Fuente: Martin Varsavsky / Enciclopedia del Holocausto / Doctissimo / El mundo / Lecturas cinematograficas / Jett and Jahn

Hemos vistos cientos de veces los videos de estos campos que se nos muestran como prueba irrefutable del exterminio de judíos por parte de los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Cadáveres apilados y arrastrados por maquinas hacia grandes fosas comunes. Mujeres y niños llorando, prisioneros desnutridos y esqueléticos, más cadáveres amontonados, muerte y más muerte. Sin embargo poco o nada sabemos sobre la historia detrás de esas filmaciones.

Las imágenes corresponden casi siempre a Bergen-Belsen, un campo-hospital repleto de prisioneros enfermos que murieron cuando los aliados se hicieron cargo de ellos. También aparece constantemente en películas y documentales el campo de Buchenwald, donde incluso se realizó una improvisada exposición de las “atrocidades nazis”. Y el de Ohrdruf, que fue visitado por eminentes personajes del ejército norteamericano. Todo fue filmado para servir luego como propaganda aliada.

El campo de Bergen-Belsen se creó en 1940, al sur de las pequeñas ciudades de Bergen y de Belsen, en Alemania. Hasta 1943 Bergen-Belsen fue exclusivamente un campo de prisioneros de guerra. En un principio, allí se retenía a franceses y belgas. Después de 1941 ingresaron también prisioneros soviéticos. Los reclusos estaban allí para ser intercambiados por prisioneros alemanes capturados por el enemigo. Luego, a lo largo de su existencia, el campo se amplió hasta incluir ocho secciones.

Con el avance de los aliados sobre territorio germano se debieron evacuar otros campos que ya no podían seguir funcionado. En marzo de 1944 llegaron a Bergen-Belsen prisioneros que estaban demasiado enfermos y no eran capaces de trabajar. Si los alemanes hubiesen deseado asesinarlos no los habrían llevado de un extremo de Europa al otro solo para curarlos. Pero realizaron este esfuerzo no solo por su utilidad como mano de obra. El espíritu del pueblo alemán era opuesto al de sus adversarios. Aunque no les pagaban intentaban darles siempre todas las comodidades necesarias.

A inicios de 1945 los aliados atacaban por ambos frentes. Por el este los soviéticos avanzan por tierra violando, torturando y asesinando civiles como parte de una política oficial para desmoralizar a los alemanes. Por el este ingleses y norteamericanos bombardean objetivos también civiles con la misma intención. Las vías del tren que transportaban alimento, medicamentos y artículos de limpieza fueron destruidas. Los aliados no permitían el paso de médicos, enfermeras y demás personal dispuesto a prestar ayuda. El suministro de agua también había colapsado debido a las bombas.

El hacinamiento, las condiciones sanitarias pobres y la falta de alimento dieron lugar a una epidemia de tifus. En los primeros meses de 1945 murieron miles de prisioneros. El 15 de abril de 1945 las tropas británicas llegaron al campo de Bergen-Belsen. Allí encontraron cientos de cadáveres apilados y desnudos, así como prisioneros aun vivos pero severamente enfermos y desnutridos. La impericia médica de los soldados ingleses produjo la muerte de más de 10.000 prisioneros después de su “liberación”.

El tifus es una enfermedad que puede ser mortal sin el tratamiento adecuado. Se transmite con facilidad cuando la higiene es escasa, especialmente durante las guerras, las hambrunas o las catástrofes naturales. La bacteria que causa el tifus se propaga por el excremento de los piojos. Para evitar contagios se deben eliminar los piojos. Y para eliminar los piojos se necesitan duchas periódicas, afeitarse el cabello, y constantemente se debe desinfectar la ropa. Los trajes de los muertos también deben ser retirados y fumigados.

¿Enfermos con el cabello muy corto? ¿Cadáveres sin ropa? ¡Eso es lo que vemos en los videos del holocausto! Pero hoy nos muestran el cabello de los prisioneros como “prueba” del exterminio. Nos dicen que las duchas eran “cámaras de gas” encubiertas. Y afirman que el pesticida usado para desinfectar las ropas sirvió para gasear judíos. Este pesticida al ser utilizado constantemente deja un residuo de color azulado que se impregna profundamente en las paredes. Dicho residuo solo se encuentra presente en las cámaras de desinfección pero no en las instalaciones que supuestamente eran cámaras de gas.

En el campo de Buchenwald también se dieron casos de negligencia. Las tropas aliadas encontraron a los prisioneros severamente desnutridos. De manera espontánea los soldados recién llegados comenzaron a repartir sus alimentos entre los debilitados reclusos. Pero el exceso de alimentos ricos en grasas, apropiados para un soldado, produjeron nauseas, diarreas y vómitos entre los esqueléticos comensales que murieron principalmente por deshidratación. Los cadáveres fueron presentados como “víctimas” de gaseamientos.

