Fuentes: Beliefnet / The Independent / martinlutherking.org / Love the truth

La estupidez de la hoy llamada rebeldía juvenil es sin duda asombrosa. El método se repite una y otra vez y el desinformado “adolescente” cae también una y otra vez en la trampa. El mismo término con que hoy se identifica al joven que sale de la niñez es peyorativo.

Adolecer significa padecer e indica algún tipo de carencia. Y así es como nos quieren ver los enemigos de nuestra cultura y de nuestra tradición. Como eternos adolescentes que no poseen la inteligencia necesaria para discernir quien se halla detrás de las bambalinas.

El método de nuestros enemigos es siempre el mismo. Toman el descontento real de la gente, producto de circunstancias provocadas por ellos mismos, y lo canalizan haciéndose pasar por líderes contestatarios que luchan contra esas injusticias.

Luego, con el control total de los “revolucionarios” y de sus “revoluciones”, nada hacen excepto aprovecharse de sus seguidores prometiéndoles esa libertad que al principio anhelaban y que ya nunca poseerán. Así engañan a las masas los supuestos líderes revolucionarios impuestos por el mismo sistema contra el que dicen luchar.

El nuevo y falso líder saca ventaja de sus obnubilados seguidores, quienes creen luchar por una causa justa, haciéndolos actuar como carne de cañón. Como tontos útiles que ataquen a los verdaderos rebeldes que no cayeron en el juego.

Y si ya no hay nadie a quien atacar, el falso líder promueve modos de vida esclavos del vicio, la sexopatía, y todo tipo de adicciones absurdas. Y así las masas, que alguna vez pudieron luchar contra sus verdaderos opresores, se convierten en necias herramientas útiles al mismo sistema contra el que dicen sublevarse.

El caso más emblemático tal vez sea el del comunismo. Aunque ya se vio antes el mismo método cuando se usó el calvinismo durante la revolución inglesa. Es sabido que Juan Calvino era de origen judío y que sus seguidores en Inglaterra reclamaban el fin de la “opresión” contra ellos. El fin de esta supuesta represión (que jamás existió) consistía en lograr altos cargos dentro de los órganos de poder.

De este modo se convenció a algunos tontos de que debían defender la fe calvinista y al fin sus líderes, todos judíos o títeres del judaísmo, ya asentados en el poder, solo se dedicaron a llenar sus propios bolsillos mediante “convenientes” tratos comerciales que solo beneficiaron los lujosos estilos de vida de los caudillos semitas.

La revolución francesa siguió el mismo sistema. Pero ya no desde las trincheras religiosas, que eran lo que al principio más a la mano tenían los judíos. Ahora los enemigos del pueblo Ario se asentaron en los terrenos del reclamo social. Las desigualdades que ellos mismos habían provocado dieron lugar a la desazón popular.

Los judíos sin nacionalidad ni lealtad, usando el dinero usurpado en Inglaterra, y aprovechando la escasez de consecutivos inviernos duros, impusieron un monopolio comercial en Francia mediante el cual unos pocos semitas compraban todas las cosechas de los agricultores a muy bajos precios. Luego revendían los mismos productos a precios exagerados.

El pueblo francés se hallaba hastiado de estos abusos y la gente estaba a punto de echar a los judíos de su patria. Pero no tardaron en aparecer los ideólogos judíos disfrazados de “pueblo” para cambiar la dirección del dedo que los señalaba. Con el dinero logrado mediante la estafa y el engaño, y con el poder adquirido en Inglaterra, la judería fundó instituciones de fachada para ocultar sus verdaderos objetivos.

La principal de entre ellas fue la masonería, creada como un club de amigos ricos y nobles que se reunían para conversar, compartir vivencias y planear cómo ayudar a la sociedad. Cuando en realidad era más bien una especie de aula donde los sectores más pudientes de la sociedad eran llevados con engaños para ser adoctrinados con conceptos favorables a la judería.

De allí, de los campos de adoctrinamiento conocidos como logias masónicas, salieron los ideólogos de la revolución francesa para echarle la culpa de los males del pueblo a la monarquía, y así desviar la atención de la gente. El resultado fue una absurda masacre que terminó con el asesinato de miles y el extermino de la casa real francesa.

Lo primero que hicieron los “rebeldes” al tomar el poder fue proclamar la llamada “emancipación” de los judíos que supuestamente habrían estado siendo oprimidos. La “emancipación” no era otra cosa que darles beneficios civiles a los hebreos aumentando así sus libertades económicas y comerciales.

En realidad los judíos habían vivido bastante bien en Francia hasta entonces, sin embargo eran tratados con especial cuidado por las leyes nacionales francesas debido a sus acostumbrados embustes y por ser promotores de antros donde el alcoholismo y la prostitución reinaban.

