En 1776 se fundó en el sur de Alemania, en Baviera, una sociedad llamativa. El fundador de esta sociedad llamada “Illuminati”, es decir, “Iluminada”, fue el profesor de derecho Adam Weishaupt. Dicha sociedad poseía dos atributos que la hacían muy interesante: era secreta y establecía un programa político muy pretensioso, redactado por Weishaupt, donde se definía el propósito principal de la siguiente manera: La abolición de todas las monarquías y sistemas gubernamentales. Y la abolición de todas las religiones “teístas”.

La sociedad era extremadamente opuesta a la religión. De acuerdo con lo que expresa el historiador inglés Michael Howard, Weishaupt sentía un “odio patológico” hacia las religiones divinas.

En realidad dicha sociedad era una logia masónica. Weishaupt era un decano de la masonería y la organizó de acuerdo con el estilo tradicional que la caracterizaba. Los Illuminati se desarrollaron a una velocidad asombrosa y Weishaupt estableció su autoridad sobre los cientos de intelectuales que allí se reunían. Muy pocos de ellos podían ver cara a cara al “gran maestro” Weishaupt. En 1780, con la participación del Barón Von Knigge, uno de los más grandes maestros de las logias masónicas alemanas, el poder de la sociedad se expandió mucho. Weishaupt y Knigge empezaron los preparativos para hacer una revolución que se la definiría como “socialista”. No obstante, cuando el gobierno descubrió este emprendimiento, los maestros iluminados, Weishaupt y Knigge, decidieron participar solamente en las actividades ordinarias de sus logias y disolvieron la sociedad antedicha. Este paso lo dieron en 1782.

En los primeros años del siglo XIX se estableció en Alemania una nueva sociedad que buscaba preservar la tradición de la “Illuminati”. Esa sociedad se pasó a llamar “Asociación de los Hombres Honestos”. Transcurrido cierto tiempo cambió su nombre por el de “Asociación de los Comunistas”. Carlos Marx y Federico Engels escribieron el Manifiesto Comunista de acuerdo con las instrucciones recibidas de la última asociación nombrada. Como se sabe, dicho Manifiesto definió a la religión como “el opio del pueblo”, asegurando que una de las condiciones de una sociedad ideal debería ser una “sociedad sin clases”, a la vez que consideraba que el único camino para la salvación de la humanidad era la eliminación de todas las creencias religiosas.

En realidad, la “Sociedad Illuminati” fundada por Weishaupt, y su extensión, la “Asociación de los Hombres Honestos”, eran dos más de otras organizaciones similares que se establecieron en Europa en el siglo XVIII. La característica común de todas ellas, en paralelo con la filosofía del Iluminismo dominante en esa época, era su vigorosa oposición a las religiones monoteístas. Puesto que la filosofía iluminista impuso la idea de que la única guía de los seres humanos era su propio razonamiento, se proclamó que no se necesitaba para nada la guía Divina (es decir, la inspiración divina). De acuerdo a los defensores del Iluminismo, la razón y la ciencia humana eran dos poderes mágicos que resolverían todos los problemas de la humanidad, a la vez que definieron a la religión como un obstáculo que retrasaba el progreso del género humano.

La consecuencia política más importante del Iluminismo fue la Revolución Francesa. El rasgo más evidente de ésta fue el odio a la Iglesia y, aún más, contra la propia religión. En los días más caóticos de la Revolución se desarrolló un amplio movimiento para “liberarse de la religión” como resultado de la intensa propaganda de los jacobinos, pioneros de la asonada. Además, a la gente se le presentó un nuevo “espíritu religioso”. En consecuencia, se empezó a difundir por medio de la propaganda el “culto a la Revolución”, de lo cual se dio testimonio por primera vez en el Festival de la Federación que se llevó a cabo el 14 de julio de 1790. Robespierre, el conocido líder de la Revolución, presentó algunas normas para este “culto revolucionario”. Definió las máximas de esta adoración en un informe que denominó “Culto al Ser Supremo”. Una consecuencia notable de esto fue la transformación de la Iglesia Notre Dame en el “templo de la razón”. Por lo tanto, las imágenes ubicadas sobre las paredes de la iglesia fueron bajadas y en medio del edificio se colocó la estatua de una mujer, a la que se definió como la Diosa de la Razón.

