Fuente: Syllabus / Cine 3 / Gabitos.com/cristianos

Hasta fuentes judías afirman que su verdadero nombre era Israel Thornstein, nacido en Francia y no en Londres, como él afirmaba. Hoy nos hacen dudar sobre su origen étnico, pero durante el Tercer Reich el partido Nacional Socialista afirmaba con total certeza el innegable origen judío del actor. Por este motivo, y por ser un destacado masón que pretendía introducir sus nefarias ideas en el público, sus películas fueron prohibidas en Alemania.

Charles Chaplin, corrosivo y alegorista ateo, multimillonario de ideas progresistas y en su vida privada un depravado sexual (como otro infame judío del cine: “Woody” Allen Königsberg), siempre fue celebrado por el “establishment” tilingo de la progresía. Chaplin era un pedófilo y esa fue la causa por la que se radicó en Suiza, no por cuestiones impositivas o por su izquierdismo político, como siempre se ha querido hacer creer.

Uno de sus biógrafos afirma que en 1952 huyó por el miedo a tener que enfrentar a un agente de inmigración católico que lo tenía en la mira por este tema. El miserable envalentonado que abusaba de niñas se volvía un patético cobarde que se escabullía ante los hombres. Recordemos que este miserable personaje fue candidato al Premio Nobel de la Paz en 1948.

Sus problemas iniciaron con su primera esposa, Mildred Harris, viéndose obligado a casarse con ella al descubrir que la joven estaba embarazada, con sólo 16 años de edad. Precisamente por ello su pequeño hijo nació demasiado débil, muriendo a los pocos días de nacer. Eso empeoró su relación, hasta que ella exigió el divorcio, argumentando que él ponía excesiva atención a su trabajo y evadía su responsabilidad como marido.

Apenas cuatro años después fue descubierto en la cama con la actriz Lita McMurray, de apenas 14 años. Nuevamente se vio obligado a contraer matrimonio para no ser condenado a prisión por tener sexo con una menor, pero en este caso su nueva esposa lo abandonó tras un año de casados, presentando una millonaria demanda de divorcio.

El documento, de más de 52 hojas, relataba las aberraciones que Chaplin la había obligado a cometer, aún siendo menor de edad. Al final ella consiguió un pago de $ 650.000, una fortuna en 1928. A partir de ahí, la fama de abusador de menores lo persiguió durante toda su vida.

Fue su miedo a que se haga justicia y no sus tendencias políticas lo que le llevó a radicarse a Suiza y rehusarse hasta su muerte a regresar a los Estados Unidos. Nadie lo obligó a quedarse. Es curioso que una de sus “grandes” cintas, Candilejas, trata del romance entre un anciano y una mujer joven.

Lo cierto es que, mientras en sus películas traficaba con una farsa que buscaba la lágrima fácil del público con un sentimentalismo burdo y el cuestionamiento de toda autoridad; la exaltación del “pobrecito y triste vagabundo Charlot” se veía contrastada por su vida privada, terriblemente inmoral y corrupta.

Su figura resultaba muy redituable para la camarilla que manejaba los hilos publicitarios formadores de opinión en vistas a imponer la visión judeo-masónica del mundo. De allí que fuera el idolatrado y por entonces inobjetable Chaplin quien encarnara en una película el ideario de la nueva visión política que se estaba por imponer tras la segunda guerra mundial.

Nadie mejor que este personaje de leyenda, que este “humilde hombrecito”, que esta suerte de “reformador humanista que salva y redime a los necesitados con sólo mostrarlos desde un ángulo diferente” (como dice un periodista de un sitio web judío), para encarnar la figura de esa especie de salvador del mundo que sería en “El Gran dictador”.

Para quien no ha visto la tan famosa película, “El gran dictador” del año 1940 cuenta la historia de un peluquero judío (Chaplin) que tiene el mismo aspecto físico que el dictador de Tomania, Hynkel (el mismo Chaplin interpreta los dos papeles y Hynkel es una parodia de Hitler, hecho esto en unos Estados Unidos que todavía se mantenía “neutral” en la guerra).