El comunismo, por su parte, estuvo en auge a inicios del siglo XX y se produjo de manera muy similar a la revolución francesa. La única diferencia es que la protesta del pueblo ya no era contra el monopolio comercial agrícola, sino contra los empresarios explotadores.

Los judíos se habían adueñado de grandes fábricas y comenzaron a contratar a gente del campo prometiéndoles una mejor vida en la ciudad. Les dijeron a los aldeanos que podrían “vivir mejor” si trabajaban duro y sin descanso. Pero debían encerrarse todo el día en fábricas hacinadas hasta caer exhaustos, con escasa o nula alimentación, y con sueldos miserables. Todo para satisfacer la avaricia y ambición de unos pocos.

La gente se dio cuenta de la injusticia en la que estaba inmersa, y nuevamente señaló a los verdaderos culpables. Pero no tardaron en aparecer los mismos culpables disfrazados de obreros, organizaron sindicatos y proclamaron arengas contra sus empleadores. Muchos trabajadores les creyeron.

El judío Carlos Marx fue la figura visible de este nuevo comunismo, pero detrás se hallaba el plan semita de siempre. Según Marx los obreros debían rebelarse contra el estado que permitía la desigualdad. Los obreros debían tomar las riendas del estado mediante revoluciones violentas y luego entregarle el poder a sus líderes judíos. Ese era en esencia el plan de Marx que felizmente nunca funcionó plenamente.

Lo que si funcionó fue la llamada revolución rusa. La cual no estuvo dirigida por masones sino por personajes marxistas surgidos de la más dura cantera del judaísmo. Y tampoco apeló a los obreros en las ciudades sino a los agricultores en el campo. En realidad lo que se dio en Rusia fue la reedición de la revolución francesa bajo la pantalla del marxismo.

En el resto de Europa, pero principalmente en los Estados Unidos de Norteamérica, los judíos no pudieron lograr que el comunismo marxista tuviera éxito. La gente no se hallaba molesta contra sus gobernantes y pudieron resistir al control de los semitas.

Se tuvo que crear entonces falsos enemigos, que en el fondo solo eran los enemigos de los judíos y de nadie más. Y se volvió al concepto de “minoría oprimida” ya usado en Inglaterra por los Calvinistas. Ahora la minoría oprimida serían los mismos judíos, y el líder escogido para ser convertido en villano sería Adolf Hitler.

El judío atacó a Hitler porque el líder alemán era el más sincero y directo acusador de sus estafas y mentiras. Ese fue el secreto del éxito de Hitler. Al verse señalados por el líder más aceptado y aclamado del pueblo Ario, los judíos tuvieron que inventar guerras y urdir engaños.

Los alemanes que vivían en Polonia comenzaron a ser maltratados y vejados, sus mujeres violadas y sus libertades vulneradas por los judíos enquistados en el gobierno polaco. Luego de muchos diálogos truncados por la mala voluntad semita, Adolf Hitler decidió rescatar a sus compatriotas.

Hitler ingresó en Polonia sin provocar ningún daño a nadie pero, sin pruebas, fue acusado de invadir aquel país. Y solo por eso los “aliados”, integrados por Francia, Inglaterra y Rusia, lanzaron ataques militares sobre territorios alemanes y sobre poblaciones amigas de los germanos. El objetivo era derrocar a Hitler y eliminar su influencia.

Los norteamericanos no quisieron ingresar a la guerra pero fueron forzados mediante el uso masivo de propaganda. Los que dirigían las conductas populares ya no gritaban sus discursos en las plazas. Ahora la radio y los afiches propagandísticos trasmitían sus ideas. Aunque el concepto fundamental seguía siendo el mismo.

La gente que estaba contenta con su estilo de vida, perturbado muy de vez en cuando por la criminalidad judía o afroamericana, fue convencida de que Hitler y Alemania deseaban apoderarse del mundo. Pero el concepto de “dominio mundial” solo se halla inscrito en el libro sagrado de los judíos, el llamado Talmud. Allí se indica que todo aquel que no es judío es un animal que está obligado a servir al judío.

La victoria judía sobre Hitler fue lograda gracias al uso del engaño sobre las masas, las cuales, adoctrinadas y manipuladas, piensan siempre que combaten por causas nobles. Y, acabado el conflicto bélico, el judío ya con el control total de los pueblos que no sucumbieron al marxismo, comenzó a sacar provecho de sus logros.