De hecho, estas circunstancias dieron lugar a un resultado predeterminado. La propaganda de la filosofía iluminista estuvo siempre envuelta de un aspecto tramposo o falso, dirigido a la abolición de la religión. Mientras una religión Providencial, el Cristianismo, estaba siendo abolida, se buscaba reemplazarla por otra religión, la llamada “religión de la razón”. En otras palabras, las consignas de los defensores del Iluminismo, como “liberar la razón humana de todo tipo de reglas”, no reflejaban lo que realmente perseguían. Por el contrario, se removían las normas de las religiones monoteístas pero se las reemplazaba por otras.

En resumen, la guerra contra la religión (cristiana) en el período del Iluminismo fue en realidad una guerra contra todas las religiones divinamente inspiradas. Se consideraba que la única manera de ganar esta guerra era reemplazar las religiones Providenciales por otras religiones artificiales de hechura humana.

Durante la Revolución Francesa se hicieron muchos intentos por volver a imponer las religiones con múltiples dioses (paganas) que existían antes de la Cristiandad en las sociedades europeas. Casi todos los símbolos usados en la Revolución Francesa fueron tomados de los antiguos cultos paganos. Como se estaba dando nueva vida a las antiguas culturas griega y romana, también se estaban tomando los conceptos religiosos de las mismas.

Sintetizando, Europa experimentaba una gran fractura religiosa durante los siglos XVIII y XIX. La creencia del Iluminismo, que daba por hecho que no era posible el progreso sin la abolición de la religión, produjo un gran efecto, debido a la contribución brindada por los filósofos para diseminarla en distintas sociedades y debido a la Revolución Francesa, lo cual dio lugar a los acontecimientos políticos que siguieron.

¿Cuáles eran las fuerzas que impulsaron esta gran reforma? ¿Quiénes llevaron a cabo una lucha tan organizada contra la religión?

Orden Y Cambio

Nos remitimos a las preguntas antedichas porque todos los tipos de cambios “filosóficos” tienen un aspecto político.

Los cambios en los pensamientos y las creencias en materia “filosófica” -que se refieren al sentido y propósito de este mundo y de la vida humana- tuvieron siempre como resultado, a largo plazo, cambios en lo político, social y económico. Debido a esto, la única manera de crear un cambio fundamental y permanente en el orden socio-político, es modificar los pensamientos y las creencias expresadas por medio de la función “filosófica”. El camino obligatorio para retener un orden socio-político es evitar la alteración de la llamada infraestructura intelectual “filosófica”. Si en la sociedad solamente se produce un cambio político, es decir, una “revolución”, pero dejamos sin modificar los fundamentos filosóficos, el nuevo orden que se establezca no será duradero o estable. Por ejemplo, debido a una revolución, un estado puede convertirse en socialista, pero si la mayoría de la sociedad no hace suyas las características propias del “materialismo dialéctico”, colapsará ante un eventual choque político. El ascenso y caída del socialismo en el siglo XX lo evidencia. De la misma manera, se puede constituir un Estado-nación después de derrocar a una monarquía al culminar una revolución, pero a menos que la propia sociedad se vea como una nueva “nación”, el estado que se pasó a constituir será inestable.

Esta teoría socio-política dirige a la siguiente conclusión: si un grupo de personas quiere crear un cambio en regla y permanente, tiene que concretar una revolución intelectual definida, además de la revolución política (el concepto de “hegemonía cultural” que mencionamos antes tiene el mismo sentido). Ciertamente, es posible llegar a una exposición lógica a partir de esta conclusión: por detrás de las fracturas y cambios intelectuales de la historia puede estar la voluntad de “algunas personas” que quieren establecer un nuevo orden político-social.

Si evaluamos la guerra llevada contra la religión dentro de esta amplia estructura, nos encontramos con algunas fuerzas que promueven la ideología que conduce a ella.

Poder Y Oposición En Europa

En Europa, durante la Edad Media, el gobierno estaba manejado por dos poderes centrales: la Iglesia y la aristocracia.

La Iglesia era superior en fuerza a la aristocracia pues tenía autoridad para destituir a los miembros de esta última, además de una mejor disposición de ánimo como producto de esa autoridad. El poder de la Iglesia descansaba en una base social estable y considerablemente sólida, dado que las ideas “filosóficas” del pueblo proporcionaban la justificación de esta autoridad religiosa. Antes que nada, la religión era aceptada como la mejor guía por el pueblo, quien creía que el universo en el que vivía y todo el género humano fueron creados por Dios. Asimismo, también creían que algún día Dios daría por terminada la existencia del universo y juzgaría a los humanos después de su muerte. El orden social se constituyó sobre esa creencia, es decir, sobre la realidad de que los seres humanos y el universo fueron creados. Naturalmente entonces, una autoridad social podía ser legítima únicamente si recibía la potestad de Dios o, en otras palabras, si todo se gobernaba de acuerdo a Sus normas.

