El racismo suele definirse como el conjunto de actitudes que, basadas en el concepto de raza, permiten ciertos beneficios a unos y se los niegan a otros. Los privilegios que son negados dependen de los sentimientos del agredido y no existen límites bien definidos al respecto. Cualquier cosa puede ser racismo.

Un negro puede pensar que alguna película es racista porque no aparecen personajes de su raza, olvidando la libertad del autor para modelar sus personajes. Y constantemente se producen protestas contra afiches publicitarios o catálogos de productos donde solo aparecen personas de raza blanca.

El racismo bien entendido es el amor y sano orgullo que uno siente por la propia raza. Si un chino rescata los logros de su cultura por sobre las demás es bien visto, pero si un blanco hace lo mismo, inmediatamente se le estigmatiza como un fanático poco tolerante que odia a las demás razas.

El odio es un sentimiento bajo y ruin que envenena la vida de quien lo siente. Es pensar constantemente en hacerle daño a otros. El rencor no es común entre la gente de raza blanca. La resonancia emocional de los blancos, es decir la cantidad de tiempo que dura la ira, es mínima comparada con otras razas.

La mayor cantidad de burlas basadas en la envidia y el resentimiento provienen de grupos raciales mestizos, como los judíos, los indoamericanos o los árabes, que no ocultan su rechazo hacia la raza blanca. Y de negros y asiáticos que disfrutan mofándose de los occidentales.

Los más proclives a demostrar su odio público contra la cultura occidental son los humoristas negros y judíos. Para ellos decir que los blancos son tontos, incultos, egoístas, mojigatos y moralistas es causa de risa. Y les divierte hablar sobre las diferentes formas de humillarnos.

Se excusan en la libertad de expresión, pero no existe el derecho al insulto. Porque el insulto es también una forma violencia. Si todos tuviésemos derecho a expresar lo que sea sin límites a nuestra libertad, entonces también podríamos expresar nuestras frustraciones matándonos unos a otros hasta exterminarnos todos.

Nos dicen que el racismo no puede darse contra los blancos porque los blancos poseen el poder. Creen que alguien que no tiene poder no puede discriminar a alguien que si lo tiene. Y eso es una verdad a medias. Alguien que no tiene poder sí puede rechazar y maltratar a otros, aunque los efectos de sus actos tendrán menor repercusión.

Es cierto que el abusivo de la escuela puede arruinarle la vida al más débil. El mafioso que tiene dinero puede silenciar a quien lo delata. Y el grupo étnico al mando puede engañar, insultar, agredir y hasta matar fácilmente a miembros de otras razas. El error es pensar que ese poder está en manos de los blancos.

Turistas blancos son constantemente estafados y agredidos en países de mayoría indígena como Bolivia. Los niños blancos, cuyo desarrollo físico es más lento, son víctimas de abuso por parte de negros en las escuelas. Y Los blancos que defienden su raza contra las sucias estrategias judías de control económico y político son silenciados y encarcelados.

Al ver esta realidad algunos reclaman que, si bien el poder se halla hoy en manos judías, en el pasado fue el abusivo hombre blanco el que inventó la idea de superioridad racial para poder colonizar y esclavizar a otros pueblos. Por eso los descendientes de las razas oprimidas deben vengar a sus antepasados.

Pero el racismo ha existido desde siempre. Cada grupo humano tiene una forma de vida particular que se adapta a sus propios requerimientos genéticos y fisiológicos. Y a lo largo de la historia ningún pueblo ha permitido que elementos extranjeros disfruten de los mismos privilegios que sus propios habitantes.

Los judíos se jactan en la Biblia del exterminio de otros pueblos solo por ser diferentes y no creer lo mismo que ellos. Los hindúes crearon un sistema de castas basado en la pureza racial. En Japón el rechazo hacia los extranjeros fue una tradición cultural que se mantuvo hasta la Segunda Guerra Mundial.

La esclavitud fue prohibida por el cristianismo en toda Europa mientras que mercaderes judíos y árabes secuestraban a hombres, mujeres y niños para venderlos como esclavos en Asia. En América no se aplicó la prohibición eclesiástica contra el tráfico de hombres, y fueron los judíos quienes compraron negros para venderlos en el nuevo mundo.

Pero aun si fuera cierto que los blancos abusaron de otros, las actuales generaciones no deben pagar por los supuestos errores de sus ancestros. No es justo castigar al hijo por el crimen del padre. Actualmente en casi todos los países occidentales, donde creyeron en la mentira antiblanca, las razas ajenas tienen privilegios especiales sobre los blancos. ¿No es eso suficiente?

Echarle la culpa a los blancos de todos los males del mundo es una mentira que les da a otras razas y subrazas una aparente legitimidad para justificar su odio contra los blancos. Todos lo pueblos ven al extranjero como una distorsión en su forma de vida. El racismo es natural y construye nuestra identidad. Pero el odio solo destruye. ¡Dile no al odio antiblanco!

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