Nadie niega que un negro tiene piel oscura y un blanco piel clara. Pero esa no es la única diferencia entre las razas. Lo que nos hace desarrollar culturas y estilos de vida diferentes no depende mucho de aspectos estéticos.

Ante cualquier problema el negro se quedará tirado, vagando, comiendo y fornicando mientras espera que el problema se resuelva solo. El oriental pensará que no hay solución y se resignará a complacer al destino.

Las actitudes de cada raza frente al mundo y al universo que le toca afrontar es lo que hace la diferencia. El hombre blanco a lo largo de la historia ha demostrado que es capaz de enfrentar la adversidad y salir victorioso.

A este proceso se le llama desarrollo, y es lo que hace que la humanidad avance. Los negros jamás evolucionaron, y los orientales se quedaron estancados en su vieja gloria medieval. Solo el hombre blanco sigue evolucionando.

Muchos señalan a los judíos como pieza importante del desarrollo tecnológico moderno. Pero los judíos son mestizos, y basta echar un vistazo a sus logros en ciencia, medicina o tecnología para encontrar fraudes, plagios y estafas.

Además, no basta un avanzado desarrollo técnico para ser blanco. El blanco entiende y recién luego obedece las normas sociales. Es condescendiente y amable con los demás. Es curioso y osado por naturaleza. Busca el bien y rechaza el mal.

Y aquí saltan los igualitaristas, los progres y los anti-racistas. Nos dicen que entonces lo que importa es la ética, a la que algunos incluso llaman espiritualidad Aria, entendida como un comportamiento digno sin importar la raza.

Pero ¿acaso alguna otra raza, a parte de la raza blanca, puede de algún modo remoto demostrar esa llamada espiritualidad Aria? O solo compartimos el nivel intelectual y nada más con los orientales y con algunos mestizos.

Un chino, japonés o hindú podrá ser muy hábil programando el software de un robot, pero no es capaz de entender realidades mucho más profundas ni de meditar sobre lo divino o lo espiritual. Su vida es simplemente plana.

Está comprobado históricamente que conversar con razas inferiores sobre temas como el sentido de la existencia o la naturaleza de lo divino solo genera dos respuestas en ellos: individuos dogmatizados o adversarios recalcitrantes.

El concepto mismo de ideal es propio y exclusivo de la raza blanca. El honor como búsqueda de una moral responsable, superior y beligerante contra cualquier oprobio, es opuesto a la masónica libertad, igualdad y fraternidad.

La raza, pues, es el fundamento biológico, físico y material que sustenta y en realidad produce el comportamiento del hombre y la mujer blanca. Es esta actitud cotidiana y no una idílica espiritualidad etérea la que nos hace diferentes.

¡Todo está inscrito en nuestros genes!

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