Fuentes: Primero el hombre / Antivegano / Misterios al descubierto / The speciesist’s corner / Revista Catalana de Dret Ambiental / Trinity a tierra / Liberalismo.org / The daily stormer / Catholic.net

El antinatalismo es una postura que promueve la extinción de la especie humana evitando nuevos nacimientos. El argumento principal de sus defensores es que la especie humana, y en particular la raza blanca, y la cultura occidental, es culpable de la destrucción de nuestro planeta. Aunque también existen antinatalistas subjetivos que no quieren más gente en el mundo porque para ellos la vida es horrible.

Obviamente es imposible que la postura antinatalista triunfe dado que es tan instintivo reproducirse como lo es alimentarse. Y no hablo aquí de la sensación que produce el acto sexual en si mismo sino de tener hijos, criarlos, cuidarlos y educarlos. Para nuestro organismo, tal como esta configurado de manera innata, tener relaciones sexuales sin tomar en cuenta la reproducción es como masticar sin poder ingerir el alimento.

Pero debemos analizar primero la idea de colocar el bienestar de plantas y animales por encima de los derechos humanos. Y es que a lo largo de la historia cuando un hombre es culpable de un crimen, a ese hombre se le castiga. Cuando una comunidad es culpable, se castiga a la comunidad. Si la especie humana estuviese haciéndole un daño irreparable a la naturaleza, el antinatalismo entonces sería justo.

Tampoco se trata de provocar mayor cantidad de nacimientos por razones económicas, expansionistas o militares. Sin embargo, los fundamentos de estas posturas contrarias a la reproducción y en general todas aquellas ideologías que intentan reducir la población mundial no se sostienen en verdades firmes e indiscutibles, por lo que cabe pensar en algún tipo de interés oculto de quienes las difunden.

En 1798 el clérigo anglicano Thomas Robert Malthus publicó su “Ensayo sobre el principio de la población” donde manifestaba su preocupación por la escasez de alimentos frente al exceso de población. Según Malthus la población aumentaría mucho más rápido que la cantidad de alimentos, lo que provocaría hambruna, enfermedad y muerte. Desde entonces la producción de alimentos ha crecido con la población.

En 1967 los hermanos William y Paul Paddock escriben el libro “¡Hambruna 1975!” actualizando las hipótesis de Malthus. Al año siguiente el judío Paul Ehrlich publica “La bomba poblacional” donde repite los argumentos de los hermanos Paddock. Inmediatamente después Ehrlich se dedica a promocionar la reducción de la población mundial para evitar una hipotética desaparición de todos los recursos naturales.

El entomólogo judío Paul Ehrlich repentinamente paso de escribir desconocidos libros sobre insectos a ser un conocido defensor de la naturaleza contra la desmedida ambición explotadora de la especie humana. Incluso a inicios de la década de 1980 Ehrlich realiza una apuesta pública con el también judío Julian Simon, quien era profesor universitario, para ver si los precios de algunos metales subían o bajaban después de diez años.

Una apuesta tan irrelevante para el tema de fondo se convirtió sin embargo en muy buena publicidad para Ehrlich a pesar de haber perdido. En 1969, un año después de la publicación del famoso libro de Ehrlich sobre “La bomba poblacional”, se crea el fondo de las Naciones Unidas para las actividades en materia de población. Ya finalizada la apuesta de Ehrlich con Simon, en 1990, el ambientalismo se vuelve una moda.

Durante la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo que fue organizada por la ONU en El Cairo en 1994 se habló de métodos anticonceptivos, aborto y educación sexual. Se afirmó que “para promover el desarrollo se debe controlar la población” y se diseñó un plan para “transformar el mundo” y reducir “el crecimiento sin precedentes de la población”.

Desde entonces muchos gobiernos han implementado cursos de educación sexual en las escuelas para que los menores de edad se acostumbren a ver el sexo como una diversión más, donde la única consecuencia indeseable son los hijos. Se promueve el uso de anticonceptivos y, como se supone que tener hijos perjudica la salud mental de la madre y le impide progresar, se intenta legalizar también el aborto. Pero allí no queda todo.