Pero algunos poderes seculares se opusieron a la Iglesia porque no podían gozar de suficiente “oportunismo” o “vida libre” dentro del orden católico europeo. Entre esos opositores se puede mencionar, sin lugar a dudas, a cierta parte de la aristocracia y particularmente a los reyes. De todos modos, el objetivo de esa fuerza opositora era un cambio muy limitado en el orden existente. Querían debilitar el poder de la Iglesia –no abolirla– y ocupar esa zona debilitada. Es debido a esto que se aliaron con algunos grupos sociales que eran los verdaderos pioneros de transformaciones más radicales, para caer luego víctimas de esas transformaciones.

La fuerza social más importante que respaldaba la transformación era la nueva clase que se convirtió en rica por medio del mercantilismo y logró un considerable poder material a fines de la Edad Media. La nueva clase rica, definida como “aristocracia” en la terminología de la ciencia política, no podía despojarse de la dominación cultural y política de la Iglesia, a pesar de haber obtenido un interesante poder económico. Entonces tenía que iniciar un cambio de más envergadura que le posibilitara hacer valer su poder económico en la arena política y cultural.

Y eso es lo que hizo. Las revoluciones intelectuales que golpearon a la Iglesia Católica, como la Humanista, la Protestante y la Iluminista, se llevaron a cabo siempre con el apoyo del poder económico de la aristocracia. Es debido a esto que la Revolución Francesa y otras revoluciones hechas a la luz de la filosofía iluminista se definen como “revoluciones burguesas” en la ciencia política.

Pero dentro de la “burguesía” había grupos y organizaciones específicos. Uno de esos grupos era el de los judíos, quienes habían sido excluidos por el orden religioso europeo y por lo tanto tenían una animosidad considerable hacia el mismo. En consecuencia, apoyaron las transformaciones políticas y sociales que deberían abolir la Iglesia.

Las organizaciones que reunieron a los elementos “burgueses” eran sociedades abiertas o secretas que se constituyeron en base a la filosofía iluminista. La masonería, que ocupa el lugar central de casi todas esas sociedades, fue la que estipuló que participen en las mismas una importante parte de los estadistas e intelectuales en los siglos XVIII y XIX, fue la que promocionó el pensamiento iluminista y la que combatió contra la religión. La mayoría de las otras organizaciones y sociedades colocadas en el mismo bando que los masones –como Illuminati– estaban relacionadas con la masonería de una u otra manera.

En resumen, la Masonería ocupaba el papel central entre las fuerzas sociales que condujeron al cambio del orden existente en Europa, y dieron lugar al orden secular (antirreligioso), aboliendo el orden social cristiano.

El Papel De La Masonería

En otros escritos hemos examinado en profundidad el papel de la masonería en la guerra contra la religión. Ahora nos referiremos de manera superficial a su papel en dos aspectos significativos de dicha guerra.

La gran mayoría de los filósofos iluministas, particularmente los que poseían una rígida visión antirreligiosa, eran masones. Los precursores de la Revolución Francesa y sus pioneros, los jacobinos, también eran miembros de logias masónicas.

El papel de la masonería en la Revolución Francesa fue confesado en aquella época por un “agente provocador” llamado Conde de Cagliostro, quien fue arrestado por la Inquisición en 1789 y confesó todo lo que sabía para salvar la vida. Lo más notable de lo que dijo fue que los masones planeaban iniciar una cadena de revoluciones en Europa. También declaró que el principal propósito era abolir el Papado o ponerlo bajo su control. Cagliostro llamó la atención sobre otro aspecto de la “burguesía”. En sus confesiones mencionó que los banqueros internacionales judíos apoyaban financieramente todas las actividades revolucionarias y que el dinero proveniente de esa fuente tuvo una participación muy importante en la Revolución Francesa.

Los dos componentes más significativos de la “burguesía” –masones y banqueros judíos– y los más radicales contra la autoridad eclesiástica, fueron los que jugaron materialmente el papel principal en la Revolución Francesa, es decir, en la revolución “burguesa” más grande de la historia.

