Hace muchos años, alrededor del siglo VII, existió un gran imperio llamado Imperio Jázaro que abarcaba un amplio territorio que se extendía desde el Mar Caspio hasta el Mar Negro y los territorios que al norte se hallaban colindantes. Hoy comprendería el este de Ucrania, el suroeste de Rusia y el este de Kazajstán.

En un principio se comenzó a formar gracias a la afluencia de nómades que presentaron pleitesía ante la tribu más poderosa a cambio de seguridad y resguardo. Esta unión estuvo formada por orientales, caucásicos y principalmente mestizos semitas.

Lamentablemente estos pastores nómades también eran conocidos por asaltar con cierta frecuencia a los comerciantes que atravesaban sus estepas con el fin de arrebatarles sus dineros y los productos que transportaban desde Asia a Europa y viceversa.

Cuando simultáneamente en Arabia un profeta llamado Mahoma creó una nueva religión que llamó Islam, y proclamo a los cuatro vientos que su culto debería imponerse por la fuerza y la violencia alrededor del mundo, es entonces que los jázaros se asustaron y buscaron a alguien que los proteja.

Los jázaros encontraron buenos aliados en Constantinopla. El problema es que Constantinopla era la capital del Imperio Bizantino, y el Imperio Bizantino era profundamente cristiano.

Hasta entonces los jázaros no tenían una religión común, y entre tantos grupos dispersos cada uno rendía culto a sus propios ancestros, a los vientos, o a los árboles y la arena. Es por eso que los jázaros, para diferenciarse de Constantinopla, y para mantener cierta independencia, deciden adoptar una religión común.

Los jázaros no querían ser asimilados por el Imperio Bizantino, pero los seguidores de Mahoma y del Islam comenzaban ya a atacar las fronteras del sur. Y en tan apresurado dilema, aceptando el consejo de gente que huía del Islam, los jázaros decidieron convertirse en judíos.

Los judíos eran llamados así por ser seguidores del judaísmo, es decir que eran adeptos a una religión que se formó varios siglos antes en el desierto de un país llamado Judea, que quedaba al lado de Arabia, de donde proviene el Islam.

Resulta que los judíos eran muy buenos comerciantes porque podían engañar a cualquier incauto comprador, y venderle a muy altos precios, objetos y baratijas que nada valían. Y fueron esos mismos embaucadores los que, huyendo de la violencia de Mahoma y del Islam, convencieron a los líderes jázaros de hacerse judíos.

Los judíos jázaros resistieron muy bien, con la ayuda de los bizantinos, ante la arremetida del Islam y sus islamistas. Pero poco a poco Constantinopla comenzó a perder fuerza y poder, y ya no pudo más sostener a los jázaros, a quienes consideraban aliados por el solo hecho de que eran una barrera natural contra el Islam.

Pero llegó el siglo XIII, y con él llegaron las hordas de los mongoles dirigidas por su líder Gengis Kan, que buscaba conquistar el territorio más grande del mundo, y en su afán e intento de lograrlo llegó hasta tierras europeas. En su trayecto los mongoles lograron destruir y exterminar al decadente Imperio Jázaro que ya se hallaba moribundo tras la decadencia de sus aliados en el Imperio Bizantino.

Y entonces los judíos jázaros como ratas huyeron, y resulta que casi todos los jázaros eran judíos, y con su judiada infestaron toda Europa. Allí encontraron a sus amigos los sefardíes, judíos como ellos, que por comercio e intereses, habitaban en Europa desde tiempos antiguos. Siempre callados, siempre siniestros, y viviendo a costa de engañar a cualquier pueblerino que haya creído en sus acostumbradas estafas.

Y los judíos jázaros se hicieron llamar asquenazíes porque a diferencia de los sefardíes ellos venían del este. Y juntos urdieron un macabro plan, porque los blancos europeos comenzaron a darse cuenta de sus malas artes e intentaron expulsarlos de sus aldeas, pueblos, ciudades y estados.

Su plan era sencillo. Debido a su experiencia nómada jázara sabían ellos que los viajeros y comerciantes honestos temían ser asaltados por delincuentes en su largo camino, y como no tenían quien los resguarde en sus viajes, preferían llevar unos pequeños papeles que indicaban que cierta cantidad de dinero debería ser entregada al portador del papel que presentase ciertas evidencias de ser dueño de dicho dinero.

El dinero entonces sería transportado con mayores y extremas medidas de seguridad hasta quedar muy bien resguardado en lugares seguros a donde el portador de aquellos pequeños papeles pudiese reclamar su escasa o cuantiosa fortuna.

Los Caballeros Templarios fueron los más dedicados a este trabajo de cambiar pequeños papeles por monedas de oro y plata, y lo hicieron por caridad, al menos durante sus primeras épocas.

Pero los templarios no importan mucho en esta historia. Son los judíos los que copiando el negocio templario se adueñaron de largas fortunas. Así que retornemos a los judíos, que no eran aceptados y muchas veces eran descubiertos no solo timando a cualquier pueblerino con la venta de baratijas, si no introduciendo vicios y actitudes negativas en las ciudades europeas.

Los judíos llegaban a las ciudades europeas cargados de oros y productos que habían robado en el camino, y cargaban consigo muchos barriles de licores espirituosos conseguidos con sus malas artes, además de llevar mujeres a las que alquilaban por sexo, y que las habrían conseguido raptándolas y luego torturándolas para que obedezcan a sus amos judíos.

