A pesar de haberse europeizado a lo largo de dos milenios, la religión cristiana mantiene en su esencia los dogmas y tradiciones de pueblos ajenos al europeo. Su doctrina de igualdad ha perjudicado gravemente el desarrollo de la raza blanca. Y las leyendas semíticas del desierto, en las que se basa, han permitido la nefasta infiltración judía en nuestras vidas.

El aceptar el dogma de la igualdad dentro del cristianismo nos ha llevado a cometer terribles errores a lo largo de nuestra historia. Considerar que un aborigen australiano o un indígena americano es igual a un europeo es negar la evidencia palmaria. Las diferencias físicas y mentales son obvias a simple vista. Proclamar la igualdad de razas es mentir.

Sin embargo, el cristianismo afirma que todos los seres humanos han sido creados a imagen y semejanza de su creador, y que la única diferencia entre los seres humanos es la existente entre aquellos que creen y los que no creen en su doctrina cristiana. Los incrédulos son diferentes, pero si se convierten y creen en Cristo, entonces son todos iguales.

Muchos sacerdotes buscaron a toda costa la conversión de los nativos en las colonias del Imperio Español y los trataron como iguales hasta que vieron que los indios, a pesar de haber sido adoctrinados, mantenían sus costumbres primitivas y su amor por el alcohol. Lo mismo sucedió con los judíos falsamente conversos al cristianismo en pleno corazón de Europa.

Los cristianos protestantes que llegaron a Norteamérica tuvieron la virtud de notar las diferencias y, a pesar de que intentaron tratar con caridad a los pieles rojas, no les enseñaron su cristianismo y no se mezclaron con ellos. Pero terminaron cometiendo el mismo error que los españoles al momento de cristianizar a los esclavos negros en las plantaciones.

El implícito mestizaje promovido por el cristianismo igualitario ha mantenido a los países hispanoamericanos sumidos en el subdesarrollo. Eso a pesar de los grandes aportes que trajo consigo la llegada del hombre blanco al nuevo mundo. Asimismo los negros americanos comenzaron a reclamar igualdad de derechos luego de haber sido evangelizados.

El espíritu Ario es opuesto a la igualdad. El hombre blanco no solo defiende la diferencia entre distintas razas, si no que instintivamente resalta las diferencias entre los más aptos y los menos dotados incluso dentro de la propia comunidad. Todos los grupos Arios, a lo largo de la historia, han desarrollado la meritocracia como fundamento sociopolítico.

Pero algo peor que el igualitarismo nos amenaza hoy producto de la enorme influencia que representan las tradiciones y leyendas que sustentan el cristianismo. Y esto es la normalización del judaísmo como doctrina sana e inofensiva a los intereses de nuestra raza. En realidad el judío es siempre parte de un gueto elitista que pretende esclavizar a toda la humanidad.

Los cuentos de la biblia suceden siempre dentro de contextos semíticos. Jesucristo como todo habitante de Nazaret, a pesar de poseer ancestros europeos, fue criado y respetaba las tradiciones judías que fueron impuestas sobre su pueblo. Es así que su primera y principal meta fue convencer a los demás judíos que su doctrina era la natural evolución del judaísmo.

Los doce apóstoles que acompañaron a Jesús hasta la muerte eran todos judíos. Y al desarrollarse los primeros años del cristianismo fue el judío Pablo de Tarso quien se dedicó a difundir la nueva fe mesiánica, citando siempre las leyendas y normas de la tradición hebrea. El origen tan marcadamente judío del cristianismo trajo consigo serios problemas para nosotros.

Cuando la actual biblia cristiana fue oficialmente adoptada por la Iglesia católica el año 382, casi la totalidad de textos que la componían fueron tomados literalmente del Tanaj judío. Más del 75% del libro sagrado de los cristianos narra la historia de un pueblo semita llevado por el rencor y la envidia, que nada tiene que ver con el comportamiento del pueblo europeo.

La venganza y el resentimiento que el pueblo judío proyecta en su concepción de Dios resulta repugnante para cualquier hombre o mujer de raza blanca. Mientras los antiguos dioses europeos luchaban por la belleza, la felicidad y la verdad. El dios tribal de los israelitas solo anhelaba la muerte de quien no sea capaz de rendirle culto. El castigo fue siempre la muerte.

Según el Tanaj judío, literalmente adoptado por los cristianos, su aparentemente bondadoso Dios asesinó a mas de veinticuatro millones de seres humanos solo por no rendirle culto. Y eso a pesar de que él mismo prohibió el asesinato cuando aparentemente dictó sus leyes en la montaña del Sinaí. Las contradicciones que afectan al cristiano son evidentes.

Y siguiendo estas ancestrales y asesinas tradiciones aquellos que cristianizaron Europa no solo se dedicaron a mostrar sus puntos de vista sobre la salvación y la divinidad si no que, mediante el uso de la fuerza, la tortura y las amenazas, al más puro estilo de la mafia, lograron la conversión de cientos de hombres blancos a lo largo de nuestras tierras.

Con tantos europeos convertidos, por la fuerza o por ingenuidad, le fue extremadamente fácil al parásito judío ingresar a nuestros pueblos y, haciéndose pasar por amables comerciantes, comenzar a chuparle las riquezas a gente que como nosotros produce bienes con su propio trabajo y esfuerzo. El cristianismo nos había servido en bandeja de plata a los invasores judíos.

El cristiano engañado, acostumbrado a pensar en el judío como parte de su propia tradición y forma de ser, acepta la inmigración judaica y se deja manipular por los miembros de la perversa secta hebrea. El peor daño causado por el cristianismo al pueblo europeo es que nos obliga a aceptar como normal el dominio de un aparente pueblo elegido.

El cristianismo con el tiempo se hizo cada vez más Ario y, aparte de transformar celebraciones previas, comenzó también a hablar de dignidad, empatía y caridad. Pero sus raíces lo condenan, y lo hacen inaceptable por tener al judío como fuente y modelo. Es tiempo luchar por nuestra raza, y no por los intereses de una cultura extranjera y ajena.

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