La alianza anticatólica, conducida en cooperación por los nombrados, dio el golpe final sobre la autoridad del Papa. El estado Pontificio fue abatido por tres grandes “maestros masones”, es decir, Mazzini, Garibaldi y Cavour, después de una larga lucha política y militar. De esa manera la autoridad eclesial fue totalmente desbaratada y el Estado Pontificio quedó comprimido dentro de los diminutos límites del actual Vaticano. Mazzini y sus otros amigos masones fueron apoyados al principio por Roselli y Nathan, las opulentas dinastías judías de Italia.

Según el autor del libro “La Iglesia Católica Romana y el Arte”, el maestro masón Allec Mellor, “la principal política de Italia, después de mediados del siglo XIX, fue oponerse al Papado, lo cual fue manejado directamente por las logias masónicas”.

El Régimen Del Nuevo Orden Secular

Como describimos antes, con la postración del Estado Pontificio, la autoridad religiosa recibió el golpe más grande y por lo tanto colapsó la principal defensora del orden socio-político que dependía de la religión. Pero esta victoria política no fue obtenida solamente por medio de maniobras políticas: primero el Humanismo, después el Protestantismo y por último el Iluminismo, prepararon el camino para un gran cambio mental del pueblo europeo. La victoria política se obtuvo solamente después de ese cambio. La autoridad política se debilitó y quedó expuesta a su fracaso político porque la fe en la religión fue abatida y ésta comenzó a no ser aceptada.

El nombre del nuevo orden establecido inmediatamente después de la destitución de la autoridad religiosa fue grabado sobre el Gran Sello de los Estados Unidos de Norteamérica, nación a la que se señaló como “la primera república masónica del mundo”. En la otra cara del sello se veían dos sentencias en latín: Annuit Coeptis en la parte superior y Novus Ordo Seclorum en la parte inferior, y también el símbolo masónico de “el ojo dentro del triángulo”. El sentido de esto es “la consumación de lo iniciado”, “El Nuevo Orden de la Época”. Pero la palabra seclorum tuvo un segundo sentido después de cierto tiempo, es decir, el de “secular”, o sea, “no religioso”. Entonces el mensaje que circunda el símbolo masónico se puede leer así: “La Consumación de lo Ya Iniciado”, “El Nuevo Orden Secular”.

Al establecerse después de un largo combate, es decir, por medio de “la consumación de lo ya iniciado”, el Nuevo Orden Secular, para mantener su existencia, quedó obligado a debilitar la creencia religiosa. Para ello se apoyaría, sin lugar a dudas, en los mismos elementos con los que pasó a existir. Es debido a esto que continuó la Guerra Contra la Religión después de la derrota política de la Iglesia. El objetivo era aislar o alejar la mentalidad inducida por valores y criterios religiosos para crear una sociedad homogénea construida con personas que tengan una forma de pensar totalmente no religiosa. Por lo tanto, la posibilidad de “recuperación” de la autoridad religiosa se esfumaba completamente.

Esto significó también que el Nuevo Orden Secular fuera absolutamente totalitario. Pero ese totalitarismo lo practicaría de una manera muy sofisticada. Es decir, no por la fuerza bruta sino por la sugerencia de otras ideas (en exclusividad). La sociedad ni siquiera se daría cuenta del aspecto totalitario de ese orden. Pensaría que se estaba “autodirigiendo”, pero las discusiones a ese efecto no podían sobrepasar ciertos límites determinados por el Nuevo Orden Secular. Se programaría la mente de las personas para que no puedan pensar más allá de esos límites.

Este es el método totalitario más exitoso y efectivo, pues la oposición se reduce entonces a algo mínimo. Es posible oponerse a un totalitarismo riguroso, pero ¿quién se opondría a un totalitarismo que se presenta ambiguo?

Un mundo así fue el que presentó el autor inglés Aldous Huxley en su conocida obra de ciencia ficción “Un Mundo Feliz”, publicado en 1932, donde describía un Estado Mundial, una administración totalitaria que dominaría en el futuro todo el mundo. Ese Estado Mundial era totalitario pero no usaba la fuerza bruta contra el pueblo porque tampoco se valía de los métodos primitivos del totalitarismo. Se estaba programando al pueblo para que obedezca. En la edición de 1946 Huxley llamó la atención sobre este punto y escribió que “en un régimen de opresión efectivo las personas pueden ser manejadas y controladas sin el uso de la fuerza bruta porque se acostumbrarán a ser esclavas en cualquier caso”. George Orwell ha descrito un totalitarismo parecido en su libro también de ciencia ficción titulado”1984″.

