao presumía públicamente de haber liquidado a 700.000 contrarrevolucionarios.

Durante la guerra de Vietnam, entre 1960 y 1973, el ejército comunista del Vietcong no solía hacer prisioneros pero, si se daba el caso, los concentraba en campos y los dejaba morir de hambre. Algunos en Estados Unidos denunciaron estas prácticas en pleno fragor de la guerra, aunque al parecer nadie los escuchó. En la remota Camboya. Durante los años en los que gobernó Pol Pot, de 1975 a 1979, sus infames “Jemeres Rojos” asesinaron a unos 2 millones de personas de todas las maneras imaginables. Los comunistas camboyanos que pretendían “purificar” el país del corrupto capitalismo empezaron vaciando las ciudades. Se puso a toda la población a cultivar la tierra en condiciones infrahumanas, sometida a privaciones, torturas y continuas ejecuciones por parte de los guardias rojos. En torno al 20% de la población de Camboya pereció durante el experimento revolucionario.

Pol Pot tiene el dudoso honor de haber sido el responsable de llevar el marxismo-leninismo a su máxima y más pura expresión práctica. La furia homicida de los Jemeres Rojos iba dirigida contra toda la sociedad. Todo el que llevaba gafas fue ejecutado porque los líderes comunistas daban por hecho que era un intelectual y un cosmopolita. Parecida suerte corrieron los católicos, muchas veces ejecutados mediante crucifixión en la selva siamesa. Es curiosa la verdadera intención de la campaña de bombardeos sobre la parte oriental de Camboya realizada por los americanos entre 1965 y 1973, durante la guerra de Vietnam, denominada “Operación Menú”, donde se realizaron 230.516 salidas sobre 113.716 objetivos, en las que se arrojaron 2.756.941 toneladas de bombas (con lo que la mención de “objetivos” resulta más bien grotesca). Resulta muy difícil calcular el número de víctimas producidas por estos ataques, pero William Shawcross y otros autores han señalado la alta probabilidad de que su efecto final fuera en realidad desestabilizar la región, ya en equilibrio precario, para facilitar la toma de poder por parte de los comunistas.

Anuncios