Cada vez que escuchamos una canción, vemos una película o asistimos a un partido de fútbol, lo hacemos con la sana intención de pasar un buen rato y olvidarnos por el momento de los problemas cotidianos.

Pero pocas veces nos preguntamos por quienes están detrás de esas fuentes de entretenimiento. Y no logramos entender con claridad por qué un cantante, un actor o un deportista gana mucho más que un obrero o un oficinista.

Si echamos un vistazo a los salarios más altos del mundo podemos ver tres grupos bien diferenciados. Primero tenemos a los empresarios, esos seres lejanos de origen judío que son dueños de bancos e industrias.

Luego están los políticos, que trabajan para esos empresarios judíos promoviendo, aceptando y firmando toda clase de normas y decretos en beneficio único y exclusivo de sus amos. Y por ello reciben su recompensa.

Y en tercer lugar tenemos a los entretenedores, a los payasos, a los generadores de ilusión. Son los bufones del sistema, ni ellos mismos se respetan, pero cumplen un rol fundamental en este esquema.

Mientras las castas judías dirigentes ostentan el poder, y aun los políticos aparentan ser personas dignas. Los llamados artistas y deportistas son estrellas fugaces diseñadas con un propósito específico.

Su finalidad es manipular al pueblo, que baja la guardia y se relaja al ver un encuentro deportivo, al escuchar una canción, o al ir al cine con los amigos. La distracción es su principal estrategia, pero hay más.

Si estamos pensando en el equipo ganador, o en algún ídolo deportivo, dejamos de pensar en los que nos controlan como borregos para sus fines. Lo mismo pasa cuando vemos a nuestro actor, cantante o grupo favorito.

Lo más absurdo es que estas marionetas mediáticas generan fanatismos ridículos y obsesivos en miles de personas que los ven como modelos a imitar. Y esto tiene que ver con otro objetivo aparte de la distracción.

Porque se pueden inocular diversas ideas por los medios de comunicación. No importa el contenido, solo hay que machacarlas una y otra vez, hasta que el público termine por pensar que lo que le dicen es cierto.

El ejemplo más claro lo vemos en esos millones de humanos que piensan que trabajando duro, un día tras otro como esclavos, podrán en el futuro mejorar su situación hasta convertirse en adinerados triunfadores.

El origen de esta mentira se halla en las falsas historias de éxito que nos han vendido como ciertas. Constantemente nos cuentan que tal o cual personaje empezó siendo muy pobre, se esforzó mucho y triunfó.

En realidad es la corrupción lo que permite el éxito de empresarios y políticos. Los judíos dueños del poder mundial han creado un sistema opresivo donde solo se asciende dejando de lado el honor y la moral.

Además, con todo su dinero y control mediático, la judería puede catapultar a la fama a cualquiera. Un futbolista relativamente bueno, con buena apariencia física, o un mediocre cantante, pueden hacerse famosos.

Pero aún peor es la imposición de ideologías destructivas. Una película o una canción quedan en la mente de forma mucho más sencilla que una conferencia magistral, y casi nunca transmiten mensajes positivos.

El cine y la música promueven una psicopatología muy común entre judíos, la obsesión por el coito, que subordina toda actividad humana al acto sexual. Es por ello que vemos tanto sexo en los grandes medios.

Vicios y enfermedades como el aborto, el homosexualismo y el divorcio, ideados para destruir a nuestras familias y a nuestro pueblo, son incansablemente presentados como positivos en esta industria manipulada.

Es por ello que muchas personas han dejado de ver el cine judío, han dejado de oír su música, y han dejado también de obsesionarse con falsos ídolos deportivos o artísticos, buscando mejores alternativas.

Aunque perseguidos y con pocos recursos, hemos podido crear nuestros propios medios informativos, nuestra propia música, y hemos logrado generar una sana diversión para los nuestros. Y seguiremos adelante.

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