Existen prejuicios negativos que están basados en un pensamiento supersticioso, que por un único ejemplo generaliza. La superstición es una enfermedad mental que roza con la paranoia. Pero opuesto a este trastorno, cualquier prejuicio sano nos permite defendernos de aquello que es ajeno y perjudicial.

Tener prejuicios nos ha permitido obtener muchas ventajas en nuestro desarrollo como especie. Los prejuicios nos ayudaron a lo largo de nuestra historia al permitirnos diferenciar lo nocivo de lo beneficioso, ya sea para nosotros como individuos, o para nuestra tribu.

Sin prejuicios, por ejemplo, habríamos tenido que probar todos y cada uno de los frutos venenosos para entender que nos hacían daño… y muchos de nuestros ancestros habrían muerto en tan absurdo acto. Pero no fue así. Aprendimos a diferenciar lo bueno de lo malo con solo verlo.

Sin prejuicios la ciencia tampoco existiría, y estaríamos estancados en una eterna edad de piedra, porque hacer ciencia implica predecir el comportamiento de diversos elementos con tan solo conocer sus características evidentes. ¿Acaso somos prejuiciosos cuando sabemos que el agua moja?

Cuando afirmamos que todo árbol hace ruido al caer, aun cuando nadie lo escucha, estamos utilizando nuestros prejuicios para discernir una realidad científica. Pero actualmente el poder político y mediático nos quiere hacer creer que los prejuicios generan violencia y producen víctimas.

Todas estas monsergas de la tolerancia progresista son pura mentira. Hemos visto con nuestros propios ojos el triunfo de la decadencia en occidente desde que el judío, interesado sólo en destruirnos, implantó con éxito su viciado discurso contra el sano prejuicio y contra todo orden natural.

Nuestros prejuicios contra otras razas y grupos étnicos, de apariencia distinta a la raza blanca, nos han permitido sobrevivir como grupo humano, y producto de esa supervivencia es que hemos alcanzado los mayores logros científicos, artísticos y filosóficos en la historia de la humanidad.

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