Como pueblo mestizo, creado en el desierto, el judío es supersticioso porque para él solo existe lo material. Por su origen oriental cree en supuestos fluidos fiscos que no podemos ver. Y por sus ancestros subsaharianos supone que esos fluidos deben ser obtenidos mediante brutales métodos.

Para el judío, creador de la cábala y la masonería, la fuente de su ilusoria superioridad emana de la sangre vertida durante sacrificios violentos. Y es por este banal y hasta estúpido motivo que sacrificaron a cientos de niños durante la edad media, y hoy promueven la masacre de inocentes en todo el mundo.

Guerras y revoluciones son la mejor excusa para alimentarse del dolor humano, ya que aparte de ganar poder y conquistar política y económicamente a otros pueblos, los judíos se aprovechan del caos para celebrar aberrantes sacrificios humanos masivos donde las víctimas son siempre mujeres y niños.

Lo hicieron durante la revolución inglesa, francesa y rusa. Lo hicieron bajo el régimen de la Unión Soviética y tras la derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial. Y lo siguen haciendo a inicios del siglo XXI en Palestina, así como en todas las guerras creadas por sus estados lacayos.

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