Fuentes: Juan Pelaez Gomez / ¿Cómo diablos me transformo?

El ser humano busca siempre ser feliz. Y todas las religiones deberían ayudarlo a conseguirlo. La cultura cristiana europea se centra en el bienestar espiritual, donde el comportamiento recto y moral es el camino. Otras culturas van tras una especie de bienestar material ampliado, el cual es proyectado después de la vida.

El hombre del Asia esta más inclinado a los sentidos que a las ideas abstractas. El honor japonés esta ligado al cumplimiento del deber. El honor europeo se basa en nuestras buenas acciones. El amor para los orientales es sentir al otro como una pequeña parte de mí dentro del océano que somos todos. En occidente amar es hacer lo posible para que el otro, como ser individual, sea también feliz.

Las más famosas religiones orientales, como el budismo y el hinduismo, han desarrollado métodos prácticos para sus adeptos. El objetivo es sentir que somos parte de todo y que todo es parte de nosotros para así poder “percibir” que ya lo tenemos todo, así como todo nos tiene a nosotros. De este modo se satisface el constante deseo por el placer material al tiempo que es también destruido.

El hombre occidental también posee deseos materiales, pero estos van complementados por la búsqueda metafísica de la bondad. No necesitamos salir de nosotros mismos para poder conmovernos con el dolor ajeno. Para el asiático la iluminación no implica un comportamiento moral. No debo actuar bien para alcanzar una conciencia superior.

Durante la meditación el practicante descubre que los opuestos siempre van unidos ya que todas las cosas interactúan entre si como células de un mismo organismo mucho más grande, que ya no puede ser comprendido por los sentidos físicos, y que los occidentales identificamos filosóficamente con Dios. Este proceso provoca el desinterés de la persona por la sociedad y por los demás porque ya nada resulta realmente importante comparado con el todo.

La llamada conciencia superior es en realidad una percepción ampliada (mental y física) similar a la que se produce tras la ingesta de sustancias alucinógenas como la marihuana, el peyote o la ayahuasca. Se caracteriza por creer que todas las cosas están unidas por lazos incomprensibles a simple vista. Y no es que esas conexiones sean falsas, pero comprenderlas todas provoca un cansancio innecesario y serios daños mentales.

Lo primero que nos advierten los mismos maestros que enseñan estas técnicas es que debemos relajarnos y vaciar nuestra mente de todo pensamiento, se trata de “percibir” el entorno, no de meditar sofísticamente sobre él. Lamentablemente no es tan fácil “vaciar la mente” y la sobrecarga informativa al ser procesada produce con frecuencia ataques de pánico.

Sientes que eres parte de todo, pero resulta que realmente eres una parte muy pequeña e insignificante, si no puedes dejar tu mente en blanco comienzas a creer que todos te atacan, debido a la desacostumbrada potencia con la que percibes el mundo, pero aun si logras eliminar cualquier tipo de pensamiento, es inevitable que termines con una sensación de que nada vale la pena.

Una de las formas más conocidas de meditación que se ha hecho famosa en occidente gracias a los promotores del orientalismo es el yoga. Se trata de realizar posturas físicas bastante complejas para distraer la mente y concentrarse en la simple percepción. El resultado inevitable son severas lesiones corporales incluso para los más expertos.

Desensibilizar la mente y eliminar los límites saludables de la percepción afecta también nuestra capacidad para reaccionar adecuadamente. Con la meditación perdemos el interés por lo cotidiano y comenzamos a creer que estamos por encima de los demás. Nos transformamos en seres incapaces de sentir normalmente emociones como el miedo o la compasión que son tan necesarias para nuestra supervivencia individual como para nuestro desarrollo social.

El orientalismo fue introducido en occidente tras la conquista de la India por parte de los ingleses en siglo XIX. Impulsados por grupos judíos como los masones, muchos europeos se interesaron por las técnicas y filosofías asiáticas e incluso llegaron a crear sociedades dedicadas al estudio de temas esotéricos y místicos. El trasfondo individualista del orientalismo le resultó muy atractivo a ciertas élites que pretendían desligar al hombre blanco de su pueblo y sus tradiciones.

Charlatanes e iluminados no se hicieron esperar, y llegaron a las grandes ciudades europeas a inicios del siglo XX, para completar el variopinto cuadro de alquimistas, adivinadores y cabalistas judíos, que desde la antigüedad habían plagado el viejo continente con disparatadas ideas sacadas de las tradiciones gnósticas y mistéricas traídas desde Asia por comerciantes que viajaban entre Grecia y Egipto.

Durante la segunda mitad del siglo XX el orientalismo fue promovido en occidente con el nombre de Nueva Era. Las técnicas asiáticas de meditación llegaron a las masas gracias al apoyo de grupos de poder liderados por los judíos del Instituto Tavistock, especializado en realizar campañas de propaganda masiva para inculcar ideas que de otro modo serían rechazadas por la población.

La Nueva Era fue diseñada por el Instituto Tavistock como una versión más digerible de las doctrinas orientales. Apadrinada por personajes famosos como los Beatles, la Nueva Era llegó a miles de hogares que vieron trastocadas sus costumbres tradicionales. El objetivo era reemplazar los valores sociales cristianos por algo más egoísta y meramente personal.

Los judíos desprecian todo lo que sea europeo y cristiano, porque los comportamientos tradicionales del hombre blanco son contrarios a los intereses materiales de los hebreos. En su afán por eliminar a Dios de las mentes occidentales el judío Andrew B. Newberg realizó algunos experimentos para saber qué parte del cerebro recibe mayor irrigación sanguínea cuando pensamos en Dios y así decir que es un concepto puramente mental.

Newberg no encontró nada relevante porque el concepto de Dios, incluso para los ateos, es demasiado amplio y no se limita sólo a un área del cerebro. Sin embargo observó que durante la meditación el riego sanguíneo disminuía en el área del cerebro que determina los límites del cuerpo y nos permite desplazarnos sin chocar contra las cosas. El mismo proceso se produce tras el consumo de drogas enteógenas.

Esto nos demuestra que la religión cristiana occidental comprende a Dios desde una perspectiva mucho más amplia que el limitado concepto oriental de trascender ciertos límites. Ya los antiguos griegos hablaban sobre Dios con mucha más profundidad y verdadera meditación filosófica. Y no es secreto que célebres teólogos cristianos como San Agustín y Santo Tomás se inspiraron en sabios paganos como Platón o Aristóteles.

Nuestra visión de Dios y del mundo, como europeos, es totalmente diferente a la de otros pueblos. No podemos andar importando conceptos religiosos sin esperar que tengan algún tipo de consecuencia. Nuestra forma de ser requiere del tipo de religiosidad específica que hemos creado y nunca estará plenamente satisfecha si nos limitamos seguir doctrinas creadas por otros para ser aplicadas entre ellos.

¡Respeta tu tradición y tus costumbres!

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