El judío Gary Yourofsky inició sus actividades en 1996 abogando por los derechos de los animales. Participó en atentados contra empresas que utilizan insumos animales y por sus ataques terroristas fue juzgado y condenado en Canadá. Yourofsky constantemente promueve el uso de la violencia, la tortura, la violación y el asesinato de quienes hace uso de objetos o servicios de origen animal.

Gary Yourofsky incita a sus seguidores a incendiar fábricas y criaderos, así como laboratorios donde se experimenta con animales. Y promueve actos terroristas contra cientos de personas que trabajan en dichos centros y que de ninguna manera odian o desean dañar a los animales. La solución de Yourofsky es sencilla: matar a los humanos y dejar vivir a los animales.

El discurso emocional de Yourofsky es muy promocionado por internet. Hoy en día tiene miles de seguidores virtuales que lo apoyan y le envían dinero. También realiza conferencias en escuelas y universidades. Y ha recibido fondos de asociaciones como PETA. Todo un negocio y una forma de vida basada en apelar a las emociones de compasión que sienten los humanos que él mismo declara odiar. No es nada nuevo.

Desde que Greenpeace fue fundada en 1972 muchas otras organizaciones han intentado seguir sus pasos. Intentan difundir la idea de una inminente catástrofe ecológica, que supuestamente es causada por los hombres, para así recibir donaciones. Las donaciones van siempre a los bolsillos de sus propios “especialistas” que además cobran por hablar frente a funcionarios y jefes de estado.

La asociación de “Personas por el Trato Ético de los Animales” (PETA por sus siglas en inglés) edita videos donde tendenciosamente se muestra animales torturados y maltratados para obtener alimento y pieles. Pero PETA no usa su dinero para cuidar animales, en sus refugios se eliminan mensualmente miles de perros que no pueden ser mantenidos. El dinero donado a PETA se queda en los bolsillos de sus dirigentes.

Pero analicemos ahora los fundamentos en los que se basan estos movimientos ambientalistas, ecologistas, antinatalistas y antihumanistas. Se afirma sin pruebas que el mundo está superpoblado y el crecimiento de población añade cada día un número impresionante de humanos a este pequeño planeta que ya no puede mantenerlos. En realidad los seres humanos ocupan actualmente solo el 3% de la superficie de la tierra.

No existe consenso científico sobre el calentamiento global. No se sabe cual es la causa de la reducción de la capa de ozono pero ya no se cree que sean los clorofluocarbonos de consumo humano. Los bosques del planeta no están desapareciendo y abarcan exactamente el mismo espacio que en los años 50. Aún no se sabe porque algunas especies desaparecen y otras no pero no tiene que ver con el hombre.

Los niveles de polución corresponden a malas políticas ambientales y no a la sobrepoblación de las ciudades. Los países comunistas tuvieron los mayores índices mundiales de contaminación cuando el crecimiento poblacional era bajo o negativo. La pobreza tampoco es producto de la sobrepoblación sino de las pésimas políticas económicas implementadas por quienes desde el poder desean aprovecharse del cargo. Echarle la culpa a la sobrepoblación es la estrategia de los líderes corruptos.

Actualmente los suministros de alimentos exceden las necesidades de la población mundial, pero están mal distribuidos. Incluso casos extremos como revoluciones y guerras se deben a intereses de terceros y no a la sobrepoblación. En el continente africano se producen más guerras, hay más pobreza y mayor contaminación que en el resto del mundo. Pero África es también el continente menos poblado del planeta.

El animalismo es una muestra más de los extremos a los que pueden llegar las falsas ideas de igualdad impuestas por la masonería. Es evidente que no somos iguales. No todos tenemos las mismas capacidades, defectos, ni características. Las personas enfermas no deben ser tratadas como sanas. Las distintas razas poseen distintas aptitudes naturales. Y los seres humanos en general no son iguales a los animales.