La nueva juventud fue criada por la propaganda judía que convirtió a la brillante Raza Blanca en racista genocida, machista y discriminadora. Todo lo que alguna vez representó la gloria de Europa y de nuestros ancestros fue entonces presentado como algo de lo cual deberíamos avergonzarnos. La propaganda de la guerra ya se había encargado de presentar al hombre blanco como un ser “intolerante” contra los judíos.

Jamás se mencionó que el rechazo hacia los judíos se debe a que siempre están mintiendo para sacar provecho. No se dijo que los judíos siempre están metidos en negocios sucios donde vicios como la prostitución, la drogadicción y el alcoholismo son sus fuentes de ingresos. Y tampoco se mencionó que los judíos son incapaces de trabajar de manera honrada.

Nos dirán que generalizamos. Que lo nuestro es un prejuicio porque no todos los judíos son iguales. Pero si bien existen unos muy pocos judíos que rechazan valientemente todo lo que tenga que ver con su cultura, la gran mayoría de ellos responde siempre de manera casi automática al contexto cultural en el cual fueron criados y del cual absorben como esponjas todos sus vicios.

Los judíos “buenos” pueden ser contados con los dedos de una mano, y al ser tan pocos es obvio que también son fácilmente identificables. Solo con ellos, y jamás con todos los de su raza, debería el hombre blanco tener algún tipo de consideración.

Negros, mestizos, sudamericanos y demás minorías no tardaron en sumarse a las protestas por “igualdad de derechos” implementadas por los judíos. Pretendieron estas razas y subrazas no-blancas ser tratadas sin tener en cuenta sus altos índices de criminalidad propios al entorno del cual provienen, pero impropios dentro de sociedades blancas civilizadas.

Los judíos se tomaron las protestas de otros grupos raciales no-blancos de manera muy ligera y sin entender que los invasores, al igual que ellos, no son leales a nadie. Políticos judíos en toda Europa, Norteamérica y Australia han promovido la inmigración durante años por puro rencor y deseo de venganza contra la raza blanca a la cual envidian.

La judería promueve la “igualdad de razas” en todos los países blancos del mundo porque así pretenden humillar al hombre blanco. Hasta hace poco en Sudáfrica reinaba la paz y el progreso ya que las sociedades blancas vivían separadas de las negras. Pero el caos se apoderó de aquel país cuando el negro Nelson Mandela abolió la segregación. Tras Mandela se hallaba el judío Joe Slovo.

Del mismo modo el negro sexópata Martin Luther King fue asesorado y apoyado por judíos como Arnie Aronson, el rabino Uri Miller o el rabino Joachim Prinz, y en especial por Stanley Levinson de quién recibió todos sus discursos muy bien escritos y redactados, incluido aquel panfleto tan ampliamente promocionado que iniciaba con la emotiva frase: “Yo tengo un sueño”.

Se podría decir que la moderna revolución cultural comenzó con el judío Sigmund Freud, quien quería justificar sus propias perversiones afirmando que: quien no satisfacía sus impulsos sexuales, por más aberrantes que fuesen, terminaría cometiendo actos violentos. Para sobreponerse a las normas morales de la sociedad los judíos ya habían hecho que el masón Charles Drawin dijera que los hombres descendemos de los monos.

Según Darwin, dado que somos animales, nuestros comportamientos morales o inmorales dependen solo del beneficio “evolutivo” que obtengamos de ellos. Así se abrió la puerta para que cualquier judío venga a vendernos sexo, drogas y “entretenimiento” sin que sintamos ningún tipo de remordimiento por comprarle.

Tras el fracaso del comunismo, y como consecuencia directa de la derrota de Hitler, la judería comenzó a incitar con ahínco todo tipo de comportamiento depravado presentándolo como muestra de libertad. Ahora la lucha era por las “libertades individuales” contra el perverso opresor que estaba representado por la sociedad tradicional.

Se comenzó a decir que los homosexuales eran tan discriminados como los judíos. Y se concluyó que para que los degenerados sexuales sean “libres” debían satisfacer sus impulsos como sea y donde sea. Luego se sumaron a ellos los pedófilos, los zoófilos, los promiscuos y los onanistas.

Representantes y portavoces que comenzaron a hablar públicamente para convencer al público de estas tendencias fueron los judíos de la llamada Escuela de Frankfurt, entre los más resaltantes hebreos se puede mencionar a Max Horkheimer, Theodor W. Adorno, Georg Lukács, Walter Benjamin y Erich Fromm.

También se dijo que las mujeres habían sido “históricamente” discriminadas por los hombres del mismo modo en que los blancos discriminaron a los judíos. Feministas “destacadas”, que afirmaban que los hombres deberían desaparecer para que mujeres lesbianas obtengan el poder, fueron las judías Gloria Steinem, Betty Friedan, Emma Goldman, Rosa Luxemburg, Susan Sontag, entre otras.

