Los judíos son un pueblo narcisista, ególatra, xenófobo, tribal y obsesionado con la raza; que acusa a todos de ser antisemitas cuando son ellos los etnocentristas. No son capaces de reconocer su propio fundamentalismo respecto a otros, acusando a los demás constantemente de ser fundamentalistas.

Tienen un sentimiento exagerado de su importancia y sólo se preocupan de sí mismos. Son manipuladores, usan el chantaje emocional. Son intolerantes, no soportan las críticas y su reacción es imprevisible. No reconocen su narcisismo. Exageran sus virtudes y atribuyen sus fracasos a otros.

Como maestros de la manipulación acuden constantemente a la victimización. Siempre tienen algún trauma que exponen como justificación para lo que hacen. Lo que los descubre es que exhiben con cierto orgullo esas cicatrices emocionales y hasta terminan ufanándose de ellas.

En su libro How To Build A Universe de 1978, Philip K. Dick afirma que “El instrumento básico para la manipulación de la realidad es la manipulación de las palabras”. No te dicen perro, pero te ofrecen un hueso. No emplean una comunicación directa, pero te descalifican solapadamente.

Si no les haces caso te amenazan con sutileza presagiando tus desgracias aunque no tienen ningún argumento para certificarlo. Lamentablemente la víctima del judaísmo manipulador llega a creer que este tipo de apreciaciones son formas de ayudarle a ser mejor.

Los judíos se muestran agradables y maravillosos. Aparentan tener gustos exquisitos, conversación súper entretenida y gran sensibilidad. Pero cuando ya te tienen convencido de lo buenas personas que son, pasan a cobrarte con manipulaciones recordándote que no se puede pensar mal de alguien tan bueno.

Son extremadamente hábiles diciéndoles a los demás cómo deben vivir, aunque ellos mismos no pongan en práctica lo que dicen. Dan consejos y exponen aparentes máximas filosóficas. Te indican lo que debes hacer. Pero si no resulta, te culpan a ti. Son maestros en el arte de la palabra.

Como buenos estafadores y embaucadores usan un lenguaje de perogrullo y casi no tienen ni idea de lo que dicen porque, como son pocos los que entienden, pueden colar lo que quieran simplemente vistiéndolo con sus mejores galas, aprovechando las ansias del lector de no parecer idiota.

Siempre tienen a mano algún argumento sorpresivo o ingenioso, aunque sea mentira. Sí o sí, ellos ganan. Si los confrontas desvían la conversación hacia otros temas, y cuando menos te das cuenta, están hablando de asuntos que nada tienen que ver con lo que le reclamaste inicialmente.

Así son los judíos.

Fuentes: Mujer hoy / Internet archive / La mente es maravillosa / Xataka ciencia

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