Los modelos totalitarios de ambos libros tienen un aspecto similar significativo: la distorsión de la historia. Los dominadores, para su beneficio, eliminaron primero la historia y después la reescribieron. De esta manera se convencía a todos que el conjunto de órdenes sociales anteriores a la “revolución” eran injustos, opresivos y “oscurantistas”. Las poblaciones pensaban que el orden social que vivían era el más avanzado, el más justo, el más libre y el más “brillante” de todos los existentes hasta entonces.

El Nuevo Orden Secular europeo, establecido inmediatamente después del derrocamiento del orden socio-político religioso, asumió como su “régimen” este totalitarismo sofisticado descrito en los libros mencionados. El nombre del “régimen” fue “libertad, fraternidad, igualdad”, pero fue de lo más totalitario al imponer en la mente de los pueblos su ideología (de manera exclusiva).

Siglo XIX : La Cumbre Del Nuevo Orden Secular

La tendencia no religiosa erigida por esos que estaban molestos con el orden religioso alcanzó la cumbre en el siglo XIX, siglo que se distinguió por el florecimiento de los puntos de vista materialistas, positivistas y deterministas.

El materialismo es un sistema de pensamiento que afirma que la única realidad es la material y que no existe nada más que lo material. De acuerdo a esto la materia existió desde el comienzo del mundo y seguirá existiendo eternamente. Por lo tanto, se pasa a negar la existencia de Dios y el hecho de que El creó todo lo viviente. Según el materialismo toda la vida se establece sobre la materia y el “designio” no juega ningún papel. La gente llega a un punto en el que piensa solamente en consumir cada vez más y poseer la mayor cantidad de bienes materiales posibles. El único sentido y valor de la vida es la riqueza material, es decir, el dinero. Esta situación resulta muy conveniente para los centros de poder, poseedores de enormes riquezas materiales y deseos de que el pueblo les obedezca. Esta forma de pensar proviene de los primeros materialistas.

El positivismo y el determinismo fueron resultados naturales del materialismo. El pensamiento positivista, desarrollado por Augusto Comte, afirma que solamente esas cosas que se pueden demostrar experimentalmente son reales y existen. Sostiene que todas las cosas deberían pasar por el tamiz del conocimiento experimental y solamente lo que es aprobado por éste debe ser considerado cierto. Por otra parte, el determinismo defiende que todos los incidentes son el resultado de las relaciones entre los elementos materiales y que todo el universo opera de una manera mecánica dentro de una relación causa-efecto.

Con la admisión de esa forma de pensar, Europa alcanzó el punto extremo de rompimiento violento con la religión. En el siglo XIX había mucha gente que pensaba que la religión era una doctrina antigua perdida en las páginas polvorientas de la historia. Al transformarse “la ciencia y la razón” en algo casi adorado, se pasó a creer que los descubridores y exploradores serían los que resolverían todos los problemas del ser humano.

Además, se pensaba que era necesario exportar el Nuevo Orden Secular a otras civilizaciones. La religión tenía que ser quitada de la faz de la tierra, no solamente de Europa, de modo que no pudiera emerger nuevamente. Por suerte para quienes pensaban así, ya estaban dadas las condiciones económico-políticas requeridas para la exportación de ese orden. La civilización occidental había adquirido una gran fuerza material gracias a los ídolos del capitalismo, es decir, “la producción y acumulación de capital”. La industria desarrollada necesitaba nuevas fuentes de materia prima y a este objeto los poderosos de occidente se dirigieron a todos los rincones del mundo, militar y políticamente. Y las civilizaciones que eran subyugadas a través de esos ídolos, podían quedar bajo control por medio del dominio intelectual. La exportación de ese “nuevo” orden necesitaba de la invasión intelectual.

Es por esto que los pensadores secularistas occidentales, que se hicieron numerosos en el siglo XIX, tenían un solo objetivo: alabar el Nuevo Orden Secular e inducir a que las otras civilizaciones sea compelidas a admitirlo.

Pensadores como Augusto Comte, Emile Durkheim, Ferdinand Tönnies, Herbert Spencer y Carlos Marx, comenzaron definiendo y clasificando las sociedades y la historia. Sus teorías tenían un interesante rasgo en común: a pesar de que definían la transformación de las sociedades de acuerdo con criterios diferentes, todas decían que las sociedades más “avanzadas” eran las “seculares” (es decir, las no religiosas). Por ejemplo, según el francés Durkheim, las sociedades pasaban un período de transición que se dirigía de la “cooperación orgánica” a la “cooperación mecánica”. Una de las propiedades más importantes de la “cooperación mecánica” era el secularismo. El alemán Carlos Marx había basado el progreso de las sociedades sobre criterios económicos, pero también aseguró que el estadio más avanzado de la humanidad era la sociedad comunista secular. Comte había dividido el desarrollo humano en tres fases: teológica, metafísica y positivista. La característica más importante de la sociedad positivista, considerada como la más avanzada, era el secularismo.