Se puede decir que tras la derrota de Hitler la judería se ensañó contra todo lo que en algún momento hubiese sido defendido por la raza Aria. Todo hombre blanco y heterosexual era mostrado como la viva encarnación del mal. Todo hombre blanco y heterosexual era discriminador, misógino, machista y racista para la propaganda judía.

Y así el judío, al mismo tiempo que intenta destruir la civilización blanca, se aprovecha también de sus víctimas haciéndolas consumir todo tipo de degradación moral y cultural haciéndoles creer a los tontos que estas aberraciones son la máxima muestra de libertad.

Ahora la mujer que se divorcia puede esclavizarse con mayor “libertad” a su trabajo y a su dinero, el cual al final solo le sirve para comprar las idioteces que la propaganda judía le muestra como deseables. Y el maricón que se casa con otro maricón ha logrado un “avance” en la lucha contra la discriminación.

La discriminación es necesaria ya que permite diferenciar entre lo bueno y lo malo. De otro modo las sociedades se dirigirían indudablemente a su debacle. Pero los nuevos revolucionarios son siempre tolerantes con los cambios impuestos por el judaísmo y rebeldes contra todo lo que sea sano, honorable, y digno. Los judíos y sus borregos jamás defienden los verdaderos valores que nos hacen mejores.

El resultado del adoctrinamiento popular impuesto por el judaísmo terminada la segunda guerra mundial fue el denominado “hipismo”. Este “nuevo” movimiento revolucionario estuvo apadrinado por los judíos de Escuela de Frankfurt y por las divagaciones del judío Freud.

Pero la juventud que no adolece de nada se dio cuenta del engaño y pretendió luchar contra esa cultura de autocomplaciente egoísmo que solo nos dirige al vicio. Por ello los hebreos, como buenos embaucadores y propagandistas que son, inventaron nuevos estilos de vida acompañados casi siempre por un estilo musical y estético particular.

Los semitas, acostumbrados a los bares y a la vida nocturna, carentes de valores e ideales superiores, manipularon la música popular y le dieron una estética chocante copiada de sociedades primitivas. El peinado de erizo de los “punks” fue copiado de los indios mohicanos, y las perforaciones corporales las tomaros de las tribus africanas.

En este contexto el judío Hilly Kristal presentó en su bar de Nueva York al judío Richard Hell con la banda “Televisión” que luego fue copiada por el judío Malcolm McLaren para promover la imagen de los Sex Pistols en Inglaterra.

Judíos como Lou Reed, Joey y Tommy Ramone (de los Ramones), Lenny Kaye (compositor y guitariista de Patti Smith) o Chris Stein (de la banda Blondie), siempre han estado detras de esta revolución cultural conocida como “contracultura” resaltando solo lo aparente y jamás lo interior. Cuando la moda del punk caducó aparecieron nuevos sonidos y formas de vestir y de verse.

El sonido electrónico se hizo popular gracias a judíos como Martin Rev y Alan Vega de la banda Suicide, o a los judíos de los Beastie Boys. Y para negros y mestizos apareció el “Rap” en manos del judío Sumner Redstone, magnate del entretenimiento y dueño de la cadena musical MTV. Las temáticas del “Rap” incitan al odio contra los blancos mientras ensalzan las costumbres primitivas de otras razas.

Y así, podemos nombrar a cientos de músicos judíos que han impuesto estilos de vida anormales y pervertidos destinados a embrutecer a la juventud blanca con el vicio y la drogadicción para poder canalizar de este modo una sana rebeldía en beneficio exclusivo de los propios judíos. Un joven embrutecido es un puño menos que ya no se levantará para defenderse.

David Guetta, Lenny Kravitz, Gene Simmons y Paul Stanley (de la banda KISS), Mark Knopfler (de Dire Straits), David Lee Roth (Van Halen), Simon & Garfunkel, Michael Bolton, Adam Levine (Maroon 5), Paula Abdul, Pink, Barbra Streisand, Billy Joel, Amy Winehouse y muchos, pero muchos más de ellos son judíos.

Además, las disqueras y empresas fonográficas, así como las industrias del cine y la televisión que promueven estos estilos vida, son también regentadas por judíos. Pero ¿Quién nos habla de esto en las escuelas? ¿Quién menciona algo sobre el tema? ¿Cómo es educado el pueblo Ario hoy en día?

En lugar de estar revelándonos contra fantasmas mientras perseguimos los espejismos que nos presentan nuestros enemigos, los hombres blancos de todo el mundo, para ser verdaderamente libres, debemos ser capaces de identificar la causa de nuestros problemas y eliminarla definitivamente.

Anuncios