Mucho se ha hablado sobre el derecho de los nativos americanos a reclamar sus tierras y expulsar a los colonizadores blancos. Pero, en primer lugar, aun sin tener en cuenta todos los beneficios que los europeos aportaron al nuevo continente, se debe reconocer, como lo hicieron los propios indígenas, que el justo vencedor merece su recompensa.

La estirpe europea combina en su sangre la fortaleza de los guerreros y la inteligencia de los sabios. Y gracias a estas cualidades es que ha podido conquistar hasta los más recónditos espacios de nuestro planeta. Sus batallas fueron ganadas con honor y gloria, y no con engaños y diabólicas tertas como lo hicieron y siguen haciéndolo los judíos hasta el día de hoy.

Si nuestros soldados han muerto en batalla buscando nuevos horizontes para establecerse junto a sus familias, cultivando la tierra y generando desarrollo, es indispensable que sus sacrificios no sean olvidados. Y jamás peritamos que sean comparados con aquella caterva de ilegales inmigrantes que nos invaden y atacan sin prestar una digna batalla.

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