En el colmo de la locura mucha gente se une a la moda del vegetarianismo extremo o veganismo. Afirman que matar animales para comerlos es inmoral y suelen presentar falsas pruebas biológicas para justificar su elección ética. Y no es que se deba maltratar de ningún modo a los animales, sino que todo debe ser analizado en su justo lugar siempre de acuerdo con la realidad. Pero el veganismo está fuera de la realidad.

Ya en noviembre de 1933 el régimen Nacional Socialista de Adolf Hitler dictó una muy ponderada ley donde se delimitaba el uso de animales para alimento, trabajo, entretenimiento o investigación, y se prohibía todo tipo de sufrimiento animal. Pero Hitler ha sido tan difamado por los vencedores de la guerra mundial que sus ideas sobre el trato a los animales han sido usadas por unos y otros para atacarse mutuamente.

Entre las mentiras veganas se dice que los hombres tenemos un aparato digestivo más similar al de los herbívoros y que con una dieta especial, a base de hiervas solamente, podemos vivir bien. Pero nuestros intestinos no están preparados para digerir grandes cantidades de vegetales. Y en general todo nuestro organismo es característico de un omnívoro que debe alimentarse tanto de carnes como de plantas.

Las leyes de la naturaleza son inmutables. Si las vacas comen carne sus cerebros son destruidos por la encefalopatía espongiforme bovina. Si los hombres se vuelven caníbales el resultado son enfermedades neurológicas. Si dejamos de comer carne nos enfermamos. Pero los charlatanes lucran con los sentimientos de personas sensibles haciéndoles creer que son moralmente superiores al no utilizar animales.

Por si fuera poco, la alimentación vegana también repercute en la vida de miles de especies animales en todo el mundo. Para producir vegetales deben eliminarse las plagas de insectos que según la ética vegana son iguales a los humanos. Aves y mamíferos depredan las cosechas. Y los métodos para eliminarlos no son muy amables. Los propios animales se comen entre si. Los gatos disfrutan de ver sufrir al ratón.

Pero algunos hasta rechazan el uso de animales de compañía y no se preguntan que será de todos los animales domésticos que se quedarían sin hogar. Además, ¿a dónde irán a parar todas las vacas, chanchos y ovejas cuando queden en libertad? ¿Seguirán reproduciéndose? ¿Se convertirán en plagas? Y ¿los parásitos, virus y bacterias? ¿También deben ser respetados? ¿Debemos evitar los medicamentos que pueden curarnos porque estaríamos haciendo sufrir a las lombrices intestinales?

¿Donde esta el límite? ¿Las plantas no tienen derechos? ¿Las piedras tampoco? Es obvio que los animales superiores sienten dolor, miedo y hasta alegría, pero no poseen la conciencia que posee el ser humano. Hasta un niño menor de un año muestra una comprensión del mundo mucho mayor que el más inteligente de los gatos. Es por ello que a los animales se les debe respetar, pero no podemos caer en absurdos.

Hay mucho dinero moviéndose detrás de las organizaciones ambientalistas y ecologistas. Pero también hay mucho odio entre sus seguidores. Gente con padecimientos psiquiátricos, como la depresión, piensan que nadie más debe nacer porque “la vida es horrible”. Psicópatas que no quieren matar una mosca pretenden apalear a una mujer solo por usar zapatos de cuero.

Son insensibles ante el sufrimiento humano. No respetan ni admiran la cultura, el arte o la ciencia y sus avances. No son personas que hayan vivido cerca de los animales por lo que idealizan todo lo que no es humano. Y su visión pesimista y parcializada del mundo les hace ver solo los comportamientos negativos de los hombres dejando de lado todo lo bueno. Las ideologías igualitarias son peligrosas porque se basan en mentiras.

Pero lo peor es que estas falsas ideas de sobrepoblación y daño ambiental sirven de excusa para que grupos de judíos chauvinistas, movidos por sus propios fundamentalismos religiosos y culturales, puedan exterminarnos sin ser acusados. Si deseas que un pueblo se destruya a si mismo promueve entre ellos la defensa de los derechos animales. Basta con hacerle creer al hombre blanco que es culpable de todos los problemas del mundo. La falsa culpa lo hará matarse.

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