Los judíos, haciéndose pasar por cristianos y por buenas gentes, convencieron a los comerciantes y viajeros de que ellos podrían mejor resguardar sus riquezas. Y los transeúntes y viandantes creyeron. Y así los judíos comenzaron a acumular riquezas. Porque los judíos no realizaban sus actividades por caridad como los primeros templarios. Ellos cobraban una buena comisión por sus servicios.

Curioso es que el mal que ellos mismos provocaban, al asaltar y extorsionar a honestos comerciantes y viajeros, lo pretendían solucionar cobrando más de lo necesario para resguardar esos mismos dineros que ellos querían robar.

Y entonces una nueva y genial pero perversa idea a algún judío se le ocurrió. Y era sobre sembrar enemistad entre reinos y reinos, entre estados y estados, entre pueblos y provincias. Y así con infundadas calumnias y claras mentiras se acercaron a los gobernadores en alguna fiesta del pueblo. Y con sus envenenadas lenguas instigaron a los líderes europeos a luchar entre si.

Pero como el dinero para sostener estas absurdas guerras de un buen pueblo contra otro buen pueblo no alcanzaba ni era suficiente, y oprimir al pueblo obligándole a pagar tributos habría generado revueltas y manifestaciones contra esas absurdas guerras, es por eso que los gobernantes decidieron prestarse dineros y monedas y otras fruslerías de los traficantes judíos.

Los gobernantes pensaban que los judíos tenían el dinero a buen resguardo, porque a fin de cuentas ellos guardaban todos los dineros de los comerciantes y viajeros de todo el mundo conocido. Pero los judíos ya habían gastado sus fortunas en absurdas tonterías como hacerse nobles o comprar imponentes residencias llenas de ridículos lujos.

Los judíos, envueltos en un dilema, y sin dinero necesario, decidieron crear dinero de la nada. Emitieron cientos de papelitos prestándoles dineros inexistentes a los reyes y gobernantes y señores tontos que decidieron hacer caso a las voces judías. Y los reyes y gobernantes con esos papelitos compraron cosas y fabricaron armas, porque gracias a las malas artes y charlatanerías judías todos pensaban que los judíos tenían en sus bóvedas reales reservas de oro y plata.

Pero los judíos por sus préstamos cobraban un monto adicional. A este monto se le suele llamar usura. Y es que por el uso de cierto dinero prestado te cobran ellos un monto adicional. Es como si yo te prestase una silla pero con la condición de que me devuelvas la silla y un par de mesas más.

Este absurdo llamado usura, hostigado sobre los monarcas y líderes europeos, para sostener absurdas guerras, llenó a los judíos de mucho pero mucho, mucho, dinero. Y con ese dinero decidieron completar su venganza. Y a todos los pueblos que intentaron frenarlos y expulsarlos los conquistaron y sometieron.

La sagrada Inglaterra, tierra de ángeles, fue su notoria víctima. El rey Arturo y sus caballeros fueron descastados. Un traidor y resentido terrateniente llamado Oliver Cromwell, en el siglo XVII, juntó muchos dineros falsos creados de la nada por los judíos para comprar armas y municiones, y solo entonces pudo derrocar y asesinar a Carlos I, legítimo rey de Inglaterra.

Muerto el rey, Cromwell tuvo que devolver favores a sus amos judíos. Y así es que todas las leyes en Inglaterra comenzaron a favorecer a los judíos y su tráfico de cañones, alcoholes y esclavos.

Y con tan agraciada tenencia los judíos se dedicaron a replicar sus hazañas inglesas en Norteamérica, Francia y Rusia. Y consiguieron la independencia americana, la revolución francesa y la revolución bolchevique en Rusia. Siempre exterminando a la realeza y su familia real, porque representaban una antigua e hidalga costumbre de líderes que actuaban y luchaban por defender a su pueblo.

Sin embargo fracasaron, la gente se dio cuenta del engaño que representaba matar a todos los dirigentes para ponerse ellos, los judíos, en su lugar. Es por eso que hoy, movidos por su fracaso, utilizan los judíos sus dineros para inocular ideologías y teorías falaces que promueven el dividir para vencer pero de forma mucho mas astuta. Mediante la prensa y la universidad.

Ahora se dedican los judíos a promover el homosexualismo, el divorcio y el feminismo para desunir a hombres y mujeres que natural e instintivamente buscan crear una familia. Promueven también el mestizaje y la mezcla de razas. Su finalidad radica en crear un grupo humano mestizo que no tenga identidad, que no se identifique con sus padres ni con su familia y que por lo tanto solo le quede creer ciegamente en los argumentos de la prensa judía.

Ellos, los judíos esclavizaron y prostituyeron a nuestras mujeres. Ellos, los judíos, nos idiotizaron con drogas y alcohol. Ellos, los judíos, controlaron nuestros medios de subsistencia. Ellos, los judíos, controlaron nuestros medios de comunicación con sus chantajes, sobornos y dineros mal habidos. Ellos, los judíos, nos engañaron y nos hicieron pelear entere nosotros, y nosotros les creímos mientras ellos, los judíos, lucraban con el precio de la usura.

Ahora me pregunto: ¿Qué debemos hacer con ellos? Y la respuesta es clara: ¡Luchar!

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