Hynkel es un dictador antisemita que termina por encarcelar al peluquero (el cual sale de un hospital donde estuvo internado con el número 33, número masónico). Hynkel sueña con dominar el mundo aliado con otro dictador, Napaloni (parodia de Mussolini), y someterlo a sus principios antidemocráticos. En un momento Hynkel es confundido con el peluquero y puesto en prisión. El peluquero se fuga de un campo de concentración y es confundido con Hynkel.

Llevado a dar un discurso para iniciar la conquista del mundo el peluquero judío hace un discurso “humanista y liberador”, propone la fraternidad universal y la unión de las almas en base a los ideales democráticos, el progreso de la especie humana y el amor a la humanidad. Llama a “ACABAR CON LAS BARRERAS NACIONALES” y a pelear por un mundo nuevo donde “LA CIENCIA Y EL PROGRESO CONDUZCAN A LA FELICIDAD DE TODOS LOS HOMBRES”.

El discurso no sólo está interpretado de manera solemne, sino incluso al final una muchacha judía que no tenía esperanzas (la por entonces esposa de Chaplin Paulette Godard, en realidad Pauline Levy) eleva su mirada al cielo venturoso mientras escucha las palabras salvadoras del nuevo “emperador del mundo” y liberador de los judíos, que salido del ghetto, y habiendo suplantado al VERDADERO dictador por su semejanza, es celebrado por todo el mundo.

La perorata que dio Chaplin en esa película es totalmente satánica. Hace un llamamiento a que la humanidad se una en una especie de gobierno mundial y hermandad universal, aboliendo las naciones y las razas para crear un estado mundial único que traerá “la justicia y la libertad” a las naciones, tal como lo hizo el comunismo, pero esta vez en nombre de la llamada “democracia” que hoy se impone a punta de bombardeos y masacres.

Ese discurso de Chaplin elimina totalmente la fe en Dios para colocarla en la ciencia y el progreso, aunque hipócritamente cita a Jesús en Lucas 17:21 diciendo que “el Reino de Dios está DENTRO de nosotros”. Jesús nunca dijo que el Reino de Dios está “dentro de nosotros”, sino que reprochando a los fariseos les dijo que el Reino de Dios estaba “en medio de ellos” ya que Jesús, el Rey, estaba en medio de ellos.

En este discurso se nos propone un nuevo “reino de dios” que es colocado DENTRO de los hombres, es decir que toda esperanza de felicidad es alejada del Dios verdadero que se encuentre ENTRE nosotros y es colocada en la vaga y ambigua esperanza que la humanidad podría tener por el progreso de la ciencia, que como sabemos no es bueno o malo en sí mismo, y por lo tanto puede ser usado tanto para herir como para curar.

Mediante esta apología populista se pretende SUPLANTAR el sentido de lo espiritual y divino por lo material y mundano, anulando así la posibilidad de aferrarse a valores superiores e inmateriales como el honor, la lealtad, la prudencia, la responsabilidad e incluso el AMOR entendido como entrega y no solo como placer. Sin estos valores ¿cómo podremos guiar éticamente el uso que le daremos al progreso científico?

Los dueños de la prensa y el espectáculo han sabido publicitar masivamente a quienes desde los medios de comunicación y las artes expresan sus propias ideas liberales y revolucionarias. Los premios Nobel, los premios Oscar, premios a la música o al periodismo, todos sirven de consagración para estas “vacas sagradas” de las artes, las ciencias y la política.

El aparato propagandístico mundial convierte a figuras mediocres o apenas hábiles y astutas en genios “incomprendidos” de la humanidad, en sabios oráculos, en prestigiosos autores o figuras míticas. Siempre y cuando convenga a los intereses de promover un nuevo orden mundial basado en el rechazo a la autoridad y el orden tradicional establecido para suplantarlo por su propio dominio psicópata del mundo.

¿Y quién controla hoy los medios de comunicación, información y entretenimiento?

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