Oscar F. Arrús en su disertación de 1906 titulada Las Razas China E India En El Perú nos dice que: “Fisiológicamente considerado el chino es de organización débil; ésta debilidad es originaria, está en su misma constitución física, es la herencia que la Naturaleza le dio al venir al mundo.

(…) En el orden intelectual y moral se halla, naturalmente, en la misma condición. Desde que la vida psíquica se halla condicionada por la vida fisiológica. (…) Su potencia mental pobrísima, extenuada, no concibe algo que no sea el molde estrecho, la regla inflexible que la rutina ha impuesto.”

Las glorias filosóficas de personajes mitológicos como Lao-Tse o Confucio solo representan las distintas ideologías que luchaban por obtener el poder alrededor del siglo VI a.C. Sus doctrinas no son más que elementales instrucciones morales envueltas en retahílas de frases ambiguas y conceptos absurdos.

Todos hemos oído hablar de los grandes inventos chinos, aunque comparados con la cantidad de aportes científicos de occidente, resultan bastante exiguos. Más aún si tenemos en cuenta que pertenecen a una cultura que, gracias a la geología de sus tierras, es mucho más antigua que la europea.

Al parecer los chinos se limitaron a realizar pequeñas modificaciones de inventos previos. Por ejemplo, fueron los egipcios quienes inventaron el papel, que llamamos papiro, hacia el siglo XXIX a.C. Y su fabricación fue perfeccionada paulatinamente antes de ser hecho con arroz en China en el siglo II a.C.

Los chinos solo fabricaron grandes cantidades de papel de arroz, generalmente usado en las cortes orientales como papel higiénico. Pero incluso entonces el papel de baño ya era conocido en Europa, aunque resultaba costoso fabricarlo. El rollo de papel higiénico es un invento norteamericano del siglo XIX.

Para la historia oficial y multicultural casi todos los aportes chinos están hechos de papel. En realidad en Europa ya se sabía usar el papel pero no masivamente a causa de la escasez de insumos. Los chinos en cambio cultivaban ingentes cantidades de arroz que utilizaron para fabricar las hojas.

Por ejemplo, el papel moneda se popularizó en China en el siglo VII, pero los papeles firmados como aval ya eran conocidos en occidente. Se dice que los chinos inventaron las cometas, pero la primera mención escrita en oriente es del 200 a.C. Simultáneamente los romanos ya las usaban como estandarte de guerra.

El abanico y la sombrilla, de supuesto origen chino, fueron creados en el antiguo Egipto. El ábaco también es egipcio. Los fideos son griegos. Y los romanos ya imprimían xilografías con sellos móviles, aunque el proceso mecanizado de imprenta recién fue ideado por el alemán Johannes Gutenberg en 1440.

Se atribuye a los chinos el uso de elementos químicos para crear la fuerza que impulsa los cohetes, sin embargo dicha mezcla ya se menciona en la antigüedad como Fuego Griego. La primera indicación detallada para la factura de la pólvora se encuentra en un texto del inglés Roger Bacon de 1250.

Y a pesar de que algunos inventos, como la seda, sí son de origen asiático. Siempre quieren desinformarnos afirmando, por ejemplo, que la carretilla es china. La primera descripción de la carretilla aparece en Grecia en el siglo V a.C. y recién es representada gráficamente en el siglo XIII por europeos.

La tinta, por ejemplo, no es China. Los egipcios ya escribían con tinta sobre sus papiros en el siglo XXVII a.C. Incluso existe un viejo cuento chino sobre un dragón de hierro que lanzaba bolas cuando la tierra temblaba, y que muchos confunden con el sismógrafo creado por James David Forbes en 1842.

La brújula tampoco es china ya que apareció simultáneamente en Asia y Europa alrededor del siglo XI. Y mientras en oriente era usada para ubicar supersticiosamente los muebles dentro de las habitaciones, en occidente se le usó como instrumento de navegación indispensable para guiarse en altamar.

Si bien los antiguos chinos nos dieron aportes como el bonsái o la porcelana, existen muchos otros inventos que dicen ser chinos pero que no lo son, como la ballesta que es de origen griego o los estribos que son hindúes. El objetivo de difundir este tipo de mentiras es menguar el orgullo racial europeo.

Los orientales no son tímidos, son cobardes. Su cultura se quedó estancada en la edad media igual que la de los árabes. Cualquier aparente progreso que hayan tenido países como Japón, Corea del Sur o Taiwán ha sido forzado por el dinero judío-norteamericano que introdujo en Asia la tecnología europea.

Así como sucede en China en el siglo XXI, el único interés de los judíos en promover la modernidad en algunos territorios asiáticos en el siglo XX fue debido a la sumisión y apatía de la raza amarilla. Los orientales representan una gran cantidad de obreros dispuestos a cobrar muy poco sin quejarse.

Una de las características más impactantes de los orientales es su costumbre de hablar a gritos. Esto a pesar de que su raza es presentada como tranquila y honorable, que vive en armonía con la naturaleza. En especial los japoneses, que suelen ser idealizados por los nostálgicos de la Segunda Guerra Mundial.

