David Duke, historiador norteamericano y defensor de la raza blanca, comentó en algún momento, frente a un auditorio repleto de musulmanes, sobre la desazón que sentirían los habitantes de los países árabes si, repentinamente, miles de millones de europeos llegasen a sus tierras, dispuestos a quedarse para siempre, interesados en mantener sus propias costumbres occidentales, pero sin ningún interés por la cultura local.

Es evidente que todo hombre y mujer que posea un mínimo de sensatez estará en contra de la invasión de sus tierras y la destrucción de su identidad cultural. Pero el lavado de cerebro perpetrado por el marxismo cultural, de origen judío, pretende hacernos creer que los países blancos son diferentes a otras naciones, y que solo por el hecho de ser blancos (supuestamente privilegiados) deben aceptar la inmigración sin reparos.

Y eso no es todo. Los inmigrantes, acostumbrados a condiciones de vida muy inferiores a las de los países blancos, se sienten satisfechos con sueldos que a las justas alcanzan para comer. En tanto que los europeos exigen, con todo derecho, un salario que pueda servir para mantener condiciones de vida sanas y dignas. Así los inmigrantes generan una competencia desleal por lo que las remuneraciones tienden a bajar.

Además los extranjeros se benefician de los servicios sociales del país que los acoge aunque la mayoría de ellos no aporta nada, ya que suelen laborar desde la informalidad sin pagar impuestos. Las ayudas oficiales como viviendas, guarderías y sanidad, prefieren atender primero a los que vienen de fuera ya que quienes las brindan temen ser acusados de racismo y discriminación contra los invasores.

La delincuencia es otro factor asociado a la inmigración. Comenzando porque el 90% de inmigrantes ingresan a los países invadidos de forma ilegal, lo que por si solo ya es un delito. Más del 70% de los delitos cometidos en países blancos son realizados por extranjeros. Las prisiones se hallan repletas de inmigrantes cuyo número sigue en aumento a pesar de ser considerados una minoría en la sociedad.

Estos datos son accesibles para quien busque en publicaciones oficiales, pero los medios de comunicación masiva ocultan el origen étnico de la criminalidad. La excusa con la que pretenden justificarse es que no dicen la verdad por temor a generar explosiones violentas de racismo y xenofobia, cuando en realidad lo hacen siguiendo una agenda trazada de antemano por el pensamiento judío políticamente correcto.

Pero el mayor riesgo que representa la inmigración de otras razas hacia los países blancos es la destrucción de nuestra cultura. Los extranjeros llegan a nuestras tierras y pretenden seguir viviendo como lo hacían en su lugar de origen, transmitiendo a sus hijos y nietos, casualmente nacidos en Europa, sus costumbres ajenas al espíritu occidental. Sin respetar las tradiciones del pueblo que los acoge.

Se suele culpar al hombre blanco de haber invadido otras naciones, razón que para muchos es suficiente para que los países blancos den paso a una incontrolable invasión de extranjeros. Lo que no se dice es que el hombre blanco llegó a todos los rincones del planeta sorteando miles de dificultades, sin la ayuda de leyes permisivas, y además logró civilizar a millones de salvajes otorgándoles mejores condiciones de vida.

La envidia mueve a los mestizos y demás razas contra la raza blanca. La inmigración es su mejor arma ya que nos destruye desde dentro. Y son los judíos quienes, desde puestos estratégicos en el gobierno están impulsando la multiculturalidad, el mestizaje y la inmigración, aun cuando ha sido demostrado con hechos que grupos culturalmente diferentes jamás podrán vivir en armonía sino en continua zozobra.

Si amas a los tuyos, si respetas a tus padres y abuelos, y a todos nuestros ancestros que vivieron y lucharon por nosotros. Si te sientes identificado con tu gente y con tu pueblo, si deseas lo mejor para tu familia, y si realmente deseas asegurar el futuro de tus hijos y de todos tus descendientes. Debes oponerte tajantemente al peligro que representa la inmigración. ¡Dile alto a la invasión!

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