No somos iguales. Ningún individuo es igual a otro. Sin embargo, los individuos forman colectividades y no hay colectividad más importante ni más relevante que la identidad nacional. Por pertenecer a un mismo país los individuos que lo formamos estamos imbuidos de una misma cultura, tenemos una historia detrás en común, unas mismas costumbres, un mismo origen. En definitiva, unas mismas características.

Si el fenómeno de la inmigración se intensifica y masifica corremos el riesgo de perder nuestra identidad nacional. Se trata de nuestros valores, de nuestra cultura, de nuestra historia, de nosotros. La inmigración, que se conecta con la idea de globalización, pone en riesgo y difumina estas características propias e intransferibles. Se trata de preservar la identidad. Podemos observar como en otros países se ha dado un largo proceso de inmigración que ha devastado identidades nacionales.

Pero, ¿por qué se pone en riesgo la identidad nacional? Los inmigrantes se refuerzan en sus propias costumbres, cultura o idioma. Está demostrado que prácticamente la totalidad son unos inadaptados. Por simple y mero respeto a los que los acogen deberían acomodarse a la identidad nacional del país y dar gracias. Sin embargo, tienen sus propios derechos: derecho a su propia religión, a sus costumbres, cultura… y aquí ya vale todo; ir con burka, pedir mezquitas. Una situación surrealista y vergonzosa.

Ellos quieren tener los mismos derechos sociales y económicos en cuanto a prestaciones que nosotros, aunque no se adapten a nuestras costumbres o idioma. Para esto si, para lo otro no, claro. El problema se acrecienta teniendo en cuenta que la inmigración proviene de la pobreza de otros países, pobreza de la que nosotros no tenemos culpa. Y como vienen sin recursos, más que fuente generadora de riqueza y producto interior, se convierten en parásitos de prestaciones sociales a las que no deberían tener derecho, porque antes que ellos estamos todos los de aquí.

¿Y qué pasa si no tienes recursos, si no tienes trabajo, si eres ilegal? A robar, a delinquir. La inmigración es una fuente de delincuencia interminable. Solo hace falta ver los datos de las cárceles españolas y observar nacionalidades. Marroquíes, argelinos, rumanos. Esto en el mejor de los casos, porque muchos ya vienen directamente con la idea de delinquir más o menos impunemente.

Si no queremos acabar con revueltas en los suburbios, si no queremos ciudades-ghettos, si no queremos que los inmigrantes abucheen los himnos nacionales de sus países de destino. Hay que terminar con las regularizaciones y empezar con procesos de expulsión. La única inmigración positiva y que cabe alentar es la de personal formado, especializado y que no ponga en peligro la identidad nacional. Los problemas o lo que pase en el resto del mundo, que se mueran de hambre o no, que estén en guerra o no, en definitiva, son sus problemáticas; no las nuestras.

Fuentes: Politicamente Incorrecto

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