Un niño es impulsivo, no controla aun sus sentimientos, y carece de conciencia plena sobre sus actos. Sus reacciones son más bien mecánicas, aprende por repetición, y por lo tanto tiende a repetir frases y actitudes una y otra vez aunque estén fuera de contexto.

Así es, el niño debe gastar mucha energía también en crecer y desarrollarse, al menos hasta los siete años, es por ello que en lugar de analizar lo que hacen los demás, solo los imita dentro de sus límites y posibilidades. Un mayor desarrollo mental vendrá luego.

Es sabido que las sectas intentan revivir comportamientos infantiles para controlar a sus adeptos. Es fácil manipular a un individuo que no cuestiona la autoridad, pero que al mismo tiempo tampoco se cuestiona a si mismo.

Si un esclavo mental se limita a imitar lo que le muestran, entonces habrá que mostrarle lo que debe hacer, debe trabajar todo el día para tomar su cerveza de noche al llegar a casa, comer una pizza familiar entera y sentarse frente al televisor a recibir más instrucciones.

Para el líder que vive feliz sin trabajar, para el que se aprovecha de los demás e incluso se divierte viéndonos a todos como esclavos, para él no es bueno explicarle nada a la gente, las ideologías son para convencer a los que piensan, lo mejor es que no piensen.

Cuando un rebelde se pone a cuestionar el orden impuesto, solo queda engañarlo con explicaciones capitalistas, comunistas, libertarias, fascistas, anarquistas o lo que sea, para que, si no se adhiere a cualquiera de ellas, por lo menos quede bastante confundido.

Pero el rebelde ya es un adolescente que comienza a pensar por si mismo, y lo que la élite gobernante quiere son solo niños grandes que puedan ser movidos por simples premios y castigos. Apelando a los sentimientos descontrolados y sin juicio crítico.

Felizmente los niños no tienen impulsos sexuales, por eso la pedofilia es una lacra abominable. Pero los adultos sí que los tienen, y es fácil entretenernos con anuncios y programas que muestran el objeto de deseo, y es mejor si es un deseo desordenado.

Por eso la promiscuidad y el homosexualismo son constantemente martillados dentro de nuestros cerebros por medio de películas, programas televisivos, música y todo tipo de modas. Pero eso es solo una parte de la gran maquinaria de consumo.

No solo el sexo es satisfactorio, hoy en día cualquiera puede distraerse paseando por un centro comercial, tomando un café, y comprando todo lo que se le ocurra. El que no compra se aburre, porque lo único que ve son escaparates con productos para consumir.

El niño busca la satisfacción inmediata, no le gusta aburrirse. Por eso lo vemos como un pequeño egoísta que solo piensa en si mismo. Lo único que le interesa es satisfacer el peregrino deseo que se le cruza por la cabeza, impulsado por quien sabe qué estímulos.

Ya no pensamos que sea agradable vivir en el campo conversando con la abuela sobre su pasado. Al niño le gusta correr y saltar, no sentarse a escuchar a la abuela. Si quiero que se quede en casa porque fuera puede resfriarse, debo darle un premio o castigarlo.

El niño teme al adulto porque si no obedece es posible que le hagan algo que no le gustará. La sociedad infantil utiliza el miedo al castigo para sus propios fines. Nos dicen que todo es peligroso, el mundo, las calles y hasta tu casa. Es un riesgo vivir.

Si le doy un chocolate al niño cuando llora, entonces se quedará callado, pero si no le doy más chocolates por un buen tiempo, de tanto recordarlos, aumentará su deseo. Y así comenzará a verme con temor, como alguien superior, que puede darle y quitarle lo que más quiere.

La seguridad, según los medios masivos de comunicación, no solo es colocar una cámara en tu puerta. La seguridad es consumir, divertirse, comprar de todo, y así olvidarnos un rato de nuestra inseguridad. Aunque en las noticias de la noche volvamos a recordarlo.

Pero la sociedad también necesita de técnicos y científicos que diseñen los juguetes. No importa comprender el universo mientras se sigan fabricando teléfonos inteligentes y televisores cada vez más grandes. La ciencia también debe ser infantil.

Si el niño es ligeramente hábil, y es bien entrenado, puede tocar el violín, pero no sabe por qué ni para qué lo hace. Lamentablemente la sociedad moderna nos hace tocar el violín para un grupo de titiriteros a los que ni siquiera podemos verles la cara.

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