Posteriormente se organizó en Buchenwald una exposición donde ciudadanos alemanes fueron forzados a caminar entre cadáveres apiñados junto a mesitas copadas con cabezas reducidas, lámparas, y jabones fabricados con los cuerpos de judíos asesinados. Luego de ser presentados como “evidencia” contra los alemanes, se intentó hacer desaparecer estos fantásticos objetos, para evitar posteriores indagaciones. Sin embargo algunos fueron guardados como “recuerdos” y hoy sabemos que las cabezas eran falsas, los jabones eran comunes y las lámparas estaban hechas con cuero de vacas y corderos.

El campo de de Ohrdruf fue visitado el 12 de abril de 1945 por el Comandante Dwight Eisenhower y un sequito de militares americanos, quienes aparecen frente a las cámaras haciendo gestos de asco junto a sus soldados. Había sido descubierto una semana antes por sus tropas que durante ocho días dejaron que los cuerpos de los prisioneros fallecidos se pudriesen al aire libre. Al parecer recibieron la orden de mantener visibles los cadáveres para que puedan aparecer en la grabación junto a las autoridades estadounidenses. Luego los ciudadanos alemanes fueron obligados a enterrar los cuerpos putrefactos.

Inmediatamente el director judío Billy Wilder elaboró, con estos dudosos materiales, el pseudo-documental titulado “Die Todesmuhlen” (Los Molinos de la Muerte) que se estrenó en enero de 1946 en las zonas de Alemania bajo control americano. Por un error de montaje en dicho “documental” se puede ver durante muy pocos segundos al propio Wilder dando instrucciones a un hombre que sostiene a un enfermo, el cual ha sido despojado de su ropa para que se note su delgadez. Al parecer Wilder estuvo presente en los campos para “dirigir” con mayor dramatismo la grabación.

También desde febrero de 1945 la División de Guerra Psicológica de los aliados armaba su propia producción utilizando las mismas filmaciones además de grabaciones aportadas por camarógrafos británicos, norteamericanos y rusos. Estas imágenes, sin verdadero valor histórico y editadas adrede por los servicios de propaganda de los vencedores, sirvieron junto con otras falsas “pruebas” para condenar a los líderes Nacionalsocialistas capturados y sentenciarlos a muerte en los Juicios de Nürnberg.

El judío ortodoxo Sidney Bernstein estuvo a cargo de la producción. Para ello pidió el apoyo de su amigo Alfred Hitchcock, famoso director de ficción y suspenso. El objetivo del documental, como dijo Bernstein, era humillar al pueblo alemán y culparlo por las pretendidas atrocidades mostradas en los videos. Finalizado el conflicto Hitchcock aceptó la petición y viajó a Londres para debatir las ideas de los guionistas y aconsejar a los montadores.

La veracidad de estos filmes de propaganda es sumamente dudosa. Se sabe que Hitchcock insistió, según Bernstein, para que se dé “una previa información, con mapa incluido, sobre los pueblos en los alrededores de cada campo, de lo contrario daría la impresión de que los campos se hallaban en cualquier sitio, lejos de la humanidad”. Pero ¿cómo saber si dichas ubicaciones son correctas o completamente falsas?

Tomas similares son repetidas varias veces, aunque se indica que pertenecen a distintos campos de “exterminio”. Es casi imposible saber si la cinta mostrada corresponde realmente al campo indicado. La mayoría de imágenes mostradas provienen de Bergen-Belsen, pero se les hace pasar como pertenecientes a otros campos donde la cantidad de muertos y enfermos era muy escasa. Los aliados llegaron incluso a desenterrar los cadáveres de alemanes muertos en zonas bombardeadas para presentarlos como “judíos exterminados” ante las cámaras.

La mayoría de campos filmados no son considerados hoy como campos de muerte, ni siquiera por quienes sostienen la hipótesis de que el Tercer Reich planificó un genocidio contra los judíos. Mauthausen, por ejemplo, fue un centro de reclusión para enemigos políticos incorregibles donde alemanes y extranjeros sentenciados a muerte eran fusilados, no gaseados. En Dachau también mintieron, actualmente una placa oficial indica que allí jamás existieron cámaras de gas.

Lo que jamás nos dicen sobre Dachau es que el Ejército de Estados Unidos ingresó al campo un 29 de abril de 1945. Los guardias alemanes de las SS, encargados del recinto, hambrientos y enfermos, fueron reducidos y entregaron sus armas. Inmediatamente los vieron desarmados los soldados estadounidenses abrieron fuego contra ellos. Se deduce que fueron acribillados alrededor de 520 prisioneros alemanes. Los responsables del crimen alegaron que se trataba de un intento de fuga, pero la investigación realizada por el propio ejército norteamericano demostró que no hubo motivos reales para la masacre de los rehenes germanos.

El editor de montaje, el inglés Peter Ralph Eyre Tanner, recuerda que Hitchcock insistía sobre todo en asegurar la credibilidad de los hechos filmados. El testimonio de Peter Tanner sobre Hitchcock es que este insistió en que “teníamos que prevenir el hecho de que la gente pudiera pensar que era una falsificación… así que, en el momento de elegir el material, Hitchcock tenía cuidado con lo que pudiese llevar a tal punto de vista por parte del público”.

