Fuente: Espana-Israel

Lutero era antisemita. Esto era lo habitual en todo cristiano de su época. Es cierto que en principio manifestó una gran ambigüedad con respecto a los judíos al albergar la vaga esperanza de su conversión a un cristianismo evangélico liberado de la nefasta influencia del Papado, pero en su panfleto “Contra los judíos y sus mentiras” manifiesta un antisemitismo que ya no deja lugar a dudas.

Hitler, en su libro “Mi lucha”, habla de las razones por las cuales se hizo antisemita, pero no menciona ni una sola vez a Lutero. El fundador del Nacionalsocialismo alega haberse dado cuenta paulatinamente que los judíos eran una plaga para la sociedad e incluso acusa al movimiento cristiano-social de Austria de practicar un antisemitismo religioso, pero no racista, que para él era el único auténtico. “El antisemitismo del partido cristiano-social se fundaba en concepciones religiosas y no en principios racistas” escribe Hitler en “Mi lucha”.

El antisemitismo de Lutero se basaba en que los judíos rechazaron a Cristo y se resistían a creer en Él, mientras que Hitler era fundamentalmente racista y llega a afirmar que el estado judío lo que hace en realidad es ocultarse detrás de su religión. “El estado judío no estuvo jamás circunscrito a fronteras materiales; sus límites abarcan el universo, pero conciernen a una sola raza. Por eso el pueblo judío formó siempre un estado dentro de otro estado. Constituye uno de los artificios más ingeniosos de cuantos se han urdido, hacer aparecer a ese estado como una religión y asegurarle de este modo la tolerancia que el elemento ario está en todo momento dispuesto a conceder a un dogma religioso” afirma Hitler.

Dietrich Eckart, a quien Hitler dedicó la segunda parte de “Mi lucha”, en su libro “Diálogo entre Adolf Hitler y yo”, afirma que Lutero fue un modelo para Hitler y pone en boca del fundador del Nacionalsocialismo las siguientes palabras: “Lutero fue un gran hombre, un gigante. De una sentada quebrantó la penumbra. Vio al judío, como recién hoy nosotros comenzamos a verlo”.

Martín Lutero formuló, respecto de los judíos, opiniones contradictorias que fueron desde la exaltación hasta el insulto y la propuesta de expulsión. Las ideas de Lutero acerca de los judíos oscilaban entre dos polos opuestos. Jesucristo era judío y esto debía considerarse un honor para todos los judíos, pero los judíos rechazaban a Jesucristo como Mesías.

En un opúsculo de 1523, “Jesucristo nació judío”, el reformador se mostraba favorable a los israelitas: “Los judíos son de la raza de Cristo… Jamás Dios concedió a ningún pueblo pagano un honor tan grande como a los judíos”. Por el contrario, en su obra de 1542, “Contra los judíos y sus mentiras” Lutero propuso que se aplicasen a los judíos unas medidas extremadamente severas, llegando finalmente hasta la expulsión.

Existe una primera hipótesis basada en cierta ingenuidad por parte de Lutero al creer que presentando un cristianismo liberado de la nefasta influencia de la curia romana, de la corrupción del clero católico, del abuso de las bulas así como de todo tipo de supersticiones (adoración de imágenes, sufragios por los difuntos, etc.), los judíos aceptarían a Cristo sin problemas. Pero los judíos se mostraron indiferentes ante la nueva forma de cristianismo que les ofrecía el reformador, a pesar de que éste insiste todavía en algunos escritos de sus últimos años en el carácter privilegiado del pueblo judío.

Otra hipótesis considera que no existió un cambio radical en el pensamiento del reformador. En 1523 Lutero no se hacía demasiadas ilusiones sobre la posibilidad de convertir a los judíos; explicó que quería exponer sus ideas sobre el nacimiento de Jesús “con el propósito también de atraer, quizás, a algunos judíos a la fe cristiana”. Este quizás deja un margen muy reducido para una supuesta decepción. Lutero no era ningún iluso.

Lutero, en cuanto teólogo, recorrió un camino de evolución ideológica y, en cada etapa, consideró de manera diferente el lugar de los judíos en la economía de la salvación. Pero Lutero, como hombre del medioevo, no cambió; sus escritos ofrecen un testimonio notable de la desconfianza que animaba a todos los clérigos respecto de los judíos. El judío descendiente de Abraham era considerado con cierta indulgencia; el judío contemporáneo no merecía más que insultos. Incluso el texto de 1523 era bastante duro al afirmar que “los judíos se apartan del resto de la Humanidad”, que “se refugian en la mentira y en la mala fe”, que “únicamente se aferran a la letra de la escritura” y que “son incapaces de comprender un pensamiento sutil”.

En su último texto dedicado a la guerra de los campesinos, atacó con violencia a los judíos, cuyo corazón “está tan rebosante de funesta perfidia que no tienen otro deseo profundo que el de suscitar escándalo. Los judíos son malvados y peligrosos, detestan a los cristianos, sus libros son inmorales, roban y explotan al pobre pueblo”. Estos temas clásicos que figuran en los escritos del reformador, ponen de manifiesto que éste es, en el fondo, un reflejo de su época.

La escisión de los cristianos entre católicos y protestantes no impidió que en ambos bandos persistiera el odio secular hacia los judíos. La reforma protestante no cambió en nada el estado de la judeofobia. Es prácticamente imposible que el pueblo alemán, profundamente marcado por la Reforma de Lutero, no haya conservado en su inconsciente colectivo mucho del antisemitismo del reformador y que éste haya aflorado en un momento de profunda humillación a consecuencia del Tratado de Versalles.

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