En realidad todas esos filósofos expresaban lo mismo. Todos alababan el período de retroceso de la religión que se produjo en Occidente. Plantearon que (una determinada) permanencia en el tiempo era el resultado inevitable de las “invariables reglas de la historia”, y aseguraban que todas las otras civilizaciones, sin lugar a dudas, pasarían por el mismo período. El Nuevo Orden Secular, al que denominaron “modernismo” o “modernidad”, dominaría también, inevitablemente, sobre todas las otras civilizaciones, de modo que éstas no deberían insistir en adherirse a su religión y deberían “modernizarse”.

El fundamento secular establecido por estos pensadores proveyó la justificación para la alianza no sacra con el objeto de exportar el Nuevo Orden Secular. La alianza empezó exportando su nuevo orden llamado “modernismo” y presentó su objetivo de “dominio mundial”. Algunos intelectuales en las civilizaciones no occidentales, con la conciencia distorsionada, que cayeron bajo la influencia de pensadores como Durkheim, dieron la bienvenida con alegría a la exportación del Nuevo Orden Secular.

Este ambiente de victoria en el siglo XIX tuvo una gran aceleración con un “descubrimiento” significativo hecho a mediados del siglo. Antes de este “descubrimiento” el Nuevo Orden Secular pensaba que tenía una desventaja importante. Aunque empleó diversos métodos de propaganda para abatir el orden religioso, aunque tuvo éxito al identificar a la autoridad religiosa con el “oscurantismo”, aunque planteó que la religión era solamente un tema espiritual y consiguió convencer al pueblo al respecto, aunque consiguió que la gente creyera que no había ninguna necesidad de que la Santa Biblia sirviera de guía y que el ser humano podía encontrar el camino recto sin la inspiración divina, aunque después de avanzar en este proceso negó la existencia de Dios y dijo que “todo lo que existe es todo lo que se ve”, cosa que fue aceptada incluso por la mayor parte de la élite occidental, siempre quedaba un hueco que no podía llenar: ¿Cómo pasó a existir el mundo viviente? ¿Cómo aparecieron seres tan perfectos sin la participación de un Creador?

El Nuevo Orden Secular tenía que encontrar una respuesta a estas preguntas críticas si quería asegurar su existencia y permanencia. Y la respuesta tenía que convencer al pueblo que todo lo viviente no fue creado sino que pasó a existir, de alguna manera, “por sí mismo”. Porque si la gente percibía que ella y todas las demás cosas fueron creadas, luego pasarían a preguntarse, seguramente, “quién nos creó”. Entonces podrían pensar respecto a su responsabilidad frente a Dios. Incluso podrían decidirse a vivir de acuerdo a Sus normas, podrían comenzar a no obedecer a nadie excepto a El y ponerse solamente a Su servicio. Esto sería el fin del Nuevo Orden Secular, el cual perdería el fundamento filosófico sobre el que se basaba y se desbarataría el impacto socio-político producido.

Por esta razón el Nuevo Orden Secular estaba obligado a explicar la existencia de todo lo viviente en términos de “no creado”. Y para ello tenía que conseguir que los pueblos creyeran en la explicación que daba a través de los medios propios de la “hegemonía cultural”.

En realidad, la vida no podía explicarse de ninguna manera en términos de “no creada”. Así como es imposible afirmar que un automóvil producido en una fábrica pasó a existir “por sí mismo”, de la misma manera es una afirmación sin sentido asegurar que todo el universo pasó a existir “por casualidad” o por sí mismo.

Pero los centros de poder que establecieron el orden no religioso estaban determinados a encontrar una respuesta no religiosa a la pregunta de cómo pasó a existir todo lo viviente. Esa respuesta, en verdad, no sería cierta, pero al pueblo se la presentarían como tal. Lo importante era despojar a la gente de sus creencias religiosas, cosa que se haría de todos modos, sea correcto o no, ya que la hegemonía política carece de fundamento si no se establece la hegemonía cultural.

Entonces se presentó la teoría de la evolución para cubrir esa demanda. El mayor orden totalitario de la historia estaba inventando el más grande engaño “científico” de la historia.

Fuentes: Harun Yahya

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