Luego de mucho analizar la existencia real e innegable de las razas. Luego de notar que no somos iguales todos los seres humanos. Y tras probarse que la raza blanca es el grupo humano que más aportes ha entregado a la humanidad y al planeta.

Emerge entonces la duda ¿por qué existen tan pocos racistas? La respuesta: existen muy pocos racistas porque los medios y la prensa judía controlan el pensamiento de las masas. Y ellos prefieren el mestizaje y la multiculturalidad.

Entonces la siguiente pregunta sería ¿por qué hay tan pocas mujeres racistas? Y la respuesta es la misma. Porque las mujeres, al ser el sexo pasivo, son también mucho más manipulables. Basta aparentar algo de poder para que lo sigan.

Una mujer racista es diametralmente opuesta a todas las demás. Una mujer racista es diferente a la masa porque conoce la verdad. Una mujer racista ha sido educada con valores superiores y respeta el honor y la lealtad.

Una mujer racista, como toda mujer, busca la seguridad. Pero no encuentra esa seguridad en la compra compulsiva ni en el consumismo. Ella no responde a las imposiciones de la maquinaria judía. Ella es especial.

La mujer racista encuentra la seguridad en su familia y en su raza. Está dispuesta a darlo todo por los suyos. Y con estos dignos valores podrá criar a sus hijos. Una mujer racista está dedicada a educar y cultivar a los herederos de nuestra raza.

Las causas sociales y la ayuda humanitaria la atraen. No solo busca ser útil en el hogar, también desea ayudar a los demás. Y el nacionalismo blanco le ofrece esa oportunidad. La mujer blanca siempre podrá apoyarnos emocional y materialmente.

El hombre blanco dentro de sus amplias capacidades deberá dedicarse a implementar las mejores políticas para un estado blanco. Y deberá luchar y matar por los suyos si es necesario. Una mujer blanca debe mantener la vida.

El objetivo final de nuestra lucha no es perpetuar un estado de violencia constante, donde debamos estar siempre alterados. Así como no es nuestra razón de vivir el combatir constantemente contra nuestros enemigos.

Si luchamos y combatimos, si peleamos y nos inmolamos, es todo por asegurar el futuro de los nuestros. Para que nuestra raza sea libre y feliz. Para que nuestros herederos no vivan esclavizados por el maldito poder judaico.

Una mujer racista es especial. Ella no se deja llevar por modas ni mentiras. Su seguridad no la encuentra en el empleado esclavizado a un sueldo fijo. Su admiración la deposita en el idealista que lucha por preservar su estirpe.

Toda mujer seguirá siempre al hombre fuerte. El sistema actual promueve hombres feminizados para que las mujeres solo encuentren certezas en lo material. Y el judío como dueño del dinero es el único favorecido en todo esto.

Una mujer racista sabe lo que quiere. Es educada y consciente. Sabe que somos pocos pero que podemos ser más. Está dedicada a su familia y a sus hijos blancos. Jamás mezclará sus genes. Y siempre será fiel y leal.

Las mujeres no son una minoría. Estadísticamente existen igual cantidad de hombres y mujeres. El intento judaico de igualar a las mujeres con otras clases supuestamente oprimidas es pura y simple manipulación.

Ninguna mujer es igual a un homosexual, negro, mestizo, inmigrante o judío. Ellos son parásitos ajenos a nuestra cultura. La mujer en cambio es parte natural e indispensable de nuestra sociedad. ¡No te dejes engañar!

En una sana sociedad el hombre no domina a la mujer ni ella lo debe controlar a él. En una sociedad blanca ambos cumplimos roles esenciales e intransferibles. Y les debemos mucho a nuestras mujeres racistas.

Demos gracias a nuestras madres blancas por casarse y procrear con hombres blancos. Y demos gracias a nuestras esposas por mantener nuestro linaje y cuidar de nuestros hijos. ¡Gracias pues a todas nuestras blancas mujeres racistas!

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