Todos sabemos de alguien que siempre tiene algo de que quejarse, al que nunca tratan como piensa que lo merece, pero que siempre anda cauteloso de no exagerar demasiado ni parecer ridículo en sus reclamos. El desprevenido podrá creerle, pero quienes lo conocemos sabemos que lo hace porque necesita cariño y atención.

Pero el victimizarse ha pasado de ser una carencia psicológica a convertirse en la principal estrategia del marxismo cultural o progresismo, nombres estos con los que se conoce la doctrina que pretende destruir todos los valores tradicionales de la sociedad occidental y remplazarlos por vicios, con el objetivo de controlarnos.

Es más fácil controlar a un drogadicto que solo busca satisfacerse y no es capaz de defenderse ante ningún ataque. Y esto lo saben los judíos promotores del marxismo cultural. Pero para poder introducirse en la mentalidad europea sin llamar la atención deben presentarse como víctimas. Solo así pueden pasar desapercibidos.

La libertad de expresión es el principal caballo de Troya de los progresistas. Comenzó con los masones controlados por judíos que incitaron la revolución francesa y el iluminismo. Y sigue siendo usado hoy en día afirmando que cada cual puede decir lo que se le venga en gana sin importar nada.

Es decir que insultar, faltar el respeto, promover el odio, incitar el crimen y la delincuencia, mentir, destruir honras, todo esta bien en nombre de la libertad de expresión. Pero eso si, si alguien dice la verdad sobre los judíos que están tras el marxismo cultural, entonces se le silencia inmediatamente.

La libertad de expresión es una gigantesca estupidez, nadie tiene derecho a insultarnos, pero no nos quejamos porque si lo hacemos inmediatamente nos tachan de autoritarios y fundamentalistas. Y así los agresores se convierten en víctimas de nuestros discursos aparentemente fascistas e intolerantes que no aceptan la diversidad de opiniones.

La defensa de inmigrantes, homosexuales, feministas, negros, y demás grupos que efectivamente perjudican el sano desarrollo de las sociedades europeas, es presentada como la lucha por los derechos de las minorías. Y así quienes destruyen nuestra cultura se transforman en falsas víctimas de nuestra supuesta discriminación.

El feminismo se basa única y exclusivamente en el arte de convertirse en víctima. El hombre blanco, sano y heterosexual es presentado por las feministas como un monstruo agresivo, abusador y autoritario. La caballerosidad es tachada de acoso y todo lo que hagan los hombres siempre estará mal para su retorcida mentalidad.

El homosexualismo es una insania decantada sobre la propia identidad, tan loco esta quien siente placer por ser penetrado analmente porque se cree mujer, como lo está quien pasa todo el día inmóvil porque se cree una piedra. Pero debemos aceptarlos porque sino los maricas se autoinmolarán como acosados mártires de la libertad.

Y es que la libertad se ha transformado en una palabra vacía y sin límites, y hemos llegado al punto en que hasta los parásitos tienen derecho a infectar nuestro organismo. De lo contrario se podrá decir que los parásitos se han convertido en víctimas de nuestro irracional odio, y que cuando intentamos curarnos los estamos oprimiendo.

Para fundamentar falsamente sus reclamos los maestros de victimismo suelen generalizar casos particulares. Siempre conocen un negro que no es violento, y tienen un amigo judío que es buena gente. Y no faltará quien conozca a un exitoso inmigrante que triunfó profesionalmente gracias a su esfuerzo e inteligencia.

El problema es que solo se deben generalizar los casos generales, racionalmente no generalizamos casos particulares. Si una plaga ataca la cosecha se la extermina como un todo porque es la manera más adecuada y eficiente de hacerlo. Nadie en su sano juicio se preocupa por el destino de los casos individuales.

Los casos individuales son el principal arma utilizada para demostrar falsamente que las minorías ajenas a nuestra cultura no son perjudiciales. El niño inmigrante que quedó huérfano o la refugiada de una zona de guerra son siempre casos emblemáticos. Ya no nos mueven las aplastantes estadísticas sobre delincuencia y caos.

Si tan limpios, pacíficos, amables y bondadosos son algunos invasores, harían bien mejorando la vida de la gente con la que comparten lazos étnicos y culturales, en lugar de venir a vivir a expensas de la gente blanca que es siempre mucho más limpia, pacífica, amable y bondadosa que ellos, y no solo en casos aislados.

Los judíos son los maestros del victimismo. Comienzan su historia huyendo de la esclavitud en Egipto, pero no hay ningún registro histórico que hable de ellos como esclavos. De acuerdo al Talmud los romanos asesinaron 40 millones de judíos durante una revuelta, pero entonces la población mundial de judíos no llegaba a tres millones.

Durante el siglo XX los judíos afirmaron, mediante relatos indemostrables de supuestos sobrevivientes, que los alemanes intentaron exterminarlos sistemáticamente. El objetivo del pueblo hebreo siempre ha sido causar lástima, acusando a otros de abusivos y discriminadores, para así poder ocultar sus propios crímenes y embustes.

Producto del victimismo nos hemos convertido en una sociedad afeminada donde lo más importante es evitar herir los sentimientos de ciertos grupos humanos que representan una verdadera amenaza para las naciones blancas. La moralidad inscrita en nuestra sangre ha sido reemplazada por un vago sentimentalismo.

Se ha subvertido el orden natural de las cosas, ahora lo malo es bueno y lo bueno es malo. Los judíos que hoy están en el poder son la antítesis del hombre blanco. Sus aspiraciones, prácticas y costumbres son opuestas a las nuestras. La convivencia con el adversario es imposible y sólo uno de los dos sobrevivirá.

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