Desde el siglo XVII en que las castas judías ingresaron al parlamento ingles, pasando por el siglo XVIII en que las maquinaciones de la masonería culminan con la revolución francesa y la creación de los Estados Unidos de Norteamérica. E incluso durante la proliferación de ideologías comunistas y ateas en el siglo XIX. Siempre las ideas revolucionarias, subversivas, igualitaristas y demagógicas han venido de un sector particular de la sociedad conformado por judíos infiltrados en las clases altas de la sociedad.

El poder del pueblo es una metáfora utópica, ya que todos los ideólogos que durante estos siglos han buscado algún tipo de cambio, aparentemente a favor de las multitudes, han sido siempre personajes acomodados o mantenidos por contactos con las clases altas. Y es que los judíos desde épocas antiguas han estado acostumbrados a formar alianzas con sectores como la nobleza y la aristocracia de turno, realizando favores monetarios a cambio de concubinatos por conveniencia.

El objetivo del judío es claro y está delineado en su libro sagrado, el Talmud, donde se afirma sin tapujos que solo cuando los miembros de esa religión semita dominen todas y cada una de las naciones sobre la tierra, solo entonces los judíos habrán cumplido su sagrado objetivo. Y aunque es evidente que esas viejas leyes no son seguidas literalmente por los modernos judíos, lo cierto es que a lo largo de los milenos esas contundentes frases del Talmud han marcado el deseo y los anhelos de la psicopatía cultural llamada judaísmo.

Cuando los judíos se infiltran entre las clases altas de todos los países del mundo, lo que logran es el poder de influenciar sobre las decisiones políticas y económicas de los pueblos. El problema es que esa influencia solo los beneficia a ellos, como sucedió en las revoluciones inglesa, francesa, o rusa, y en todas las guerras de independencia contra España acaecidas en el siglo XIX. A partir del éxito en dichas revueltas es que los judíos pudieron colocar a su gente de confianza en altos cargos de poder político, económico y mediático.

De este modo pueden convencer a las masas para que alegremente sean sus esclavos y trabajen día y noche solo para consumir todos los productos innecesarios que se les vende. Mientras tanto, como familiares cercanos, tienen el poder de manipular a la hermana, al hijo, a la abuela o al padre de cualquier legislador, juez o presidente, para que dictamine y actúe siempre de acuerdo a los intereses de la secta asesina, usurera y mentalmente enferma llamada judaísmo.

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