Fuente: Notivida

Desde la Conferencia de Beijing en 1995, la perspectiva de género ha sido la estrategia empleada por la ONU para combatir las inequidades e injusticias cometidas en contra de la mujer. Bajo este enfoque se ha diseñado una Plataforma de Acción de gran envergadura, que si bien incluye propuestas acertadas, presenta planteamientos discutibles e iniciativas que atentan contra el autentico desarrollo de la mujer y de la sociedad en general.

El concepto de “igualdad de género”, tal como lo entiende la ONU, parte de una postura ideologizada en la que el hombre y la mujer están enfrentados como enemigos de clase en permanente conflicto. Se busca entonces “empoderar” a la mujer, es decir, capacitarla para enfrentar al hombre (que es su opresor) y para que alcance su “autonomía”. Es innegable que aún hoy muchas mujeres se ven sometidas a tratos discriminatorios e injusticias por parte de varones, pero esto no significa que todos los males que aquejan a la mujer puedan ser reducidos a un enfrentamiento entre sexos.

Pretender pasar todos los conflictos por el filtro del género es caer en una postura reduccionista que enmascara sus verdaderas causas. En este sentido, el caso de la violencia doméstica es paradigmático: al convertirla en violencia de “género” se está abordando el problema desde una de sus manifestaciones más concretas (el gran número mujeres que son agredidas por hombres), pero no a partir de las causas de fondo que la generan como son la pobreza, el alcoholismo, las carencias afectivas en la infancia, etc. Si, además, la solución que se propone es la desintegración y la competencia entre ambos sexos, en lugar de apagar el incendio lo que se consigue es avivar la llama.

La perspectiva de género plantea la necesidad de un cambio, y en eso tiene razón, pero ese cambio no puede estar fundamentado en la oposición y en la búsqueda de autonomía entre el hombre y la mujer, sino en la promoción del respeto, la estima y la cooperación entre ambos sexos que son, en esencia, complementarios.

La perspectiva de género no plantea un concepto de desarrollo integral, su enfoque se centra en el desarrollo económico. El progreso de la mujer se mide en función de su acceso al mercado laboral y a situaciones de poder, dejando de lado otras dimensiones y su aportación en ámbitos como la familia y la comunidad. Se considera que el “trabajo reproductivo” (no remunerado) es la primera forma de exclusión de la mujer en el ámbito económico, social y político porque limita el uso de sus capacidades y su participación en el “trabajo productivo”. Esto se traduce en un menosprecio de la maternidad que se considera como un “estereotipo” dañino y como una carga de la que hay que librar a la mujer. Simplemente se desprecia un modo de vida y unas tareas frente a otras que se consideran más “dignas”.

La perspectiva de género parte de un concepto del ser humano materialista y alejado de la realidad. En primer lugar, en aras de alcanzar la equidad, niega las diferencias profundas que existen entre el hombre y la mujer, argumentando que se trata de diferencias socialmente construidas. Por ello se da tanta importancia al hecho de que la mujer desempeñe actividades típicamente masculinas. En la ley de Igualdad de Oportunidades sancionada el año pasado por el Gobierno de Colombia hay un artículo que ordena promover la incorporación de las mujeres al empleo en el sector de la construcción para garantizar, según esto, su igualdad con los varones.

Afirmar el valor de la mujer significa reconocer su diferencia con el hombre, no negar su identidad para hacer de ella una mala copia del varón. En todo caso la equidad no viene dada por los roles desempeñados, la mujer puede cargar ladrillos y el hombre cambiar pañales, la igualdad entre ambos sexos radica en que ambos poseen la misma dignidad como seres humanos y así lleven a cabo las mismas labores las harán de modo distinto desde su ser femenino o masculino.

Al tener una visión materialista y utilitarista de la persona, este enfoque se queda corto a la hora de dar respuesta a las aspiraciones más profundas de la mujer, pues todo el énfasis se pone en satisfacer sus necesidades materiales y en alcanzar autonomía y situaciones de poder.

La perspectiva de género crea una reinterpretación manipulada de los derechos humanos en la que aparecen nuevos “derechos” fundamentados, no en la dignidad humana, sino en el consenso arbitrario de unos pocos. Se habla entonces de “derechos sexuales y reproductivos” en virtud de los cuales se exige acceso al aborto (incluso para menores de edad sin el consentimiento de sus padres), se justifican la pornografía, la pedofilia, la homosexualidad y la prostitución. Se promueve así una sociedad de individuos egoístas interesados sólo en su propio placer. Esta reinterpretación caprichosa del derecho atenta contra la dignidad de la mujer y contra el bien de la sociedad.

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