La costumbre en las tiendas de casi todas las ciudades japonesas, de usar megáfonos y anunciar a gritos sus productos, nos recuerda más un mercado árabe subsahariano que la avanzada cultura nipona que nos quieren vender los mesticistas. Por lo tanto la imagen idílica del noble japonés también es falsa.

La mayoría de japoneses, por su falta de empatía, suelen ser fríos, rudos y hasta groseros. Y no son tan inteligentes como nos los presentan, conocen únicamente la limitada comunidad en la que viven y trabajan, y son completos ignorantes de lo que le sucede o importa al resto de la humanidad.

Su desmedida, histriónica y hasta ridícula amabilidad responde únicamente a formalismos utilizados para obtener beneficios de los extranjeros. Su cortesía no es sincera, y solo les importa el provecho personal. En realidad son una copia de la sociedad china, es decir iguales a todos los asiáticos.

Carecen de pensamiento crítico, y no aplican ningún tipo de pensamiento lógico filosófico en su vida diaria. Al parecer solo reservan su sentido de causa y consecuencia para crear el software y hardware de sus extraños robots. No son capaces de utilizar su cerebro para analizar a profundidad la creación.

Solo saben memorizar lo que se les presenta como verdad, y de esta extraña credulidad se aprovechan impunemente los judíos que los manipulan y obligan a trabajar durante toda su vida sin descanso. Los japoneses son incapaces de juzgar el orden establecido y tomar sus propias decisiones.

Como todos los amarillos, los japoneses son incapaces de cuestionar las reglas. Para ellos el cumplimiento de las normas no depende del bien o mal que aporten, solo saben que deben ser realizadas literalmente. Al momento de seguir instrucciones dictadas por otros, los japoneses son inflexibles.

Paso por paso, de modo casi mágico, reproducen lo que se indica en cualquier manual empresarial, lo que los lleva a procesos sumamente ineficientes donde lo importante no es la creatividad sino la imitación y el formalismo. Esto también los hace presentar comportamientos exagerados y grotescos.

Muestra de la credulidad nipona es el llamado Síndrome De Paris. Un desorden psicopatológico ocasionado por el choque que produce una ciudad europea real, como la capital francesa, luego de la falsa ilusión acrítica y romántica imagen que sobre París presenta la literatura, el arte y la propaganda.

Al tratar de imitar la cultura europea, que es percibida como superior, los japoneses reducen su visión al aspecto puramente formal. Sus tiras cómicas (Mangas) y animaciones (Animes) son claro ejemplo de ello. No son capaces de sentir ni razonar como europeos para crear arte espiritualmente superior.

Si nadie les indica lo que deben hacer, los japoneses son como cualquier raza inferior, envidiosos cual indigenistas que creen ser mejores por ser diferentes a los perversos blancos colonizadores. Y que contradictoriamente quieren ser como nosotros, blanqueando su piel y pintando su cabello.

Por ejemplo, los automóviles particulares resultan sumamente caros en Japón donde muchos viajan en bicicleta, casi siempre por la acera peatonal. Y a pesar de las frecuentes embestidas contra los caminantes, los ciclistas nunca piden disculpas, porque no está en el libreto.

Otro ejemplo, producto de las mismas limitaciones judías para obtener carros en Japón, es el necesario uso del tren o Shinkansen. Durante los largos viajes los nipones literalmente duermen encima unos de otros. No existen entonces reglas ni formalismos, simplemente no entienden que eso es molesto.

Peor aun si se tiene en cuenta que según sus manuales deben siempre usar la misma ropa para ir colegio o trabajar. No importa la temperatura ni la estación del año. Las colegialas deben usar siempre minifaldas a pesar del frío invernal y los sacos y corbatas son obligatorios incluso en verano.

En la sociedad japonesa, similar a toda sociedad oriental, los varones no presentan características definidas como masculinas, esto debido a que su raza asiática produce una escasa cantidad de testosterona. Lo que resulta en una barahúnda de asexuados reprimidos, homosexuales y pervertidos.

Los servicios del metro han sido separados para hombres y mujeres (como sucede en el mestizo México o la islamizada Alemania) ya que los orientales tienden a realizar tocamientos indebidos en el tren. Los nipones, incapaces de ser masculinos, obtienen a la mujer contra su voluntad.

Como en toda sociedad oriental, en la sociedad japonesa los matrimonios también son concertados, por lo que suelen ser acusados de machistas. La respuesta amarilla ante su falta de virilidad es imponerse sobre las mujeres, que al ser también asiáticas, aceptan todo sin tapujos.

El apacible chino budista o el japonés intelectual son distorsiones del verdadero asiático. Pero los medios de desinformación tradicionales, controlados por semitas, quieren presentar a toda costa esa irreal imagen con el fin de promover el mestizaje y el matrimonio interracial de los europeos.

No dejemos que la propaganda sionista nos engañe. Los orientales no son santos, ni están espiritualmente elevados, ni son honorables arios lejanos. Son solo una pieza más en el ajedrez judío para promver la extinción de la única raza que es capaz de oponerse a ellos, la raza blanca.

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