El capitalismo es para los egoístas, y el comunismo para los envidiosos. Ambas son manifestaciones de un serio problema psicológico llamado psicopatía, es decir la incapacidad real de ponerse en el lugar del otro y entender sus necesidades.

El capitalismo explotador es el sistema natural y orgánico del pueblo judío, mediante el cual puede parasitar a otros pueblos. El comunismo y la revolución son medios alevosamente premeditados para que la judiada tome el control.

Económicamente el comunismo ha demostrado ser ineficiente, es decir que al ser aplicado solo ha generado mayor pobreza, sufrimiento y desasosiego. Y en ningún momento ha ayudado a mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos.

Cuando los bolcheviques llegaron al poder en Rusia lo primero que hicieron fue saquear las instituciones del estado, confiscando todo el dinero que pudiesen encontrar, y robando desde sillas y mesas hasta maquinarias y valiosas obras de arte.

Pronto las empresas privadas fueron expropiadas y pasaron a manos del estado, e igualmente fueron asaltadas. Es evidente que a los bolcheviques no les importaba el progreso del proletariado, ni el bienestar del obrero o del trabajador rural.

El producto de sus robos, convertido en fondos financieros, fue enviado inmediatamente a bancos judíos en países capitalistas. Está plenamente demostrado que los judíos son los principales y tal vez únicos promotores y a la vez beneficiarios del comunismo.

La gente se dio cuenta del engaño y la respuesta del gobierno comunista fue aterrorizar, encarcelar, torturar, y por último exterminar al pueblo que le había otorgado el poder. Queda claro que entonces nadie intentó siquiera poner en práctica las hipótesis de Marx.

En la práctica el comunismo judío solo sirve para crear falsas divisiones dentro de las propias naciones, y de este modo pavimentar el camino para que la judería pueda adueñarse de manera total y absoluta de países otrora independientes.

Tras el estrepitoso fracaso del comunismo como lucha de clases, los judíos se dedicaron a generar conflictos mediante la lucha de sexos con el feminismo y el homosexualismo, así como con la lucha de razas utilizando el inmigracionismo y la multiculturalidad.

Pero aun si el ideario marxista es ejecutado adecuadamente, el nefasto resultado de esta inaplicable utopía persiste. En el capitalismo el más astuto, mentiroso y embaucador es el que triunfa. En el comunismo a rajatabla absolutamente nadie gana.

Si el estado promete entregar todo a todos por igual, sin importar los meritos propios o heredados de nuestros ancestros, es evidente que hasta el más asiduo y laborioso empresario dejará de trabajar porque sin hacer nada recibe lo mismo.

Un vago que ni siquiera sale a la calle a pedir limosna, que todo el día duerme y se divierte, y no hace nada por si mismo, a ese pobre diablo, dentro de un sistema comunista, le corrresponde la misma alimentación, vestido, y propiedades que a los demás.

Porque, según ellos, todos somos iguales. Y bajo esa rotunda pero falaz máxima es que el comunismo ha sido construido. Negar la meritocracia es negar la esencia misma del ser humano, que busca siempre ser mejor para diferenciarse del resto.

No es solo que el estado es incapaz de sostener todas las empresas e industrias de un país bajo su yugo protector. No es porque el gobierno que mucho abarca poco aprieta. Se trata aquí de la íntima y cuasi instintiva naturaleza competitiva del hombre.

El sistema económico del Socialismo Nacional y del Fascismo es opuesto al egoísmo capitalista e individualista, al mismo tiempo que niega la quimérica igualdad comunista, favoreciendo a los más aptos para los cargos y labores en los cuales son competentes.

Para el Fascismo y el Nacional Socialismo las empresas no deben pertenecer al estado sino a quien mejor las sepa conducir. Y una mayor remuneración y beneficios serán otorgados siempre a quien más arduamente trabaje, y nunca a astutos estafadores ni a todos por igual.

El comunismo fracasa porque esta fundamentado sobre falacias y abiertas mentiras. El comunismo fracasa porque niega las más profundas cualidades humanas que recompensan el honor y el mérito tanto personal como social, cultural y racial.

Lo hombres no somos todos iguales, los pueblos y sociedades tampoco. Cada grupo humano posee sus propias virtudes y defectos, y en virtud de esta realidad es que existe la verdadera diversidad. ¡Basta ya de mentiras!

Anuncios