El documental comienza con la subida al poder del Partido Nacionalsocialista y el fervor que Hitler genera a su paso. Jardines, niños jugando, jóvenes tomando el sol. Súbitamente nos trasladan al final de la guerra. Las tropas aliadas entran en el campo de Bergen-Belsen. Aparecen personas bien alimentadas y sonrientes detrás de una malla. Vemos tomas aéreas de campos completamente vacios e inmediatamente después cuerpos esqueléticos y un exceso mórbido de escenas llenas de cadáveres.

Es obra de un experto en el cine de horror, especializado en generar miedo y aversión en sus espectadores. Unidas a las imágenes de los cuerpos apilados aparecen los soldados de las SS, dignos pero evidentemente preocupados. Mientras tanto una voz en off intenta negar lo evidente: “Con aspecto desvergonzado, bien vestidos y alegres” recita mintiendo. El maestro del suspenso Sir Alfred Joseph Hitchcock había ordenado que se mantuvieran las panorámicas que enlazaban a los soldados alemanes con los cuerpos de las víctimas de tifus.

Cuerpos famélicos se tambalean entre mujeres desnutridas que besan las manos de los británicos. Sombras humanas que agonizan sobre sus propios excrementos. Y una voz que nos recuerda que muchos prisioneros “liberados” murieron después por tifus, por falta de agua potable, o por mala alimentación. Pero ¿quién los dejó morir sin cuidados y entre tanta inmundicia? Los niños no querían alimentarse porque temían ser envenenados, pero ¿envenenados por quién? ¿Será porque vieron morir a sus familiares enfermos luego de comer las inadecuadas meriendas que amablemente les otorgaron los aliados en Buchenwald?

No se escatima en especulaciones. Se relata la hipotética existencia de burdeles (tema favorito para los judíos) donde se dice que oficiales corruptos prostituían a las prisioneras. “La intención era mostrar una versión que impulsase a los alemanes a aceptar sus responsabilidades, de ahí el tono un tanto propagandístico que agradó a los mandos del ejército británico” explica Toby Haggith, responsable de la versión digital publicada en 2014.

Antes de su muerte el judío Bernstein explicó que la contribución de Hitchcock fue conseguir que la “veracidad” del documental fuese total y añade: “Consciente de lo difícil que se le haría al público creer lo que se estaba contando insiste en presentar a los testigos dando su nombre, fecha de nacimiento y fecha en la que testifican (…) como si estuviesen frente a un tribunal”. Pero se ven rígidos y parecen estar recitando un guión memorizado.

Ante el apilamiento de restos camino a las fosas comunes acusa la voz dirigiéndose a los alemanes: “¡Ustedes! Ustedes que han permitido a su líder arrastrarlos a este horrible crimen. ¡Ustedes! Que no pudieron hacer suficiente contra esta degeneración. ¡Ustedes!”. El material es violento. Muchos cadáveres, enfermos y cuerpos en descomposición, y sobre todo: la constante humillación de los alemanes. Reina el morbo, como si los realizadores del film hubiesen querido satisfacer su propia perversión.

En 1952 las bobinas, ya editadas, fueron archivadas en el Imperial War Museum de Londres. Fueron proyectadas en el Festival de Berlín, recién en 1984, bajo el título de “Memoria de los campos”. Anteriormente una selección de las mismas imágenes ya había sido presentada en el décimo capítulo de la serie británica “El mundo en guerra” de 1973, auspiciada por el propio Imperial War Museum.

Pero la realidad dista mucho de la ficción. Lo dijo un anónimo “sobreviviente del holocausto” según cuenta el judío Martín Varsavsky: “Los aviones aliados sobrevolaron los campos desde 1944. Jamás bombardearon una sola cámara de gas. Bombardearon Munich, pero no atacaron Dachau, que está al lado. Bombardearon Slesia porque allí se concentraba gran parte de la industria alemana de guerra, pero no destruyeron las cámaras de exterminio de Auschwitz, a muy pocos kilómetros de distancia”.

Y continúa: “¿Cómo podía pasar inadvertido que desde el otoño de 1941 hasta noviembre de 1944 Auschwitz había producido un millón seiscientas mil víctimas? ¿Cómo pudieron mantenerse ocultos los trenes que salían de París, Roma, Budapest, Praga, Berlín, Viena, o Amsterdam y llegaban con miles de personas que unas horas después quedaban convertidas en ceniza?” La respuesta es sencilla: nadie lo vio porque el holocausto judío nunca existió.

El mito del holocausto es un fraude inventado por los vencedores para justificar su participación en la guerra y encubrir sus propios excesos. Pero el mayor beneficio lo reciben los judíos de todo el mundo y el estado sionista de Israel con las reparaciones económicas que periódicamente les entrega el gobierno alemán. El holocausto sirve además para que los judíos puedan cometer impunemente los crímenes, fraudes y estafas que quieran, solo deben tachar de racistas, antisemitas y “nazis” a quienes los acusan o critican.

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