En 1930 el judío Karl Landsteiner gana el premio Nobel de medicina por haber descubierto los grupos sanguíneos. Pero su historia se remonta al año 1900 cuando era profesor en la Universidad de Viena. Entonces investigaba las diferencias entre la sangre de los monos y la de los humanos, y por error o casualidad mezcló sangre humana de personas diferentes, viendo que en unos casos se aglutinaba formando grumos y en otros la sangre se mantenía fluida.

Fueron sus compañeros Adriano Sturli y Alfredo de Castello quienes le sugirieron a Landsteiner que se trataba de grupos sanguíneos diferentes, descubriendo así en 1901 los grupos A, B y O (al que entonces llamaron C) y el grupo AB en 1902. Pero Landsteiner, sediento de fama, se apresuró en publicar la primera división que solo consideraba tres grupos. En 1907, sin tener conocimiento de las investigaciones de Sturli y Castello, el checo Jan Janský redescubre y comprueba la existencia de estos cuatro grupos sanguíneos.

Lamentablemente ni Janský, ni Castello, ni Sturli eran judíos, y ningún premio fue a parar a sus manos. Es sabido que en 1908 Karl Landsteiner también quiso ser reconocido como descubridor del virus que produce la Poliomielitis, sin embargo su compañero de trabajo, el austriaco Erwin Popper, no permitió que nuevamente su colega y jefe judío se lleve todo el crédito. A pesar de sus esfuerzos, al día de hoy Popper aún no es lo suficientemente reconocido por sus hallazgos y aportes.

Jan Charles Biro, científico sueco de nacimiento y duro crítico de la sociedad multicultural e igualitaria que vemos hoy en su patria, afirma que el premio Nobel se ha transformado en una especie de extensa y bien organizada red de influencias judías, donde con la excusa de estar favoreciendo a los menos favorecidos y de estar igualando a los menos igualitarios, se favorece siempre a los judíos y sus cómplices.

Biro nos muestra por medio de estadísticas rigurosamente registradas que si bien ya existía la influencia judía antes de 1945 (como en el caso de Karl Landsteiner), es recién finalizada la Segunda Guerra Mundial que aumenta significativamente la premiación de judíos. Jan C. Biro presenta tres hipótesis sobre este marcado sesgo. Sugiere, primero, que podría ser debido a un mayor cociente intelectual (IQ) de los judíos; segundo, debido a su preferencia por las ciencias; y tercero, debido a sus influencias.

Si bien los judíos askenazí de apariencia blanca, gracias a sus habilidades verbales, presentan un IQ de 10 puntos superior al de los blancos, también es cierto que el promedio mundial de judíos es de 5 puntos inferior. Pero lo más curioso es que los investigadores galardonados y en general la gente dedicada al ámbito científico presentan por promedio un cociente intelectual de 100 puntos, similar al promedio europeo. Es decir que el IQ no tiene nada que ver con el éxito o fracaso del desarrollo científico en ninguna investigación.

La segunda hipótesis podría ser más factible, dado que en diversos textos de adoctrinamiento judío como los Protocolos de los Sabios de Sión, entre otros, se observan ciertos mandatos rabínicos para destruir a la raza aria europea. En ellos se afirma que los judíos deberán hacerse políticos, banqueros, periodistas y médicos. Políticos para cambiar las leyes a su favor, banqueros para controlar el dinero y periodistas para manipular la opinión pública.

Y médicos para poder ingresar en lo más íntimo de las familias blancas, con obvia y evidente preferencia hacia las clases adineradas, nobles, burguesas y aristocráticas, para que conociendo sus debilidades y carencias, se lo comuniquen a sus hermanos banqueros, los cuales ofrecerían préstamos y soluciones a los desafortunados ricos, para luego cobrar con creces aprovechándose del honor, cumplimiento y responsabilidad de sus víctimas. Pero nuevamente la tesis resulta improbable.

Si fuese cierto este supuesto, donde se sostiene que los judíos prefieren las carreras científicas, uno de cada seis judíos norteamericanos tendría que haberse dedicado al campo de la investigación científica para ganar la cantidad de premios que los judíos americanos ostentan, lo cual es absolutamente improbable. Además, a partir de 1945 los premios comienzan a ser menos unipersonales y se decantan hacia premios compartidos, donde el principal galardonado suele ser un gentil y los demás asistentes son siempre judíos.

Un ejemplo que resalta en el texto de Jan Biro es el del premio Nobel en Fisiología y Medicina del 2002. Craig Venter, Francis Collins y John Sulston trabajaron cada uno, de acuerdo a sus habilidades y posibilidades, para descifrar el código del genoma humano. Craig Venter no solo estaba muy avanzado en descubrir el código, si no que pretendió ganar mucho dinero vendiendo las patentes de sus descubrimientos. Francis Collins en cambio era todo lo contrario, solo le interesaba investigar, y muchos de sus asistentes y colaboradores se aprovecharon económicamente de él.

El problema es que ninguno de ellos trabajaba con judíos. Es por eso que John Sulston, quien sí estaba investigando con diversos subordinados, entre ellos los judíos Howard Robert Horvitz y Sydney Brenner, en diferentes proyectos, es el que resultaba más indicado para las sesgadas influencias hebreas del premio Nobel. Para consternación de los amos sionistas, las investigaciones de estos judíos no eran sobre el genoma, aunque eso no fue problema para que les dieran el Nobel por mirar un gusano.

El Caenorhabditis Elegans es un nematodo o gusano microscópico donde el actual premio Nobel John Sulston analizó junto a sus amigos judíos la muerte celular programada. En todos los ámbitos científicos se daba por descontado que el premio sería por el genoma. Pero esa extensa y bien organizada red de influencias judías, que todo lo permea y todo lo consume, también se ha apropiado del muy publicitado premio Nobel para difundir sus intereses y manipular nuestra opinión.

Fuente: Balder.org

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